Unos treinta objetos rondan en esta habitación, los cuales, descontando mi ropero, una docena cargados de historias, son míos. Todo desprendía su sello varonil, refinamiento y ni hablar del buen gusto. Ser el más alto ejecutivo de una multinacional le había situado en el tope de la crema. En la cima del que lo posee todo mirándolo desde lo alto con sus imponentes ojos negros y que con tan sólo chasquear dos dedos es capaz de poner al mundo a sus pies.
Casi a primera vista nos enamoramos, hará apenas dos años. En cuanto puse un pie en su oficina, ambos supimos de inmediato que nos arrollaríamos de amor, pero mi júbilo ante la idea de convivir con él se disipó al poco tiempo. Es sábado, poco después del mediodía, y aún no me había vestido. Esta tarde me mudaré. Sus temores ha exteriorizar nuestra situación de pareja de hecho, me imposibilitan a que prosiguiéramos conviviendo.
Desde el desayuno continuábamos desnudos tendidos sobre la cama. Delicadamente retira el cigarrillo de mis labios y aspira un par de bocanadas, pero antes de regresármelo me da un interminable beso francés; probablemente con el propósito de demorar algo más la despedida. Mientras tanto, medio cigarrillo se consumía, como igualmente se iría lentamente consumiendo el deseo, como también nuestras vidas divergentes. Le asentí con la cabeza; esta tarde me dejaré amar por él, por tercera y última vez, intensamente. Fluyendo esa emoción especial que da el saberse plenamente abandonado al otro. Así de sencillo. Siempre los de siempre. Sin embargo, me hubiera gustado tomar esta vez la iniciativa y llegar hasta su pene para oprimírselo entre los labios sorbiéndole hasta dejarle vacía su vertiente, pero valía la pena renunciar a ese placer por mirarle, acariciándome con sus ojos. Su aliento se me aproxima al oído con un cosquilleo encerrando un: "te amo y te amo", uno tras otro, mortificándome la dualidad que contienen sus murmullos, algunos: cálidos y amorosos, otros, dolorosamente rotos. Nos amartelamos, no se quedó quieto, entre sus dedos comenzaron a ser pellizcadas mis erguidas tetillas absorbiéndoles la tibieza -según su antojo- por repasarles con su lengua alrededor de las oscuras aureolas de mis pechos; resuello, tiemblo y trémulas mis manos se posan en su nuca atrayéndole mucho más cerca de mí y con furor mí lengua entre oscilaciones entra en su boca. Sus manos siguieron la línea de mí costado describiendo mi entorno, sucediéndose las caricias por mi sensitiva piel, delineándome como si fuera la primera vez o la última, que lo hicieran. Con dedicación fueron bajando con movimientos fluctuantes, casi imperceptibles; suelto un resoplo al sentir su roce tremendamente excitante. Ambas manos ricamente llegaron aferrándose en mis caderas, anclándose en el puerto del destino de nuestro deseo; supe entonces que en la marejada volvería a sentir las deliciosas ondulaciones de su carne. Un poco más tarde, desde atrás, éstas se cierran abarcando y englobando mi sexo por completo. Y sin tregua, se sumerge entre oleajes de sábanas satinadas lamiéndome los muslos, entre ingles, por mis genitales y libidinoso con mí perineo se embriaga. Justo antes de embestirme, disfruta ensalivando mí anillo agamuzado, relajándolo, aflojándolo, preparándolo para el goce de los dos. Al dilatarlo con un beso negro, descargo en un largo gemido mí placer; levemente muerdo la almohada contorsionándome y colocándome en cuatro arqueo el tronco, respingo mí culo, fijamente miro el techo y...
Son en estos momentos, cuando se confirma plenamente, lo que tantas veces nos hemos repetido a lo largo de nuestra efímera existencia juntos. El amor y la pasión que nos embarga, seguramente no la conseguiríamos en otras parejas, ni remotamente en el transcurso de nuestras vidas.
-¡Otro día... vendré por mis cosas!, de espaldas le afirmo; no deseé que se diera cuenta de que colgaban incontenibles brillos... en mis ojos. Debido a mí partida, noté el sabor de su angustia, un sabor triste con regusto metálico. Nunca antes un dolor tan vivo me fue transmitido con tanta sinceridad.
Comienzo lentamente a vestirme, mientras me pongo el calzoncillo, él me acariciaba la espalda. Me visto, pero sin ánimo de volverme atrás porque temo flaquear, si acaso, volviese a verle.
Decidido salgo a la calle y al amparo del crepúsculo, obstinado busco una pequeña luz, cualquiera, la que sea para alcanzar una nueva vida...
besitos.
Me gustó mucho, aún tratándose de un tema tabú para hombres.
Saludos.
Delicado y sensitivo
saludos
un saludo Alida
Ir a página: 1, 2, 3 Siguiente