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Un dÃa de estos deberÃa pegarles fuego a todas las libretas de mi vida. Sabido es que el fuego purifica.
De pequeño soñaba con enterrarlas; aún tenÃa esperanzas para el futuro, pintar un mapa y poner un aspa negra sobre el lugar exacto: la extrema necesidad de ser encontrado, leÃdo, comprendido y amado. Todo a la vez. ¿Qué es escribir sino seducir?
Cuando era pequeño solÃa entretenerme cavando huecos en el jardÃn. Soñaba con un gran laberinto de túneles por debajo de casa. Un búnker: la extrema necesidad de sentirme, en algún lugar y de algún modo, seguro.
Una noche de borrachera una amiga me confesó su deseo de convertirse en pala. Y asà ?pasarse la vida con la cabeza bajo tierra?. SolÃa leerme, por la obligación que provoca la amistad, de la misma hipócrita forma que yo le escuchaba. Era una simbiosis alimentada por la necesidad. Amigos que cubren huecos; almas vacÃas a menudo acompañadas.
En los chats me preguntan cómo me llamo. Les digo que de ninguna manera, ya que siempre estoy conmigo mismo y no me hace falta. Cuando saben que escribo, me piden textos. Accedo con facilidad y a cambio sólo les pido que me hagan saber su reacción ante mis ?cosas?. Pero sus comentarios son ambiguos, o vacÃos, o demasiado imaginativos. Suspiros, nubes que pasan. A un lector no le puedes exigir nada, y le debes ofrecer todo. Al fin y al cabo, son ellos ?eres tú-, quien completa un texto. Si nadie te lee, no escribes.
Voy llenando libretas con las más variopintas lÃneas. Miedos y fobias para vencerlos; frases y citas para abrigarme de conocimientos; transcripciones literales de SMS para no olvidarlas, a ellas, a las que escriben susurrando a medianoche; caricaturas de mis profesores; insultos a los que aparcan en doble fila y a los humanos repulsivos. Se acumulan y las amontono. Cada vez que compro una libreta me resulta más cara. El cielo gris parece volverse cada dÃa más plomizo. Y todo lo que significa la vida, la vida práctica, el dÃa a dÃa, me fastidia hasta el extremo. Si pudiera los enterrarÃa a todos.
De poder huir, huirÃa. De saber volar, volarÃa. De aguantar la respiración, morirÃa.
Me disgusta mi indiferencia ante tal afirmación. La resignación esta que sigue, empuja, traga y sigue. Metódicamente otro dÃa, dÃa a dÃa como un engranaje que te revienta por dentro, mientras sonrÃes en las entrevistas de trabajo.
Me irrita el desprecio del silencio. Me altera la incomunicación humana; preñada de charlas banales. Si tú no me lo preguntas, yo no te lo digo. Más valdrÃa callar, pero hablan todos a la vez entonces, y enseguida se hacen oÃr a gritos y defienden sus argumentos con descalificaciones que consideran ingeniosas. La inteligencia está tan sola. Conocà a una pareja que se decÃa las cosas ?las que se deben decir- por mensajes codificados: los nicks del MSN. La extrema necesidad de complicar las cosas. El dichoso orgullo maltrata y el rechazo mata, pero el silencio, el largo silencio indiferente, mutila. ¿Cuándo los humanos hemos dejado de ser humanos? ¿Y dónde está Dios cuando se le necesita, dónde está ese gran *?
Te estoy esperando, aunque tú no sepas ni que tienes que venir. Esperar es como morirse cuando aún estas vivo. No te busco por miedo a encontrarte pero te escribo esta y mil cartas; decenas de lÃneas y multitud de textos. Los voy lanzando, sin botella, al mar putrefacto. Se corroen, seguro. Los leerás sin entender nada, y entonces me dirás, ?qué bien escribes?.
Trato con palabras todos los dÃas, aún comento fallos garrafales ?que me avergúenzan hasta querer ser sepultado-, y por ello no me importa lo que digas, sino sólo lo que hagas. Eres como un personaje, al igual que yo y todos, eres lo que haces, y cómo lo haces. Demasiadas veces te llenas la boca de palabras que no significan nada.
Decir es una fachada. Como tu vestido, como tu peinado, y lo polÃticamente correcto. Hacer es abrir la puerta principal, dejarte ver por el pasillo y por el comedor de tu ?casa?, a veces incluso, en la cocina. A quien coges afecto, le invitas, y le dejas una habitación con sábanas limpias. A quien amas le enseñas el baño y tu habitación. Pueden pasar años aún, para que te atrevas a abrirle los cajones; dejar que recoja tu ropa sucia; o soplar el polvo de las cajas de encima de los armarios y mostrarle todo lo que fuiste, y lo que no llegaste a ser.
Escribir es abrir cajones de una casa que quizás no sea la tuya; descorrer cortinas y levantar el colchón de una cama que, sólo a veces, es de verdad la propia.
Y de mientras, a medida que se acumulan las libretas, me voy muriendo un poquito cada dÃa. No me arranco este pensamiento de la cabeza. Me dicen que no piense y que viva. Lo dicen con esa voz que todo lo sabe, con el tono danzarÃn de ?sabes que tengo razón? y es entonces cuando les darÃa con la pala y los enterrarÃa vivos. Y que despertasen ?six feet under?, quizás entonces comprendieran qué es, en verdad, la nada. Y que la vida, la mÃa y la de cualquiera, está formada de muchas ?nadas? que ahogan por dentro sin que te des cuenta. Se van acumulando hasta que te cuesta mantener el equilibrio y te caes.
Tachas semanas y celebras otro fin de año con uvas que saben como las de la otra vez. Cuentas los dÃas para las vacaciones y para ese dÃa redondeado en el calendario, ese maravilloso dÃa en que todo empezará a ir, por fin, bien. De mientras, aparecen arrugas y las bolsas de la compra pesan más. El frÃo viene con la edad.
Y recuerdas con más nostalgia el momento en que, de repente, dejaste de ser una criatura. Ese fatÃdico dÃa que un niño desconocido te llama ?señor?, o ?señora?.
Y te pega un tiro del que ya no te levantarás entero nunca más.
Eso también lo dejé anotado en una libreta. Como si con dejar por escrito todas las miserias te hicieran sentir menos miserable.
Yo no escribo por gusto, ni por hobby. Ni escribo lo que quisiera, o cuando me apetece. Y ello lo saben bien mis libretas. Las contemplo con bondad. Veo las estaciones del año, los trimestres del curso, los ?wasted years?, y las cicatrices del alma, del corazón y de la carne. Hojas, hojas, hojas malgastadas, esparcidas sobre la mesa. En un rincón, los valientes peones de tinta que perecieron en esta absurda batalla que consiste en intentar vivir. Sólo eso, vivir, sólo eso.
Leo Bennacker
A-Zpring
U (Undress)
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La definición es una perlita. Gracias por el placer que me dio su lectura.
Redondo,asà como laberÃntico,pero,con ese punto de lucidez que resulta escalofriante.
Realmente todo el abecedario,ha merecido la pena!