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La fiesta de San Marcos
Escrito por selyna en Cuentanet
Martes, 12 Febrero 2008
Leido 1326 veces

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Viajé de noche, como siempre. Es mi abrigo, mi refugio, mi medio natural. Hace doscientos años, fui hasta Venecia a caballo. Un magnífico árabe negro como la noche, cuyas fuerzas no desfallecieron, a pesar de que mantuve una marcha constante desde Volterra. Esta vez, llegué en un discreto Mercedes azul oscuro, como tantos otros que se agolpaban en el improvisado parking reservado sólo para visitantes ilustres. Mi fiel disfraz de Espectro, descansaba en el asiento de al lado. Me acompañaba todos los años, aunque por razones obvias, no era el mismo. No se puede negar, que no desperdicio nada y que sé sacarle partido a las cosas materiales.  Salí ya disfrazado. La máscara blanca y el tricornio, ahuyentarían suspicacias acerca de la peculiar palidez de mi rostro y, al abrigo de miradas indiscretas, podría mezclarme con los humanos sin temor a ser importunado. Mis miedos, son relativos, ya que, sinceramente, siempre llevo las de ganar.   De entre mis ropajes negros, aparecieron como por arte de magia las llaves del coche, que fueron depositadas en manos del muchacho que se ocupaba de cuidarlos. Y apenas mis sentidos quedaron libres para ocuparse de otros menesteres, comprobé con fastidio, que no era el único que por allí andaba. Lo olí a distancia… 
entre el hedor de los canales, las notas de Mozart que se filtraban por las ventanas del palazzo, las luces de las antorchas de la Piazza 
San Marco, sentí su olor.   -        

César…- gruñí sin poderlo evitarlo.  Decidí que no iba a ser él quién iba a amargarme la fiesta. Llevaba cinco años esperando y no iba a renunciar a Isabella de nuevo. Ah, Isabella… 
ella no lo sabía, pero en una vida anterior, ya había estado entre mis brazos. Tenía quince años y estaba a punto de casarse con un mercader de seda, amigo de su padre. La conocí en La fiesta de las Marías, bailando al ritmo loco del Carnaval. Ya parecía una muñeca, de tan delicada y aniñada. Me enamoré como un colegial, y ella, me correspondió hasta que el amanecer hizo acto de presencia, y yo la maté, en la escalinata de la Catedral. ¿Soy un monstruo? Desde luego que sí. Pero César no lo es menos.  Avancé entre la multitud de máscaras y lujosos vestidos. Brillos, plumas, lentejuelas… oro y plata de mentira, perfume caro, hedor de canal… A lo lejos, vi a Isabella. Idéntica a como era entonces. Hermosa, clara, niña… con sus rizos rojos escapando en cascada por su espalda, cubriéndose precariamente con un antifaz de terciopelo verde esmeralda, a conjunto con el traje de época. Sin duda, mucho más lujoso que el que lucía la primera vez que la vi. Cinco años llevaba esperando a que madurara. Pero a pesar de los veinte con los que contaba ya, seguía 
pareciendo que tuviera quince hermosas primaveras. Me quedé en medio de la multitud. ¿Qué mejor escondite para algo que ponerlo a la vista de todos?  -“Carnaval, en una Venecia gris por las piedras de sus fachadas y porque, a veces, se    
duerme en la niebla…”  El susurro me sobresaltó. Y al mirar a mi lado, encontré a César, acechando a mi Isabella.  -Lárgate monstruo.  César no pudo contener la risa. Tiene una risa varonil y tintineante, perfecta como todo él. Iba enteramente vestido de blanco, con medias de seda, casaca bordada con adornos de marfil, y chorreras de encaje inmaculado. El precario antifaz, níveo e impoluto, dejaba entrever unos ojos sedientos, un ansia mal disimulada. Era tan hermoso como fastidioso.  -        

¿Qué haces tú en la Serenísima? ¿Acaso no sabes que tu sola presencia es un insulto?-        

No más que la tuya.- respondí más que acostumbrado a sus impertinencias.-        

Ah, ya… Isabella… la hermosa niña… qué suerte has tenido… ha vuelto reencarnada después de que te sirviera de cena…-        

No me sirve tu reproche. Tú haces lo mismo.-        

Oh, bueno, yo al menos, luego no lloro lágrimas de cocodrilo, querido Víktor.-        

¿Acaso yo he derramado una lágrima por ella?-        

Puede que no tus ojos, pero yo te oí aullar aquella noche, a causa del dolor de la pérdida que tú mismo provocaste…  
qué ironía…
La presencia de César se me estaba haciendo tan molesta como había supuesto que sería. No lo había visto en cuarenta o cincuenta años, pero hubiese podido pasar muchos más sin verlo. No era como otros de nuestra especie. Era francamente molesto.-        

sabes que el amor entre humanos y los de nuestra raza no llega a mucho más.-        

Por eso vienes aquí en busca de ella… en fin. No seré yo quien te diga lo que tienes que hacer. Disfruta Víktor. Ya nos veremos por ahí…Si algo me extrañó de la conversación, fue la poca insistencia de César en amargarme la velada. En otras ocasiones no había tenido reparos en perseguirme, boicotear mis intentos de acercarme a posibles víctimas, fastidiarme hasta el punto de sentir deseos de cometer el único crimen que no nos está permitido: matar a un semejante. César me había colocado muchas veces en la raya y me había tentado otras tantas a cruzarla.   Decidí no hacerle demasiado caso. Tal vez tuviera algo mejor que hacer. O si no lo tenía, a mí no me importaba. Lo único que podía ver, era la danzante presencia de mi Isabella reencarnada, esperando saciar mi sed de nuevo después de un beso como el que me regaló la misma noche, doscientos años atrás. Avancé entre las emplumadas parejas, que destrozaban un minué con su patosería y su vulgaridad. Pero ocurría algo curioso… cuando creía que avanzaba hacia mi hermosa dama vestida de verde esmeralda, más me alejaba de ella. Sorprendido, lo intenté de nuevo. Por mucho que yo intentara avanzar, a la derecha, a la izquierda, arriba o abajo, ella siempre parecía estar a la misma distancia de mí, eso sí, siempre entre la multitud…  Usé todas mis armas: mi velocidad sobrenatural, mis mejores estrategias, pero no conseguía ni acercarme ni un paso a ella, que danzaba ahora con un desconocido, ahora con otra dama…  De pronto, lo entendí. Un detalle que sólo yo pude percibir, me llevó doscientos años atrás, en las escalinatas de la Catedral, cuando ella agonizaba entre mis brazos, y yo huí presa del más absurdo dolor, envueltos cuerpo y alma en ropajes negros. Aún tenía vida… la luz del alba despuntaba ya en el puerto, y el frío mordía la piel. Pero aún poseía un hilo de vida… yo sabía que se apagaría…Miré con estupor a la pareja de baile de Isabella. Danzaba con suma gracia, prendida de la mano de César. Parecían dos ángeles sobre una nube de purpurina. Y cuando él susurró una impertinencia en su oído, una vulgaridad, seguro, provocando su sonrisa, lo comprendí todo, al ver entre sus rosados labios, el brillo inequívoco de un par de afilados colmillos…


Actualizado el Viernes, 20 Abril 2007 por naoko
  

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Comentarios ( 3 ):

17 May 2008 elturiferario
La cita, ineludible, resultó fallida. La eterna vida de tal especie tiende al aislamiento, no tanto buscado, como conveniente, de ahí que se puedan volver amargos doscientos años de espera...
(¿Lo hubiera debido adivinar?) eek

Me gustó. smile
19 Abr 2008 JoanCastillo
Un cuento donde una prosa brillante se enseñorea de principio a fin. Toquecitos humorísticos y unos que otros trocitos poéticos ofrecen al drama un ambiente encantador. La narradora nos lleva y nos trae a través de los siglos con una facilidad prodigiosa. La síntesis se hace presente y se descubre en el ritmo, intenso, tan firme y desenvuelto que se termina de leer sin respirar. Precioso el personaje de Isabella. Estupendos, los de César y Viktor. Ni una palabra que falte o sobre para un relato cargado de insidia, de pasiones bajas, de pugnas eternas y de amores insólitos. Muy original dentro del género. Excelente para mi gusto. smokin
3 Abr 2008 maljama
No he tenido ocasión de comentar ningún texto tuyo y este es el primero que sorprendentemente nadie ha comentado a pesar de ser una buena historia de vampiros a través del tiempo y narrada en primera persona.

Tiene planteamiento, pudo y desenlace claros. Provoca empatía al identficarte, al menos, cuando lo leo, con uno de los vampiros: "cuando creía que avanzaba hacia mi hermosa dama vestida de verde esmeralda, más me alejaba de ella."

La identificación del lector con el narrador no lo es mi opinión por la persona empleada sino por la adjetivación, que no deja lugar a dudas, o margen al lector, desde el primer momento sabemos que no es humano y vivimos lo que leemos (y nos cuenta). Hay otra corriente que dice se eliminen los calificativos para que el lector descubra si es o no un monstruo y adopte o no tal identificación, por lo que hace el personaje en lugar de por la adjetivación. Pero eso, como en todo hay variadas opiniones. Aquí la autora se proponía que viviera la piel de un vampiro hast el final: "al ver entre sus rosados labios, el brillo inequívoco de un par de afilados colmillos", y lo ha conseguido.

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