Me alegró tanto tu mail con la buena nueva de que vendrás a Madrid, en dos días. Te he extrañado, no tienes idea cuánto. En aquél momento no comprendí tu huida, me sentí humillada, pero después de darle vueltas pude discernir con calma, todo lo que había pasado.
La verdad, es qué aquella tarde de otoño con la fresca brisa de tu llegada, me trajo noticias nuevas. Y estas fueron cuando nos tumbamos en el sofá a mirar los vídeos pornos, tú con tus gestos aniñados, con un puñado de palomitas y largos sorbos de Coca-Cola, tan infantil jugando con hielos entre dientes e inocentemente sobre mi, te recostaste. Quizá, por esa intimidad, mi presente me hizo conducir tus dedos hacia mí futuro, y por fin, desvelar los tules de mí única realidad, porque sabía que tu fogosidad me llevaría hacia lo que nunca nadie me había hecho sentir hasta entonces, ni siquiera Jorge. Luego, no conforme, te arrodillaste a saborear los placeres que tus dedos invocaron, tus labios y barbilla impregnados con mis jugos te iluminaron, exponiendo tu imagen divina e imborrable con el tiempo. Te diré que cada gesto tuyo fue monitorizado de cerca, percatándome de la transformación de tu rostro en miles de exquisitos trazos cuando los ríos de lujuria, que jamás había imaginado, se desbordaron en un vértice tan humano por su amor.
No tienes culpa de nada, no me debí de casar con él, sino contigo, aunque es un buen hombre, pero su sexo siempre entró en mí a hurtadillas, sintiéndome ultrajada por la voracidad del pene, por la penetración del impaciente verdugo y de sus sacudidas que me hieren, recorriéndome un escalofrío por la espalda que me espanta moviéndome sin sentido. Y que me imposibilita a entregarme al seno de su hombría, y me deja hundida en el fondo de un martirio con la incógnita de si algún día seré, una hembra mejor. Constantemente concursando de nuevo, reprobándome a mi misma, preguntándome del por qué de mis fallos, con mi imaginación perdida y fantaseando en que en ese momento, quien me ama, eres tú. Sí tú, amor mío, que con gentileza has sabido llevarme con las brisas del cariño, más allá de lo que podría soñar, y que nunca nadie antes me había siquiera insinuado que algo así pudiera existir.
Con tu visita, ha llegado el momento de que recapacitemos y que pensemos que muchas personas durante toda su vida han esperado que algo así les ocurra, otros, ni siquiera saben que un amor como este exista, y qué, a los más infelices, no se les pasa por la mente de que sea posible realizarlo.
Adriana, te espero en Atocha, el viernes a las 6 y 30 p.m.
Tuya,
Marta
mis mas enteras felicitaciones
Linda historia esta de Marta, pero acongoja de tristeza.
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