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-Z-
Escrito por Leo_Bennacker en Cuentanet
Jueves, 15 Junio 2006
Leido 1172 veces

 -   +  aa aa aa aa
¡Zas-clack¡ Hizo la puerta al cerrarse tras de mi. Al salir por última vez de aquella casa, al contrario de lo que había supuesto, no me invadió ninguna sensación de paz ni de alivio. Avancé por la calle con la mente amordazada en el maletero mental de una firme determinación, acelerando el paso para que no me atraparan las dudas.

Al recorrer aquellas calles, que de pequeño había devorado con juegos, no percibía ninguna despedida por su parte; me seguían siendo tan lejanas como antaño. Y los rostros de los vecinos, con los que me iba cruzando, me eran tan desconocidos como siempre; y así lo prefería. Sonreí para mis adentros, incluso ahora prefería el anonimato. O quizás me refugiaba en él; por miedo. Jamás llegué a ser lo que quise ser, o quizás no llegué a intentarlo. Caminaba más deprisa, y es que no quería pensarlo; era demasiado peligroso afrontar la verdad.


Los bancos, cajas de ahorros, o entidades financieras, se reproducen exponencialmente de forma unilateral. Dónde aparece uno, no tarda en aparecer otro, y luego otro, y luego la calle se va infectando, al tiempo que engullen pequeños comercios o edificios enteros.
Me dirigí al único que me conocían. Entré con esfuerzo, y sentí cómo la vigilancia que protegía mis ahorros, me inspeccionaba con descaro. ¿Quién era yo y qué pretendía?
Era Abril, pero ya tenían el aire acondicionado ronroneando, y por entre la cola de esclavos del cajero automático, pululaban unos hombrecillos, en camisa celeste de manga corta y pantalón oscuro, pálidos como fiambres con papeleo entre manos. Dos docenas de vejestorios hacían cola frente a la ventanilla tan solo para oír, de viva voz, que un mes más, habían cobrado YA la pensión. En una pecera-despacho, con cortinilla de diseño, se entreveía al director de la oficina, un tipo de pelo blanco y frente arrugada, de cuya garganta colgaba siempre una corbata.
Mientras esperaba mi turno, leí atento las medidas de seguridad contra incendios, inundación, terremotos, amenaza de bomba, y en letras grandes y rojas: ?Qué hacer y qué no hacer, en caso de atraco?. Éramos una cola serpenteante de criaturas impresionadas por el extremo orden y brillo de cuánto nos envolvía, lo que contribuía a hacernos sentir sucios y rastreros. Esperábamos todos de pie, con papeles o libretitas en las manos; como en un control de la GESTAPO. Aquí no nos iban a deportar o a disparar, al contrario, nos tratarían con amabilidad extrema, y puede que incluso nos regalasen una olla a presión, pero tarde o temprano, al igual que los nazis, se iban a quedar con todas nuestras cosas.
Por fin me tocó, y me sentí especial.
- Quiero sacar todo el dinero.
La chica me miró. Hubo unos segundos de incertidumbre.
En ese momento me hubiese encantado sacar un arma y añadir:
- Todo el dinero, señorita, y ustedes ?al público en general-, al suelo, que la policía no va a venir. ?Y luego un par de disparos al aire ?al techo-, para que vieran que la cosa era muy seria.
La chica agarró mi libreta y con mueca de indiferencia la introdujo en la ranura de su terminal informática.

De camino hacía el banco, me había entretenido imaginando que me preguntarían la razón de mi decisión; que harían algún intento de retenerme con ellos, algún regalo ?aunque fuera un bolígrafo o unos caramelos de origen incierto-, o me invitarían a invertir en una lucrativa y secreta empresa de la que sólo ellos conocían su existencia, y que ahora me hacían partícipe debido a mi buen hacer como cliente fiel. En el mayor de los casos, podría haber venido el director en persona a preguntarme ?con falseado interés-, qué podían hacer por mí.
- Nada. ?Hubiera dicho yo. ¡Y cuánta razón tenía aquella palabra!
Pero no pude responder, pues nadie preguntó nada de nada. Me dieron un sobre con dos pares de billetes. Eché una firma en un par de papeles llenos de letras y diagramas, cláusulas y puntos vitales que no leí. Y luego, la misma chica sacó unas tijeras y cortó mi libreta. Con la misma indiferencia inicial, tiró a la basura los pedazos de nuestra unión legal. Habíamos roto para siempre.
Salí con la sensación de estar vigilado.
El guardia, un uniforme con gafas de sol y arma enfundada, me abrió la puerta y me deseó, mecánicamente, los buenos días. Lo miré un instante, era la última vez que veía a ese tipo.
Caminé hacía la parada de taxis.

Estaban de pie, fuera de sus coches, con las mangas de las camisas remangadas, el cigarrillo en la boca, y el ?Marca? abierto sobre el capó de uno de los coches. Parecían estar enfrascados en un transcendental debate sobre un ?7? y un ?9?. Subí al coche que tenía menos artilugios colgando del retrovisor interior. El taxista subió y arrancó.
- ¿Dónde vamos?
Le pasé una pequeña tarjeta, que cogió sin girarse, echando la mano por encima de su hombro, mientras se ataba el cinturón, encendía la radio y apagaba el cigarrillo.
La miró un par de veces, puede que más, mientras sorteaba a unas señoras que salían del mercado municipal.
- ¿Está seguro? -Preguntó con tacto. Y fingió esperar mi respuesta mirándome por el retrovisor. En realidad, analizaba si yo, por mi aspecto, tenía dinero.
La tarjeta era un nombre, que no una dirección, de un hotel de lujo de Barcelona. No le importaba si yo pensaba alojarme (sin equipaje), si iba de visita o para asesinar a una estrella del pop; lo que se preguntaba era si traía dinero para el viaje. Para aliviar sus dudas, y para evitarme preguntas indiscretas, saqué y le pasé un billete.
- Si se está callado durante todo el viaje, le daré una propina.
Asintió.


Vi pasar ante mí pueblos abandonados, y fábricas apestosas y humeantes, luego bloques de edificios apiñados con ventanas diminutas como cajones, pero sobretodo, coches y más coches. Toda la música de la radio me sonaba a música de viaje, ese aire optimista con algo de nostalgia; la esperanza de un futuro mejor, el amor que se ha ido, y lo feliz que se está al estar vivo. Yo iba a morir.

Quizás esta realidad me hacía ser más sensible a pequeños detalles del viaje: los perros atropellados; los extranjeros desvalijados en las áreas de descansos; los conductores que zigzagueaban sin control por los carriles de la autopista; la cúpula grisácea que cubría la metrópolis; y en especial, y porqué no decirlo, la media docena de peajes en los que detenerse y abonar pequeñas, pero incesantes, cantidades de dinero.
Al sumergirnos en los tentáculos de la gran masa gris, el sentimiento de vacío y aislamiento era mil veces superior que en el pequeño agujero en el que había crecido. Pensar en la muerte no me aliviaba y tal pensamiento me hacía dudar sobre sí aquella era la decisión correcta. Resolví que ya poco importaba: Todas las dudas y miedos ya habían sido masticados, y mal digeridos, vomitados y vueltos a pensar demasiadas veces. Mi mente era un círculo vicioso. Las esperanzas en el ?mañana?, cristales envenenados que me infectaban realidad que jamás viviría; el pasado una cadena que me flagelaba, y que volvía una y otra vez, como el mar contaminado, a remojar mis heridas sangrantes y a abrirme de nuevas. Llorar no sirve de mucho, ya se sabe.



Nos detuvimos, y antes de poder echar una ojeada por la ventanilla, un pulcro traje azul y dorado me abrió la puerta. Salí. El ruido era ensordecedor, y el aire irrespirable. El traje, abrió el maletero y lo encontró vacío. El taxista me miraba curioso, desde dentro de su universo, con un codo colgándole por la ventana. Tosía púdicamente hasta que dejé sobre la palma de su mano una moneda. Se quedó asombrado. Me dirigí a la escalinata, seguido prudentemente de cerca del traje azul y dorado. Otro traje, de pie ante las puertas acristaladas que se abrían y cerraban solas, me invitó a pasar.
El ruido cesó. El aire era dudosamente limpio, y casi me parecía oír el cantar de un pajarillo lejano. A un centenar de metros estaba la recepción. Anduve decidido hacía allí.
Todo era grande, amplio, cómodo, brillante y caro ?se veía que todo era caro, incluso las plantas de plástico que adornaban por doquier parecían de un plástico mejor, o puede que, incluso, fueran ¡autenticas!-.
- Señor... ?dijo un tipo tras un bigotito. Luego lanzó una discreta mirada a uno de los trajes, que me había venido siguiendo desde el taxi. El traje se encogió de párpados. Un lenguaje secreto entre ellos: me estaba etiquetando.
- Ee? ?dijo entonces, dudando.- ¿Reserva?
- Una habitación para una noche.
El tipo me miró. Es decir, me miró de tal forma para que me diera descarada cuenta, que me estaba mirando.
- No sé ?dijo, muy educado, muy formal-, si encontrará aquí el tipo de servicio que usted espera encontrar.
Metí la mano en el bolsillo de los tejanos y saqué todo lo que tenía. El tipo, sin alarmarse lo más mínimo, abrió un libraco descomunal, y el dinero quedó escondido bajo las tapas abiertas sobre el mostrador.
- ¿A nombre de??
- Leo Bennacker.- dije, la fuerza de la costumbre.
Al instante me aterré. ¿Cómo podía demostrar yo, que era realmente, quién decía ser? Pero allí nadie preguntó nada. Hizo girar el libro, y tan sólo me hicieron firmar. Firmé como Leo Bennacker, claro. Cerró el libro. El dinero había desaparecido. Otro uniforme, esté sin gorrito, me condujo hasta el ascensor.
Cuando empezamos a subir, me sentí ya más relajado. Era como ser aceptado en un club especial. Subíamos, y nos alejábamos de aquella ciudad, y de toda la gente que vivía, por así decirlo, a ras de suelo.
- La vista es impresionante. ?dijo el tipo de uniforme.
- Sí. ?dije, y era cierto.
Minutos después seguía al uniforme por un largo pasillo amplio, iluminado, y enmoquetado. Había esculturas cada cinco o seis metros, ¡en el pasillo! Llegamos a la puerta. Descubrí que el tipo no traía una llave, sino una especie de tarjeta. Entramos. Me explicó el funcionamiento de la ?card?, y de algunos botones dispuestos en lugares concretos de la habitación: servían para subir, o bajar, encender o apagar. Dejé de prestarle atención al octavo botón.
Tras la visita, me dejó en la entrada, y él salió al pasillo. Quieto. No tenía más dinero que algunas monedas sueltas en el bolsillo, así que le cerré la puerta en los morros.
Entonces sí, que me sentí rico.


Las dos siguientes horas me las pasé cambiando de canal. Luego, quité el hilo musical del pajarillo que canta, y detuve mi búsqueda en algo que sonaba a ópera. Consulté la pantalla táctil informadora: ?El ocaso de los dioses?, de Richard Wagner. Sonreí.
Aquella sería la última vez que sonreiría.

Salí, y tras encontrar el ascensor, bajé. Bajé demasiado y acabé en el parking. Perdí media hora buscando la salida.

Más tarde, ya en la calle, caminé sin orden pero con un objetivo claro. Por las señales indicadoras y el propio tamaño del edificio encontré, en una plaza, un ?monstruomercado? descomunal. Consulté el mapa tridimensional de la entrada y di con el supermercado ?entre el cine y el gimnasio-. Al llegar, agarré un carrito para no parecer un idiota deambulando por los pasillos con las manos en los bolsillos. Para liberar el carrito tuve que introducirle una moneda.
Avancé por el largo pasillo de la leche, luego vino el pasillo del pan ?más de cincuenta tipos de pan ? ¡Y en mi pueblo hay 4 panaderías!-. Me daba vergúenza preguntar y seguí dando vueltas. A media tarde encontré el pasillo correcto. Ahora había que encontrar la caja, pero por suerte, eso sí estaba muy bien indicado. Me dirigí a la cola de los solteros: hombres con comida congelada, y estudiantes con botellas de alcohol y preservativos. Avanzaba con mi carrito, lleno tan sólo por una diminuta cajetilla de diez hojas de afeitar ?no había de una sola unidad-. Cuando ya casi me tocaba, una anciana en la caja de al lado, con doce bolsas de comida para gatos y dos zanahorias observó con interés mi carro vacío. Me sentí desnudo, y compulsivamente agarré una bolsita de caramelos ?sugus? que tenía a mano.
La cola avanzó con el andar de los condenados y al ritmo de la musiquilla de la caja, que leía códigos con el lector de infrarrojos. Me tocó, por fin. La chica, enclaustrada entre la cinta y la caja parecía no tener piernas, deslizó mis cosas por el ojo cobrador sin interés, quizás ni siquiera era humana.
Al devolver el carrito me devolvió la moneda, y pude pagar mis compras. Y salí del supermercado. Luego, tras un buen rato, encontré la salida del edificio; afuera ya había anochecido.

La vorágine de la ciudad parecía haber enloquecido. El tráfico era incesante, el ruido molesto, y el olor a cosas quemadas, mareante. Caminé rápido, ya estaba harto de perder el tiempo. Clavaba mi mirada en los escaparates, en el suelo, en mis zapatos. No pensar resulta sumamente difícil.

El hotel, mí hotel, era lo suficientemente imponente como para verlo desde toda la ciudad. Me dirigí a él con paso apresurado. El trayecto se me hizo eterno, molesto y llegué exhausto. Tampoco había comido nada en todo el día, y los ajetreos me habían producido un intenso dolor de cabeza. Estaba ya harto de todo aquello.

Cerré la puerta tras de mí, dejé la bolsa de la compra sobre la mesa, y volví a la puerta. No estaba seguro que se hubiera cerrado. La abrí, se abrió. Volví a cerrar y parecía quedar cerrada. Me alejé, pues tenía miedo que una voz omnipresente me indicara cómo debía cerrar correctamente la puerta.

Abrí la bolsa de los ?sugus? y me tomé uno. Había olvidado esa sensación pegajosa entre los dientes. Pensé en Sonia, era inevitable. Abrí la cajetilla y saque una hoja envuelta en su sudario de papel, con cuidado de no cortarme.
Con la hoja de afeitar como una tarjeta de presentación me adentré en el baño. La luz se prendió sola. Avancé sin mirarme al espejo; me intuía, pero no me miré. Desnudé la hoja, y me subí las mangas hasta el codo.
Estuve parado, quieto, respirando sin ser consciente hasta que me oí decir:
- Necesito una copa.
Salí y me sorprendí buscando el mueble bar. Allí no existía tal cosa, a su efecto, había un botellero cerca de la nevera, en la cocina. No sabía con qué descorcharlo, no tenía tiempo, así que envolviendo la botella con un paño de cocina le rompí el cuello golpeándola contra el mármol.
Entonces conocí hasta que punto era cobarde, y rebelándome contra ello corrí de nuevo al baño y vacíe la botella en la bañera.
Hice lo mismo con todas las botellas que encontré, y para ir más deprisa las tiraba contra el suelo de la bañera. A cada tiro, salpicaban cristales y licor. Las botellas, al romperse, producían un estruendo al que adoré mientras me quedaron botellas para romper. Luego, más vacío aún, salí, ya fuera de mí, a buscar algo que lanzar contra el espejo. Encontré un paragúero con cisnes grabados. Lo agarré y caminé hacia el baño. Al entrar, se prendió la luz. Lo alcé por encima de mi cabeza y lo lancé con toda la fuerza que pude contra el espejo. El estruendo fue maravilloso.
Del espejo se desplomaron pedazos de cristales como cuchillos, que caían y se partían contra el suelo. Fue una breve y extraña lluvia de dolor que contemplé jadeando en el umbral.
Luego dejé resbalar mi espalda por la puerta del baño, y acabé en el suelo, sentado, entre cristales y salpicaduras de alcohol. Permanecí así hasta serenarme. En realidad permanecí allí, quieto y absorto en la nada, hasta que percibí el silencio.
Recordé aquello de: ?Y al final tan sólo quedará el silencio.? Y entonces, me puse en pie de un salto. Aparte cristales con las manos, hasta dar con la pequeña y diminuta hoja. Me subí las mangas de nuevo y cogí la hoja con los dedos. Cuando estaba sobre la muñeca izquierda volví a la lógica, volví a razonar:
Era un error.
Si primero me cortaba la izquierda luego me sería muy difícil tener tacto para cortarme la muñeca derecha.
Resolví con acierto cambiar la cuchilla de mano. Al fin y al cabo, soy diestro.
Y entonces llamaron a la puerta.

Dejé lo que estaba haciendo y me dirigí hacía allí.
Se abrió. (Ya me parecía que no estaba muy ?cerrada?).
Era una chica, con uniforme, una camarera. Sí, una camarera de pelo castaño, figura pequeña y ojos hundidos. Traía una bandeja y sobre ella una caja de bombones.
- Muchas felicidades ?dijo.




Leo Bennacker
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Comentarios ( 4 ):

3 Nov 2007 by_the_moonlight
Qué bueno!!!Te recorriste todo el abecedario??
Bueno, pues yo te seguiré en tu recorrido, y de momento, como siempre, comenzando por el final para llevar la contraria, jeje. tongue

Un texto acertado, aunque triste.
Me gusto el final, inesperado y con un toque de ironía.
5 Oct 2007 selyna
Inauguro el repaso que le voy a dar a tu particular abecedario, un poco asustada. Los 400 golpes, eran golpes, pero esto son puñetazos en los dientes. Lo he pasado mal leyendo, pero no podía apartar los ojos.

Voy a por otro.
17 Jun 2006 lunaroja (no registrado)
NO puedo creer,que aún no tenga comentarios..y gracias a eso,soy la primera!!!

El mejor de los cierres...

El ambiente que se va creando,que te llena de ansiedad,de premonición,a cada paso del protagonista, se llena de luz,en el último instante.



Un abecedario inolvidable!
25 Jun 2006 elsatiricon (no registrado)
Me ha encantado tu relato. Muy novela negra. Una historia bajo la ?cúpula grisácea que cubre la metrópolis?. El chorreo continuo de dinero, la musiquilla de la vida moderna, un final sorprendente e impactante. Te suena la película ?Perdidos en la gran ciudad?

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