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-V-
Veo cómo el Word me corrige el ?Wario? que he escrito en la pantalla; antes de poder tan siquiera empezar, Word me dice que estoy equivocada. También él.
Miro por la ventana. Me obligo a ponerme bien derecha, a sacar el poco pecho que tengo, a echar atrás los hombros, a alzar la barbilla. El cristal siente el frÃo de mi interior. El paisaje me cansa, como si el tren se hubiese detenido tras horas de viaje, y ya nada tuviera el más mÃnimo interés. Me duele el vientre. No hay nada que me retenga pero no puedo salir. Siempre me he sentido atraÃda por los trenes. Estoy de pie. De pie ante mi ventana. De pie, mirando por una ventana cuya vista detesto. Como detesto la imagen que el cristal me escupe a la cara.
De pequeña jugaba a besarme. A posar mis labios sobre los mÃos, frÃos y difuminados. Me besaba y la soledad entraba en mÃ, como si la muerte se asomara a mis entrañas. Aquél rostro monstruoso que se alejaba de mi cara me provocaba nauseas. Asaltaba mis pesadillas, y con otro cuerpo me hacÃa resbalar, o me seguÃa, o simplemente estaba allÃ, en mi habitación justo cuando me despertaba. Lo notaba allÃ, en la oscuridad palpitante, sin necesidad de esconderse y sin necesidad de mostrarse. Yo me hacÃa la dormida. Temblaba y no osaba gritar por miedo. Él estaba allÃ. Yo estaba allÃ. Lograba dormirme de nuevo, y con suerte, no soñaba, o no recordaba los sueños.
Miro por la ventana. Me obligo a sonreÃr, y oigo las carcajadas de mi infancia. Trepanan mi cabeza y me hacen enloquecer. Me asusto de no se qué, y mis palpitaciones ensordecen mis pensamientos. Tiemblo. Crujen mis dientes, los dedos de mis manos se curvan, buscan agarrarse a la nada, y mi vientre se dobla. Me duele tanto que me agacho, huyo de todo y voy a un rincón. A hacerme pequeña. A abrazarme por los tobillos, a cerrar mi mente sobre mis rodillas. Llorar no sirve. Llorar no sirve. Llorar no sirve. Llorar no sirve. Y lloro.
En la cama, bajo las sábanas, justo cuando el nuevo dÃa despunta te imagino a mi lado. Me abrazas y yo me dejo. Es lo que más deseo y siento que podrÃa pasarme toda la vida asÃ. Hablo contigo aunque no estés aquÃ, aunque no te hayas fijado en mÃ, y aunque nunca hayas existido. Deseo que mi almohada me ame como me amarÃas tú.
Mi lista de medicamentos ocupa media hoja. Me escondo tras las gafas de sol y los compro en una farmacia que me conocen. A veces aquellas charlas intrascendentes son mi salvación, otras sólo capto hipocresÃa en sus palabras. Salgo una vez al dÃa de casa, aunque casi nunca tenga dónde ir. La ciudad me devora a miradas obscenas. ¿Por qué a mÃ?
Ceno cuatro verduritas hervidas y veo como destripan a un soldado en Somalia. Los que le pisotean la cabeza brandan machetes más largos que mi brazo. Luego hablan de la crisis del Real Madrid. Un par de mandarinas y me regalo unas galletas. Crujen entre mis dientes y las disfruto.
El espejo es el invento más cruel que se ha inventado jamás.
Luego tomo mi ración de pastillas. Dentro de una semana, otra inyección, lo tengo marcado con una equis roja en el calendario. En el calendario salen unos gatitos pequeños en una cesta. Uno de ellos me mira y parece que me pregunte: ¿Por qué?
Anoto dÃa a dÃa mis pensamientos en una libreta. Tengo un estante lleno de libretas. Quizás algún dÃa escriba un libro. Quizás algún dÃa sea feliz pero ahora aún no estoy preparada.
No besé a ningún chico hasta los once años. Me empujó y caà al suelo. Lloré y no pude decir a nadie el porqué. Su nombre no importa, pero aún lo tengo gravado en mi memoria: nombre y apellidos. Recuerdo hasta la dirección de su casa, que era la de sus padres, y su imagen; aunque ahora quizás ya no se parezca demasiado a aquel niño que fue, ni viva donde vivió.
Oigo un zumbido en mi cabeza, sé que es de mà que charláis y os reÃs. Lo sé, y me duele mucho más que la combinación de medicamentos que intenta apaciguar el dolor de una? ¿qué? Quizá el Word tiene razón y estoy equivocada. Toda yo soy un error. No es nuevo este pensamiento, hubo dÃas que tan sólo pensaba en suicidarme.
Era cuando a mà alrededor veÃa la felicidad y yo era la única que quedaba siempre excluida. El fin de año del 99 lo tenÃa todo dispuesto para arrojarme al último tren de cercanÃas. Si sigo aquà es porque soy cobarde, nada más. Pero no me apetece escribir sobre ello, es algo que vuelve a mi mente cada vez menos asiduidad, pero aún vuelve.
Cuando me excito?cuando empiezo a sentir esa sequedad en la boca, esa necesidad de ser? todo va bien mientras juego con mis pechos o si me humedezco el ombligo, pero cuando rebaso mis bragas me encuentro con eso. Ese gusano gigante apestoso y endurecido que se rebela. Tengo que alargar mis manos a él, vencer el asco que me provoca haber nacido como Mario y hacerlo.
Lo hago, debo, y me repugna. Sé que no volveré a estar limpia nunca más.
Leo Bennacker
A-Zpring
V (Victor/Victoria)
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Un beso.
El clima envolvente que vas creando alrededor del personaje,nos sumerge en su particular mundo de locura y desesperanza..
Inesperado final,que corta el relato,como un cuchillo...
A medida que el abecedario ha ido avanzando,tus relatos se han vuelto cada vez más afianzados, dejándonos ese sabor entre amargo y sorprendido.