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-Y-
Y ahora qué, se dijo. Se dijeron. Cada uno. Cada llama de vida. Luces de velas en la ciudad de las tinieblas, el frío y el acero fortalecido. ¿Existe alguna posibilidad de fracaso? No en la gran ciudad, no para los afortunados que cohabitan en ella. Y sin embargo?
Y aquella horrible tercera persona ?esa voz que habla desde dentro hacía afuera, que habla cuando cerramos la boca, que no piensa jamás, sino que nos argumenta y discute; esa voz que dice ?yo?, y a nosotros se refiere porque no hay nadie más dentro de cada uno, sólo ella, ella y sus eternas divagaciones como una radio de monologos que jamás calla-, esa voz les decía que no.
A raiz de media docena de veces al día evitaban sus ojos los propios en el espejo, y observaban a solas como la muerte iba haciendo su lento pero incesante trabajo.
Él tenía las manos lejos, como enguantandas de un plástico con el que debía, y sólo así podía, palpar la realidad. Acariciaba a su amante con aquellos guantes de tacto rugoso y áspero. Comía sin sabor los guisos precocinados sin el más mínimo interés; nada ajeno a la producción y a la curva de las ganacias. Quiso cortarse los dedos, liberarlos así de la falsedad y sentir el amor como sólo se puede sentir, en la piel.
A los ocho años se lanzó por la escalera de su casa. Era una forma como otra de llamar la atención. Desde entonces observaba las escaleras sin rencor.
Ella corría, loca hasta querer reventar, en busca de sí misma. Huir de todas aquellas que era para los demás pero que no era para sí. Desde que tenía uso de razón, tuvo a los sueños por realidades paralelas. De entre las pesadillas recortaba los ojos que la observaba y los iba pegando en libretas sin tapas y de hojas amarillentas. Nada tenía inicio, ni mucho menos final. Vivir era girar, dar vueltas a una cama vacía y empaparse de realidades que contaba una y otra vez y que a base de repetirlas tomaban las formas y las sombras, las contradicciones y los puntos, a menudo absurdos, de los hechos reales.
Obligada a ser, negó su propio nombre e intentó borrar su existencia con cápsulas amarillas y verdes, pero sólo consiguió seguir girando, esa vez de dentro hacía fuera, y sintió el gusto amargo de toda la podredumbre que tenía en las entrañas.
El androide hidráulico no podía llorar, ni quedarse calvo, pero se untaba el cuero cabello con un perfume de romero; luego se arrancaba los labios despacio ?se diría que le gustaba aquella goma pegajosa- y se insertaba otros. Más nuevos y brillantes. Todo lo observado era analizado sin consideración moral, secuenciado en pasos básicos y almacenado en una gran base de datos que el mismo consultaba y mantenía. Todo ello, siempre y sin dudar jamás, con la escrupulosidad enfermiza del que no duda, sino que ejecuta.
Jamás pensó en detenerse, sin bien podía aprender como hacerlo. Jamás dudó en la coherencia de las cosas, si bien las contradicciones estaban a la orden del día. Quizás fuera un error, pero encontró un interrogante. Y luego otro. Y luego otro. Empezó a dudar y dejó de ser estúpido.
Nada en su existencia tenía sentido alguno. Eran desvaríos. Y ese afán loco de autodestrucción, siempre, siempre, siempre. No había emoción en sus ojos fríos. No había destellos, ni brillo. Eran sensores, camaras que registraban una actualidad que luego borraban sintetizando lo importante a modo de recuerdos. Eran como máquinas pero las verdaderas máquinas no sufren, o eso les habían enseñado. ¿Dudar?
Mañana es hoy. El despertador. Vomitaba y se arreglaba la sonrisa de cortesía.
Él era un ser insignificante. Roto y sin ninguna capacidad que le permitiera sobrevivir, tan sólo su propia flaqueza. A cien mil kilómetros de cualquier cosa: él era la inmensidad, la eterna nada.
Ella relataba cada detalle de su existencia para creersela. Y a cada uno de los seres que la rodeaban les ofrecía la propia versión de sí misma que esos seres esperaban encontrar. Ella era la soledad helada y fingía todo lo demás.
Ello no era real. Un androide jamás es real, aunque ocupe un espacio con el volumen de su propio cuerpo que no puede ser ocupado a la vez por otro cuerpo de volumen similar y posición X-Y exacta a la suya. Básicamente era todo esto.
Aquella angustía parecía no tener fin.
En el número 23 de las confluencias de las calles 15 y Quinta había un edificio en ruinas. Mantenía en pie una fachada grisácea mientras los edificios vecinos sujetaban sus paredes, y las palomas tenían cuidado al pisar el techo. Por dentro estaba vacío. Vacío e inútil como una piscina vacía. Quedaban en pie las columnas, catorce en total. Las paredes interiores se habían venido abajo. Así que al encontrarse enseguida se pudieron ver los rostros, los tres.
-Éste es un tormento que la gente no puede entender.
-Los humanos os esforzáis en quedaros ciegos a base de apartar la vista de los problemas realmente importantes.
-¿Dónde está Dios cuando se le necesita? ¿Por qué lo permite?
Ninguno fumaba. Hacía años que ese vicio había quedado marginado, era algo para débiles. Habían crecido los dos entre las convicciones de triunfar, de ser el mejor ?los dos. Los dos y doscientos mil más-. Debían sentirse afortunados puesto que habían tenido muchas ventajas que otros ?menos agraciados, menos perfectos- no podría ni soñar jamás.
El androide no había crecido, lo habían encendido. Su creador hacía años que estaba muerto. No sabía su nombre. De haberlo podido descubrir, hubiera ido en su búsqueda: hubiese estrangulado el cadáver o masticado sus cenizas. Así era el odio que aquella maquina sentía por su Dios.
¿Un error quizás? El fracaso no era una posibilidad y la debilidad había sido erradicada geneticamente. Y sin embargo.. ¿dudar? quizás.
Ella sonreía; debajo de su máscara no. Atormentada se rasgaba la piel y deseaba liberarse de toda aquella podredumbre que la ataba a una mole granítica que contenía la efigie de aquello que ella debía ser y no era. Aún.
Él mantenía un silencio que reflejaba una locura en avanzado estado de descomposición. Había dejado palidecer su alma, y habia empequeñecido a base de dejarse vencer y ahora estaba tan abajo que ni podía levantar la cabeza. Diríase que ni subir los pápados podía.
Ello. ¿Puede, quizás? La eterna duda.
Se habían citado los tres para exterminarse.
No importaba quien acabase con quien; pero les era imposible cometer tal acto de violencia contra sigo mismo.
Se habían citado para ayudarse.
Ya hacía años que África había sido gaseada, y con ello, respiraban tranquilas las conciencias de los europeos, siempre tan dispuestos a debatirlo todo mientras la gente muere a las patas de su gran mesa. América y Asia batían sus fuerzas en el Pacífico: Coca-Cola y Sony patrocinaban a los adversarios. Australia era un desierto y los millones de islas de Micronesia eran mini estados enfrentados en guerras constantes por los bancos de atún o por los cocos más sabrosos.
Existían tan sólo dos canales de televisión mundial: DisneyChannel y HelloKitty, aunque malas lenguas decían que ambos eran controlados por un magnate de las finanzas desde Suiza, país que era neutral.
Y allá arriba, en la Luna, la pisada de Neil Armstrong seguía sin ser borrada, puesto que jamás se había producido.
Los tres estaban muertos desde mucho tiempo antes que se encontraran y decidieran poner fin a sus existencias.
Silencio.
Leo Bennacker
A-Zpring
Y (Yarn)
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Yo también te sigo leyendo...
Un saludo
A pesar de que la ciencia ficción futurista no me gusta,has logrado mantener mi atención durante todo el texto...supongo que es,porque en cada relato que he leído de tu abecedario,surge siempre un chispazo de alma sensible.
Un exelente relato, me gustó muchisimo
Julyos7x n_n
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