Me llamo Aurora. Y como todo el mundo, pienso en el sexo muy a menudo. Es un fastidio, la verdad. Cómo me gustaría no hacerlo, pero supongo que es inevitable. Eso sería posible, si lograra controlar al cien por cien mi naturaleza humana. Querría convertirme en un robot que no siente, que sólo actúa para lo que está programado y que no siente que su biología le reclama constantemente. Ah, cuánto sufrimientos ahorraría…
He llegado a la edad en que las promesas hechas deberían haberse cumplido. En que el matrimonio que tanta felicidad y tanta dicha prometía en un inicio, diera sus frutos de pasión. “Los malos tiempos pasarán y seremos felices” me dijo él. Hoy sólo hay cansancio, siestas en el sofá, mucha televisión… Tonta, tonta más que tonta…
Recuerdo cuando éramos un par de adolescentes. Me arreglaba para salir con él tan cuidadosamente como si fuera a ir a una boda. Hasta el último detalle de mi ropa, de mi cabello, de mi persona estaba repasado una y otra vez para alcanzar la perfección, con el único objeto de ser deseada. Quería gustarle. Volvía a la casa paterna con la boca despellejada por los cientos de miles de besos de tornillo que nos habíamos dado en el banco del parque. Su lengua curiosa acariciaba la mía de mil maneras distintas, y siempre el beso terminaba con una dulcísima sonrisa y un cariño. Ah, qué tiempos aquellos… Daba igual si hacía frío o calor. Daba igual si llovía o tronaba. Éramos jóvenes y estábamos enamorados.
Fue una tarde de final de verano, cuando en medio de un arrebato de pasión, él se atrevió a asomarse a mi escote. Hasta la fecha, había sido tan tímido… no se había atrevido a descubrir mi cuerpo, aunque yo con la mirada se lo había suplicado una y mil veces, cuando me dejaba en llamas, con la boca caliente, y el sexo húmedo. Mmm… una erección bajo unos vaqueros… aquella tarde descubrí lo que era. Paseé mi mano sobre la ruda tela, descubriendo lo que allí ocultaba. Sus ojos castaños, limpios y hermosos me miraban pidiendo permiso. Cuando intenté retirar la mano, él la volvió a colocar sobre sus caderas y la apretó fuerte, mientras con la otra, se coló en mi ropa interior, buscando mi pezón excitado. A pocos metros, unos niños jugaban al balón. Así, que nuestro arrebato pasional duró lo justo para dejarnos calientes, dispuestos a pasar una noche solitaria y hambrienta, cada uno en su cama.
Aún pasaron un par de meses antes de que nos entregáramos el uno al otro. El frío avanzaba, y una mañana despistada, descubrimos el sexo. Llovía, estábamos juntos y solos, y sobre todo, colados el uno por el otro. Música suave, oscuridad en una habitación adolescente… su cuerpo era un pecado. Terso, suave, delicioso… y estaba ardiendo. Ardía por mí. Creo que jamás en mi vida estuve tan excitada como en aquel momento… mi piel, resbalando por la suya lubricada por el sudor que brotaba en respuesta, mi sexo tan excitado, casi al rojo por la proximidad del suyo, que se acercaba… el roce de sus muslos desnudos contra los míos, sus dedos explorando mi carne, descubriendo el cuerpo femenino, desconocido aún para él… yo era el centro de su universo. Yo era su deseo.
Nuestra primera vez fue tan torpe, tan encantadora, tan sincera, tan mágica… su sexo se deslizó en el mío por instinto. Hasta gemir nos daba apuro, pero su cuerpo logró arrancarme unos cuantos aquella lluviosa mañana invernal. Mi cuerpo apenas se resistió a aquel ataque y mi virginidad desapareció. Creo que la perdí la primera vez que nos miramos. No hizo falta mucho más. Aquel primer encuentro marcó el inicio de una época verdaderamente ardiente. Yo iba por la calle orgullosa, como mostrando al mundo que pertenecía por entero a mi amor, que él me había tomado, y que había hecho lo que más deseaba en el mundo. Fue un tiempo de encuentros furtivos, de sexo rápido, de clandestinidad deliciosa. Cualquier momento era bueno para escuchar el sonido que produce una cremallera al bajar, y el olor a sexo excitado manaba, llegando a mis senos nasales, justo antes de que su verga desapareciera entre mis labios. Cualquier oportunidad era aprovechada para sentir unos dedos masturbándome tras la puerta cerrada de mi habitación, apretujada por su cuerpo deseable… Ojalá volviera aquel tiempo…
La clandestinidad se volvió pesada. Ya no nos atrevíamos a hacer el amor en cualquier lugar. Tal vez fue el principio del fin. Tal vez duró demasiado poco. Cuando nos llegó el momento nos casamos. El trabajo, las obligaciones, el cansancio… nuestra vida declinaba poco a poco y aquella pasión inicial nunca se recuperó. Él prometía que llegarían tiempos mejores, que tendríamos tiempo para nosotros dos. Pero nunca llegó el momento. Yo le creí. Le esperaría siempre, todo el tiempo que él me pidiera. Ahogaba mi deseo yo misma en estériles masturbaciones mientras él dormía a mi lado. Y lloraba al terminar, porque le echaba de menos tanto, a pesar de tenerle tan cerca. Ya no era su deseo. Ya no era su universo.
Siempre está tan agotado… Imaginé nuestro futuro repleto de aquella complicidad y aquel deseo que tan poco tiempo nos duró. Imaginé que él me desearía siempre, tanto como yo le deseo a él. Aún le deseo. Incluso cuando él me rechaza una y otra vez, cuando aparta mi mano de su entrepierna que ya no se yergue por mí. Cuando mis labios buscan los suyos, sólo encuentran besitos cortos de compromiso, no un beso de verdad con su lengua recorriendo mi boca. Creí que a nuestra edad, seríamos dos seres que se buscan de noche en la cama, que se levantan por la mañana prendidos de deseo y que pasan el día recordando entre obligaciones y quehaceres diarios un improvisado y delicioso polvo matutino, deseando que llegue la noche de nuevo.
Pero no es así. No me consuela saber que la pasión se va apagando con el tiempo en todas las parejas. Y no me consuela porque la mía no se ha apagado. Sigue ahí, deseándole a cada movimiento. Pienso todo esto mientras le veo dormitar en el sofá. En la televisión, un estúpido programa que a ninguno de los dos interesa. Y se me rompe el corazón cuando oigo el primer ronquido…
Me encantó cómo logras llevarnos por cada una de estas facetas del deseo carnal.
Me encantó todo el texto y cada una de sus palabras
te felicito!
Me ha llamado poderosamente la atención que en un relato erótico haya lugar para los sentimientos.
Además, yo siento, percibo... que algo de real, auténtico y nada literario late ahÃ, en tu relato.
Es como si hubieras llevado un trocito de tu vida (o de tus sentimientos, no importa), y le hayas dado una vida aparte...
La descripción es la precisa, no hay rebuscamiento... y las frases están vivas, como si vivieran a través del lector.
Por lo menos de este lector... siempre se dice que a cada escritor o a cada obra le corresponden cientos, miles de lecturas, tantas como lectores.
Asà es, a mà me ha conmovido, y me he divertido, y me empalmado... casi veÃa yo todo ese escote, o ese sexo...
Muy bien escrito y estructurado, te han dicho que es una obra maestra... yo no llegarÃa a ese extremo, siempre peligroso para el autor, que puede creer que domina ese secreto, tan bien guardado, de llegar al lector, a cualquier lector (eso es lo que sueña cualquier escritor), pero desde luego, sin llegar a ese extremo, repito...
tu relato está fuera de lo normal, es superior... ¡regÃstralo!
estarÃa bien en un libro de relatos, muy bien !!!
Felicidades.
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