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¡Zas-clack¡ Hizo la puerta al cerrarse tras de mi. Al salir por última vez de aquella casa, al contrario de lo que habÃa supuesto, no me invadió ninguna sensación de paz ni de alivio. Avancé por la calle con la mente amordazada en el maletero mental de una firme determinación, acelerando el paso para que no me atraparan las dudas.
Al recorrer aquellas calles, que de pequeño habÃa devorado con juegos, no percibÃa ninguna despedida por su parte; me seguÃan siendo tan lejanas como antaño. Y los rostros de los vecinos, con los que me iba cruzando, me eran tan desconocidos como siempre; y asà lo preferÃa. Sonreà para mis adentros, incluso ahora preferÃa el anonimato. O quizás me refugiaba en él; por miedo. Jamás llegué a ser lo que quise ser, o quizás no llegué a intentarlo. Caminaba más deprisa, y es que no querÃa pensarlo; era demasiado peligroso afrontar la verdad.
Los bancos, cajas de ahorros, o entidades financieras, se reproducen exponencialmente de forma unilateral. Dónde aparece uno, no tarda en aparecer otro, y luego otro, y luego la calle se va infectando, al tiempo que engullen pequeños comercios o edificios enteros.
Me dirigà al único que me conocÃan. Entré con esfuerzo, y sentà cómo la vigilancia que protegÃa mis ahorros, me inspeccionaba con descaro. ¿Quién era yo y qué pretendÃa?
Era Abril, pero ya tenÃan el aire acondicionado ronroneando, y por entre la cola de esclavos del cajero automático, pululaban unos hombrecillos, en camisa celeste de manga corta y pantalón oscuro, pálidos como fiambres con papeleo entre manos. Dos docenas de vejestorios hacÃan cola frente a la ventanilla tan solo para oÃr, de viva voz, que un mes más, habÃan cobrado YA la pensión. En una pecera-despacho, con cortinilla de diseño, se entreveÃa al director de la oficina, un tipo de pelo blanco y frente arrugada, de cuya garganta colgaba siempre una corbata.
Mientras esperaba mi turno, leà atento las medidas de seguridad contra incendios, inundación, terremotos, amenaza de bomba, y en letras grandes y rojas: ?Qué hacer y qué no hacer, en caso de atraco?. Éramos una cola serpenteante de criaturas impresionadas por el extremo orden y brillo de cuánto nos envolvÃa, lo que contribuÃa a hacernos sentir sucios y rastreros. Esperábamos todos de pie, con papeles o libretitas en las manos; como en un control de la GESTAPO. Aquà no nos iban a deportar o a disparar, al contrario, nos tratarÃan con amabilidad extrema, y puede que incluso nos regalasen una olla a presión, pero tarde o temprano, al igual que los nazis, se iban a quedar con todas nuestras cosas.
Por fin me tocó, y me sentà especial.
- Quiero sacar todo el dinero.
La chica me miró. Hubo unos segundos de incertidumbre.
En ese momento me hubiese encantado sacar un arma y añadir:
- Todo el dinero, señorita, y ustedes ?al público en general-, al suelo, que la policÃa no va a venir. ?Y luego un par de disparos al aire ?al techo-, para que vieran que la cosa era muy seria.
La chica agarró mi libreta y con mueca de indiferencia la introdujo en la ranura de su terminal informática.
De camino hacÃa el banco, me habÃa entretenido imaginando que me preguntarÃan la razón de mi decisión; que harÃan algún intento de retenerme con ellos, algún regalo ?aunque fuera un bolÃgrafo o unos caramelos de origen incierto-, o me invitarÃan a invertir en una lucrativa y secreta empresa de la que sólo ellos conocÃan su existencia, y que ahora me hacÃan partÃcipe debido a mi buen hacer como cliente fiel. En el mayor de los casos, podrÃa haber venido el director en persona a preguntarme ?con falseado interés-, qué podÃan hacer por mÃ.
- Nada. ?Hubiera dicho yo. ¡Y cuánta razón tenÃa aquella palabra!
Pero no pude responder, pues nadie preguntó nada de nada. Me dieron un sobre con dos pares de billetes. Eché una firma en un par de papeles llenos de letras y diagramas, cláusulas y puntos vitales que no leÃ. Y luego, la misma chica sacó unas tijeras y cortó mi libreta. Con la misma indiferencia inicial, tiró a la basura los pedazos de nuestra unión legal. HabÃamos roto para siempre.
Salà con la sensación de estar vigilado.
El guardia, un uniforme con gafas de sol y arma enfundada, me abrió la puerta y me deseó, mecánicamente, los buenos dÃas. Lo miré un instante, era la última vez que veÃa a ese tipo.
Caminé hacÃa la parada de taxis.
Estaban de pie, fuera de sus coches, con las mangas de las camisas remangadas, el cigarrillo en la boca, y el ?Marca? abierto sobre el capó de uno de los coches. ParecÃan estar enfrascados en un transcendental debate sobre un ?7? y un ?9?. Subà al coche que tenÃa menos artilugios colgando del retrovisor interior. El taxista subió y arrancó.
- ¿Dónde vamos?
Le pasé una pequeña tarjeta, que cogió sin girarse, echando la mano por encima de su hombro, mientras se ataba el cinturón, encendÃa la radio y apagaba el cigarrillo.
La miró un par de veces, puede que más, mientras sorteaba a unas señoras que salÃan del mercado municipal.
- ¿Está seguro? -Preguntó con tacto. Y fingió esperar mi respuesta mirándome por el retrovisor. En realidad, analizaba si yo, por mi aspecto, tenÃa dinero.
La tarjeta era un nombre, que no una dirección, de un hotel de lujo de Barcelona. No le importaba si yo pensaba alojarme (sin equipaje), si iba de visita o para asesinar a una estrella del pop; lo que se preguntaba era si traÃa dinero para el viaje. Para aliviar sus dudas, y para evitarme preguntas indiscretas, saqué y le pasé un billete.
- Si se está callado durante todo el viaje, le daré una propina.
Asintió.
Vi pasar ante mà pueblos abandonados, y fábricas apestosas y humeantes, luego bloques de edificios apiñados con ventanas diminutas como cajones, pero sobretodo, coches y más coches. Toda la música de la radio me sonaba a música de viaje, ese aire optimista con algo de nostalgia; la esperanza de un futuro mejor, el amor que se ha ido, y lo feliz que se está al estar vivo. Yo iba a morir.
Quizás esta realidad me hacÃa ser más sensible a pequeños detalles del viaje: los perros atropellados; los extranjeros desvalijados en las áreas de descansos; los conductores que zigzagueaban sin control por los carriles de la autopista; la cúpula grisácea que cubrÃa la metrópolis; y en especial, y porqué no decirlo, la media docena de peajes en los que detenerse y abonar pequeñas, pero incesantes, cantidades de dinero.
Al sumergirnos en los tentáculos de la gran masa gris, el sentimiento de vacÃo y aislamiento era mil veces superior que en el pequeño agujero en el que habÃa crecido. Pensar en la muerte no me aliviaba y tal pensamiento me hacÃa dudar sobre sà aquella era la decisión correcta. Resolvà que ya poco importaba: Todas las dudas y miedos ya habÃan sido masticados, y mal digeridos, vomitados y vueltos a pensar demasiadas veces. Mi mente era un cÃrculo vicioso. Las esperanzas en el ?mañana?, cristales envenenados que me infectaban realidad que jamás vivirÃa; el pasado una cadena que me flagelaba, y que volvÃa una y otra vez, como el mar contaminado, a remojar mis heridas sangrantes y a abrirme de nuevas. Llorar no sirve de mucho, ya se sabe.
Nos detuvimos, y antes de poder echar una ojeada por la ventanilla, un pulcro traje azul y dorado me abrió la puerta. SalÃ. El ruido era ensordecedor, y el aire irrespirable. El traje, abrió el maletero y lo encontró vacÃo. El taxista me miraba curioso, desde dentro de su universo, con un codo colgándole por la ventana. TosÃa púdicamente hasta que dejé sobre la palma de su mano una moneda. Se quedó asombrado. Me dirigà a la escalinata, seguido prudentemente de cerca del traje azul y dorado. Otro traje, de pie ante las puertas acristaladas que se abrÃan y cerraban solas, me invitó a pasar.
El ruido cesó. El aire era dudosamente limpio, y casi me parecÃa oÃr el cantar de un pajarillo lejano. A un centenar de metros estaba la recepción. Anduve decidido hacÃa allÃ.
Todo era grande, amplio, cómodo, brillante y caro ?se veÃa que todo era caro, incluso las plantas de plástico que adornaban por doquier parecÃan de un plástico mejor, o puede que, incluso, fueran ¡autenticas!-.
- Señor... ?dijo un tipo tras un bigotito. Luego lanzó una discreta mirada a uno de los trajes, que me habÃa venido siguiendo desde el taxi. El traje se encogió de párpados. Un lenguaje secreto entre ellos: me estaba etiquetando.
- Ee? ?dijo entonces, dudando.- ¿Reserva?
- Una habitación para una noche.
El tipo me miró. Es decir, me miró de tal forma para que me diera descarada cuenta, que me estaba mirando.
- No sé ?dijo, muy educado, muy formal-, si encontrará aquà el tipo de servicio que usted espera encontrar.
Metà la mano en el bolsillo de los tejanos y saqué todo lo que tenÃa. El tipo, sin alarmarse lo más mÃnimo, abrió un libraco descomunal, y el dinero quedó escondido bajo las tapas abiertas sobre el mostrador.
- ¿A nombre de??
- Leo Bennacker.- dije, la fuerza de la costumbre.
Al instante me aterré. ¿Cómo podÃa demostrar yo, que era realmente, quién decÃa ser? Pero allà nadie preguntó nada. Hizo girar el libro, y tan sólo me hicieron firmar. Firmé como Leo Bennacker, claro. Cerró el libro. El dinero habÃa desaparecido. Otro uniforme, esté sin gorrito, me condujo hasta el ascensor.
Cuando empezamos a subir, me sentà ya más relajado. Era como ser aceptado en un club especial. SubÃamos, y nos alejábamos de aquella ciudad, y de toda la gente que vivÃa, por asà decirlo, a ras de suelo.
- La vista es impresionante. ?dijo el tipo de uniforme.
- SÃ. ?dije, y era cierto.
Minutos después seguÃa al uniforme por un largo pasillo amplio, iluminado, y enmoquetado. HabÃa esculturas cada cinco o seis metros, ¡en el pasillo! Llegamos a la puerta. Descubrà que el tipo no traÃa una llave, sino una especie de tarjeta. Entramos. Me explicó el funcionamiento de la ?card?, y de algunos botones dispuestos en lugares concretos de la habitación: servÃan para subir, o bajar, encender o apagar. Dejé de prestarle atención al octavo botón.
Tras la visita, me dejó en la entrada, y él salió al pasillo. Quieto. No tenÃa más dinero que algunas monedas sueltas en el bolsillo, asà que le cerré la puerta en los morros.
Entonces sÃ, que me sentà rico.
Las dos siguientes horas me las pasé cambiando de canal. Luego, quité el hilo musical del pajarillo que canta, y detuve mi búsqueda en algo que sonaba a ópera. Consulté la pantalla táctil informadora: ?El ocaso de los dioses?, de Richard Wagner. SonreÃ.
Aquella serÃa la última vez que sonreirÃa.
SalÃ, y tras encontrar el ascensor, bajé. Bajé demasiado y acabé en el parking. Perdà media hora buscando la salida.
Más tarde, ya en la calle, caminé sin orden pero con un objetivo claro. Por las señales indicadoras y el propio tamaño del edificio encontré, en una plaza, un ?monstruomercado? descomunal. Consulté el mapa tridimensional de la entrada y di con el supermercado ?entre el cine y el gimnasio-. Al llegar, agarré un carrito para no parecer un idiota deambulando por los pasillos con las manos en los bolsillos. Para liberar el carrito tuve que introducirle una moneda.
Avancé por el largo pasillo de la leche, luego vino el pasillo del pan ?más de cincuenta tipos de pan ? ¡Y en mi pueblo hay 4 panaderÃas!-. Me daba vergúenza preguntar y seguà dando vueltas. A media tarde encontré el pasillo correcto. Ahora habÃa que encontrar la caja, pero por suerte, eso sà estaba muy bien indicado. Me dirigà a la cola de los solteros: hombres con comida congelada, y estudiantes con botellas de alcohol y preservativos. Avanzaba con mi carrito, lleno tan sólo por una diminuta cajetilla de diez hojas de afeitar ?no habÃa de una sola unidad-. Cuando ya casi me tocaba, una anciana en la caja de al lado, con doce bolsas de comida para gatos y dos zanahorias observó con interés mi carro vacÃo. Me sentà desnudo, y compulsivamente agarré una bolsita de caramelos ?sugus? que tenÃa a mano.
La cola avanzó con el andar de los condenados y al ritmo de la musiquilla de la caja, que leÃa códigos con el lector de infrarrojos. Me tocó, por fin. La chica, enclaustrada entre la cinta y la caja parecÃa no tener piernas, deslizó mis cosas por el ojo cobrador sin interés, quizás ni siquiera era humana.
Al devolver el carrito me devolvió la moneda, y pude pagar mis compras. Y salà del supermercado. Luego, tras un buen rato, encontré la salida del edificio; afuera ya habÃa anochecido.
La vorágine de la ciudad parecÃa haber enloquecido. El tráfico era incesante, el ruido molesto, y el olor a cosas quemadas, mareante. Caminé rápido, ya estaba harto de perder el tiempo. Clavaba mi mirada en los escaparates, en el suelo, en mis zapatos. No pensar resulta sumamente difÃcil.
El hotel, mà hotel, era lo suficientemente imponente como para verlo desde toda la ciudad. Me dirigà a él con paso apresurado. El trayecto se me hizo eterno, molesto y llegué exhausto. Tampoco habÃa comido nada en todo el dÃa, y los ajetreos me habÃan producido un intenso dolor de cabeza. Estaba ya harto de todo aquello.
Cerré la puerta tras de mÃ, dejé la bolsa de la compra sobre la mesa, y volvà a la puerta. No estaba seguro que se hubiera cerrado. La abrÃ, se abrió. Volvà a cerrar y parecÃa quedar cerrada. Me alejé, pues tenÃa miedo que una voz omnipresente me indicara cómo debÃa cerrar correctamente la puerta.
Abrà la bolsa de los ?sugus? y me tomé uno. HabÃa olvidado esa sensación pegajosa entre los dientes. Pensé en Sonia, era inevitable. Abrà la cajetilla y saque una hoja envuelta en su sudario de papel, con cuidado de no cortarme.
Con la hoja de afeitar como una tarjeta de presentación me adentré en el baño. La luz se prendió sola. Avancé sin mirarme al espejo; me intuÃa, pero no me miré. Desnudé la hoja, y me subà las mangas hasta el codo.
Estuve parado, quieto, respirando sin ser consciente hasta que me oà decir:
- Necesito una copa.
Salà y me sorprendà buscando el mueble bar. Allà no existÃa tal cosa, a su efecto, habÃa un botellero cerca de la nevera, en la cocina. No sabÃa con qué descorcharlo, no tenÃa tiempo, asà que envolviendo la botella con un paño de cocina le rompà el cuello golpeándola contra el mármol.
Entonces conocà hasta que punto era cobarde, y rebelándome contra ello corrà de nuevo al baño y vacÃe la botella en la bañera.
Hice lo mismo con todas las botellas que encontré, y para ir más deprisa las tiraba contra el suelo de la bañera. A cada tiro, salpicaban cristales y licor. Las botellas, al romperse, producÃan un estruendo al que adoré mientras me quedaron botellas para romper. Luego, más vacÃo aún, salÃ, ya fuera de mÃ, a buscar algo que lanzar contra el espejo. Encontré un paragúero con cisnes grabados. Lo agarré y caminé hacia el baño. Al entrar, se prendió la luz. Lo alcé por encima de mi cabeza y lo lancé con toda la fuerza que pude contra el espejo. El estruendo fue maravilloso.
Del espejo se desplomaron pedazos de cristales como cuchillos, que caÃan y se partÃan contra el suelo. Fue una breve y extraña lluvia de dolor que contemplé jadeando en el umbral.
Luego dejé resbalar mi espalda por la puerta del baño, y acabé en el suelo, sentado, entre cristales y salpicaduras de alcohol. Permanecà asà hasta serenarme. En realidad permanecà allÃ, quieto y absorto en la nada, hasta que percibà el silencio.
Recordé aquello de: ?Y al final tan sólo quedará el silencio.? Y entonces, me puse en pie de un salto. Aparte cristales con las manos, hasta dar con la pequeña y diminuta hoja. Me subà las mangas de nuevo y cogà la hoja con los dedos. Cuando estaba sobre la muñeca izquierda volvà a la lógica, volvà a razonar:
Era un error.
Si primero me cortaba la izquierda luego me serÃa muy difÃcil tener tacto para cortarme la muñeca derecha.
Resolvà con acierto cambiar la cuchilla de mano. Al fin y al cabo, soy diestro.
Y entonces llamaron a la puerta.
Dejé lo que estaba haciendo y me dirigà hacÃa allÃ.
Se abrió. (Ya me parecÃa que no estaba muy ?cerrada?).
Era una chica, con uniforme, una camarera. SÃ, una camarera de pelo castaño, figura pequeña y ojos hundidos. TraÃa una bandeja y sobre ella una caja de bombones.
- Muchas felicidades ?dijo.
Leo Bennacker
A-Zpring
Z (Zest)
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Bueno, pues yo te seguiré en tu recorrido, y de momento, como siempre, comenzando por el final para llevar la contraria, jeje.
Un texto acertado, aunque triste.
Me gusto el final, inesperado y con un toque de ironÃa.
Voy a por otro.
El mejor de los cierres...
El ambiente que se va creando,que te llena de ansiedad,de premonición,a cada paso del protagonista, se llena de luz,en el último instante.
Un abecedario inolvidable!