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-W-
Escrito por Leo_Bennacker en Cuentanet
Lunes, 15 Mayo 2006
Leido 1000 veces

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Wolkswagen parado. Su inquietud empezó en el instante en que extrajo las llaves del contacto. Entonces oyó y vio y sintió que a su alrededor la vida se deslizaba indiferente. El sol aún no primaveral, pero ya calido, provocaba sombras hasta en las piedras más diminutas. Algún pájaro se dejaba caer en rasante hasta detenerse en los bancos de piedra, aún vacíos de ancianos comentaristas y de madres por horas. El parque infantil estaba formado por un tobogán, dos columpios y una simpática locomotora de madera semienterrada en la grava. La ?Avinguda dels Paísos catalans? estaba tranquila. Y en su coche se sentía seguro; observado pero seguro. Se rascó la herida del índice izquierdo hasta que se hizo saltar la costra y sangró. Enseguida ensució el pañuelo de una sustancia que no llegaba a roja, ni parecía ser suya. No sentía dolor alguno.

Salir y cerrar y echar a andar, fue todo uno.


- Chico ?y se referían a él-, ¿la calle Joan Maragall?
A menudo había reflexionado, mientras cruzaba por un paso de peatones o al entrar en un mercado con puertas sensibles, si ejercer el poder de decidir sobre la vida de los demás nos convierte en Dios.
Podía responder: - ?Sí mire, es todo recto y luego a la izquierda en aquella tienda de ropa.? Pero no sabía si existía una calle a la izquierda con ninguna tienda de ropa que hiciera esquina.
Podía responder: - ?Sinceramente, no lo sé.? Y reconocer que ?su? pueblo le era tan desconocido como el fondo abisal del océano Índico.
Podía responder con un puñetazo directo a la cara de su interlocutor y sufrir en sus nudillos el dolor de la mandíbula del desconocido. Y dejar tras de sí un misterio envuelto en un enigma.
Podía no responder. Seguir. Avanzar. Quizás, de todas, esta fuera la opción más divina.
Fuese cual fuese su respuesta, no sería la que su corazón hubiera dado. Aquella criatura suave y tierna, que bien podía esconder pozos de barro y tormentas de odio, le hubiera prestado el brazo al desconocido y se hubiera perdido por la maraña de calles y avenidas hasta encontrar la mencionada ?Joan Maragall?, y dejando al transeúnte justo dónde quería ir, seguiría su propio camino. Así era su corazón; como un personaje dirigido por Wong Kar Wai.


En urgencias se acercó al mostrador de información y le pidieron que esperara. Aquella mañana había visto a su padre salir en camilla de casa. De la casa que su padre había construido ladrillo a ladrillo, teja a teja, piedra a piedra. Aquel hombre hasta había plantado el césped y lo regaba, y lo cortaba. Y hasta intentaba arreglar el cortacésped cuando éste se estropeaba. En una silla gris se miraba las manos vacías.
Compartía espera con un anciano con muletas agarrado a un ?AS? releído hasta la saciedad; y un señor con aspecto de sindicalista polaco, acompañado ?seguramente- de su esposa, que por llevar tanto tiempo casada con él se le asemejaba hasta el punto de dejarse, como él, crecer el bigote. En una esquina, junto a las máquinas de café, agua, y aperitivos salados, un tipo joven con tejanos y americana negra arrastraba un pie y contaba, a quien quisiera escucharle, cómo se había lesionado jugando al fútbol. Completaban la escena un par de inmigrantes que no se hablaban y una madre con un bebé feúcho y dormilón.


El Gran Maestro titiritero, como cualquier bestia creada por los humanos se nutre de humanos mismos, se alimenta de las rodillas en los suelos y los besos sordos en la iconografía de yeso pintado. Existía también en aquel hospital, una diminuta capilla oscura y fría, por la que debían circular más preguntas que respuestas, y más lágrimas que sonrisas. No conocía ni había visto jamás al capellán, pero se lo imaginaba como un tópico anciano arrugado y de pelo blanco. Un Spencer Tracey con menos mala uva.

Ese destello de cine en su mente, le hizo asociar rostro y movimientos de una mujer que acaba de entrar con los que recordaba de Gena Rowlands. Esa idea le conmovió y sintió el deseo callado de levantarse, acercarse a la desconocida, y abrazarla. Gena Rowlands era la madre que siempre quiso tener.

Su padre ahora debía estar tirado en alguna camilla, esperando. Esperar. Ninguna lectura podía atraparle ahora y no se esforzaba en leer. Debía esperar y esperaba. Mientras, los cuerpos de todos los presentes se iban carcomiendo un poquito cada segundo por la angustia y por la propia vida, que lenta e indiferente va cortando sueños y deja como mayor regalo una apetecible tranquilidad.
Aquella sala parecía no tener fin, y ni llena debía evitar sentirse vacía; unas ventanas pequeñas, y más cerca del techo que de los ojos perdidos, daban la impresión de caja de zapatos, y a los expectantes en su interior, de roedores esperando ser los siguientes en recibir malas noticias. El suelo estaba tan pulcro que hasta las juntas de los azulejos estaba vacía. Vivir es la espera de la muerte.

Su corazón le decía que aquella era una frase muy dura. Muy pesimista y?la envolvía entre sus brazos y la empujaba con dureza hacía él, para sentirla, para sentirla sin tener que verla, para marear sus dedos entre el cabello de ella y besarla.
Su corazón no sabía nada de todo aquello, de la ambulancia, del hospital, de la espera. Esa espera que es como todas las esperas del mundo. No quería preocuparla o quizás quería cargárselo todo encima, cómo si arrastrase un piano cojo.

De pequeño había creído que le esperaban grandes expectativas; pronto se dio cuenta que él no era ese que se imaginaba y que poblaba sus pensamientos, él era otra cosa, mucho más vulgar y mucho más inútil, especialmente para consigo mismo. Descubrir que eres un grano de arena apretujado en una playa con millones de granos de arena y que tú opinión no tiene importancia alguna para que el mar venga y te arrastre, te lleve o te escupa, es algo que los humanos ?siempre dueños de sus minimundos-, descubren el día que alguna razón poderosa les arrebata la frágil-falsa seguridad que se han esforzado en edificar.
De pequeño rezó para toda la vida, y sintió que Dios no le hacía ni caso. Quizás le exigió demasiado, o quizás es que cualquier fanático siempre encuentra excusas validas para defender su fe.

Se abrió una puerta lateral y contuvo la respiración, pero no era nada; cansinamente, salió una chiquilla con gafas modernas y bata de médico, y con una revista del corazón en la mano. Caminó, arrastrando la puntera de aquellos zapatos blancos sin talón, hacía la pecera de información. Intercambiando unas palabras, de esas que no dicen nada, con el tipo del mostrador, procedió a fotocopiarse alguna idiotez vomitada en aquella revistucha. ?Cómo es tu pareja según como duerme?, ?Hacerse un zumo de kiwi en alpargatas refuerza el hígado?.


Aquel hombre que siempre había sido su padre, aunque él no quisiera creerlo nunca, no podía no estar, no podía faltar. Le había visto toda la vida ?la suya- cómo levantaba sacos de 50kg con aparente facilidad y ahora, -como si le hubiesen caído 50 años de golpe- no lograba levantarse de su cama. Y negaba ser ayudado, porque le quedaba el orgullo terco propio de la edad.

Todo él palpitaba y sentía una angustia exasperante que le hacía temblar por dentro. La espera seca la boca y provoca ganas de ir al baño. Se revolvía en la silla pero no iba, cómo si estar allí sentado fuese vital para mantener en vida al otro, allí dónde fuera que estuviera, esperando también.
Descansó su angustia observando una pareja amargada que acaba de entrar. Él vestía un mono azulado de una empresa de transportes urgentes, y ella, vistiera lo que vistiera estaba amargada. Se le veía en la comisura de los labios, asqueados hacía abajo. ¿Cuántas relaciones habían continuado cuando ya no había ganas a raíz de una espera en un hospital? ¿Cuántos matrimonios áridos como el asfalto se habían prolongado sin razón por la luz pálida de un largo pasillo de hospital?
Y aquella pareja, cercanos pero extraños como monigotes de feria, le hizo saltar un flash en su mente: vio el último museo al que le llevó su corazón, aquellos techos tan altos, de un edificio grande como un palacio de la Francia de los grandes Reyes, con chimeneas con bordes dorados y puertas para camión en una época que no había camiones. Y en una sala, con cúpula de cristal en lugar de alto techo, ella quiso que él la besara y él la rehuyó. Su corazón se enojó hasta odiarle con toda su ira. Aquél edificio tenía el suelo de madera y crujía bajo los pasos de los visitantes.

El suelo de la sala de espera era un espejo enfermo y terminal. El aliento de las urgencias es el miedo, y la certeza que la vida es algo tan frágil que con sólo pensarlo se resquebraja en parte.

Los azulejos de las paredes, colocados en rombo y que oscurecían sus matices color café, a medida que se acercaban al techo, le recordaban las paredes de una cafetería que no visitaría jamás, la doble R de Twin Peaks. Quizás los humanos tienen mucho de personaje de Lynch. En todo caso, su corazón era Audrey Horne.


Miró el reloj sin ver la hora; estaba harto de la espera. Evitaba todo lo que podía, pensar y hacer balance de su vida; ese era el peor lugar para ello. Si su corazón estuviera allí, la haría sonreír, sacaría ese humor extraño y le arrancaría una sonrisa, aunque sólo fuera para distraerla. Distraerla a ella era distraerse él. Necesitaba cogerle la mano, apretarla contra las suyas; no, eso es lo que hubiera hecho, en realidad lo que necesitaba era encogerse en su regazo dejarse acariciar y que ella le dijera aquellas palabras tan necesarias de escuchar aunque de certeza dudosa: ?no será nada?.

Sabía que no era cierto, sí será algo.
Era un inicio, quizás el primer temblor de un gran terremoto. Ambulancias y pruebas, noches en vela y palpitaciones bajo las sábanas; aquella paranoia enfermiza. Volver a ver aquellos ojos, diminutos en lo más profundo de las cuencas hundidas, aquellos ojos abiertos a más no poder, aquella locura que tan bien conocía, aquella mirada que había visto durante toda su infancia en todos los miembros de su familia que habían enfermado y tras un agónico descenso sin vuelta atrás, habían fallecido tiempo, mucho tiempo, después. Era ese titubeo al hablar, las manos, tan extrañas de repente, vagando por la cara; y el rostro pálido de la incomprensión y la impotencia. Tenía por delante un futuro inestable, un final de repente, y dos docenas de nombres de médicos, especialidades y medicamentos que debería recordar. Consultas y máquinas pulcras y peligrosas, temblor cada vez que un nuevo médico se pusiera delante los resultados, aquel código extraño que ni ellos entendían y se pasaban ?al paciente y familia- unos a otros. Hasta que alguno, abordara con tacto aquel maldito signo del zodiaco que va pudriendo la vida por dentro.

Y Dios no ayudaría, cómo no había ayudado en las otras ocasiones.


Leo Bennacker
A-Zpring
W (Waiting)


  

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Comentarios ( 3 ):

7 Oct 2007 selyna
Terribles momentos de espera, sospechando lo que tiene que venir.
Una atmósfera de neón y desinfectante, vista con los ojos escocidos y sonmolientos.
Odio los hospitales.
15 Jun 2006 thala (no registrado)
Tus relatos son extensos y sin embargo podrían continuar hasta el infinito...

Un saludo
28 May 2006 darkangel (no registrado)
smile recuerda que estoy para lo que necesites.



PD: que corazon mas caprichoso no?

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