quiebros

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La mirada que te sigue te observa en cada uno de tus movimientos. Al despiste asiste a tu presencia aunque tú no lo creas. Se mantiene atenta. Aunque permanezcas quieta, ella no desfallece. Cuando muevas pieza saldrá tras de ti volada, para no perder tajada.
Si supieras cuantos están pendientes de ti no podrías seguir. Quedarías paralizada, incapaz de continuar este paso que te pasa a otro y nuevo lugar.
  Cuando llegues, olvidarás y tendrás esa mirada desde la otra línea del tiempo que te atará.
  Desprenderse para volar hacía el infinito que diluye en totalidad.
No vagues con envidia entre quienes sujeta la carne y pierden día tras día esperanzas porque, aunque no quieran, se saben finitos y conclusos.
  Has batido tus alas en ese escenario en que la vida pasa.
Has creído que podrías continuarla a tu pesar y sin ganas.
Te has dado plazos que, cumplidos, renuevas por no ser capaz de obrar con propiedad.
  Eres escurridiza e inútil te entretienes entre esas voces que de un vacío aplastante crees que te responden.
Haces paradas para respirar.
El ahogo nada lo podrá remediar.
  Estás y estarás hasta que esa cuerda tensada rompa y estalle por no poder aguantar.
  Entre tanto buscaras voces en ese hueco vacío que te quieres amueblar.
  Es hastío lo que se impone en cada tiempo y lugar.
De él crees haber salido.
Inventas tus movimientos, en esta danza de nada, para llenarlos de una falsa esperanza que acrecienta tu dolor cuando, en estado de consciencia, te ves reflejada en el reloj de arena a punto de consumirse y con ganas de darle la vuelta, para volver a hacer pruebas falsas de una imposibilidad.
  Has buscado en la palabra que escribes respuestas a preguntas que tan siquiera te formulas.
  Hacer cuestionamientos sobre algo es saberlo y ese no es el caso.
  Pretendes tensar el arco.
  Golpea el mazo en dolor que en el barro te adhiere.
  Si la neurona se durmiera y borrara, es posible que la vida no pesara, pero, en ese caso, ni siquiera en lo básico sabrías dar un solo paso.
Para tu magra supervivencia es necesario sufrir la flaqueza de la carne y creerse ese cuento espiritual, en que se hilan los sueños que se convertirán en la más terrible pesadilla, la que no quieres mirar.
  La parca que a todos asiste deberá acudir a tu cita ineludible.
Engañosa te dirás que has vivido.
Cuantos momentos perdidos, y aún más los desatinos.
Nunca es tiempo para ese encuentro, a no ser que lo corrupto de este cuerpo en declive imposibilite. En ese caso qué otra cosa mejor que dar definitivamente el portazo y cerrojazo.
  Está claro que seguir en esas circunstancias es un desgaste del alma sin más propósito que el sometimiento a las leyes inhumanas.
Arrancan los lamentos en estancias pagadas con la sangre de quienes acumularan un gran fardo de dolor para remontar la cuesta de su propia perdición.
  Prohíben la libertad última, de decidir en una misma cual es su voluntad.
  Las últimas voluntades están sometidas a criterios arbitrarios para mantener falsa cohesión social.
La ciencia que no te salva, al menos, debería suavizar ese último tramo que a todos nos es asignado.


                                      

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princesa

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Apareció tras aquella sombra proyectada sobre el entarimado suelo. Tras ella un roce de trapos viejos a efectos de larga cola.
  Jugaba a sirenas y hadas buenas entre sacos de paja. Nadie observaba sus giros y movimientos de escena. Se creía princesa.
Aún ahora, cuando alguien, al descuido, le reta, sin saber que abre puertas, diciéndole princesa, se deshacen en ella todas las reservas.
¿Cómo es posible que, aún sin creer, se sienta tomada por mera palabra?
Lo cierto es que quien así la llama sabe y alcanza.
En ese juego de infancia se escribían los mejores cuentos.
Desde allí y en ese entonces se puso en marcha un único argumento, el de la vida ganada a puro de sentimientos.
Ahora era ese sueño, el de parapetarse tras los trapos y presentarse en harapos.
  El teatro estaba ocupado por sonrisas contenidas, no sabían de qué iba el drama o la comedia. Era la única sesión que se representaría.
  Quedó en el mismo centro, tras el círculo luminoso proyectado sobre una caja de gran dimensión.
El contraluz aparente hacía de ella una sombra.
Agazapada tras la luz miraba con detenimiento los gestos de esos rostros que ofrecían su espectáculo a sus ojos.
En suaves movimientos fue introduciéndose en ese círculo de luz, ahora un pie y después otro. Tan sutil que, apenas perceptible, se fue convirtiendo, de oscura figura en luminoso elemento.
Y gritó para sus adentros palabras en verso hueco que transfirió a una danza quebrada de arduo desmembramiento.
  La gente, en un solo cuerpo, sufría de espasmo y dolor, con lo que allí se concitaba entregándose ella en movimientos de crudo sentimiento.
  Cuando acabo la función recorría la sala el pavor.
  Marchaban en silencio sin mirar tras el espejo que se les había puesto delante.
  Ya en la calle y respirando hondo, recogiendo oxígeno y vida, tomaban rumbo a sus casas sin precipitarse ni mirarse.
  Al día siguiente, olvidada la vivencia nadie sabía explicarse.
  En sueños retomaban el camino de regreso, siendo transportados al origen y ancestros.
  Habían participado del retorno a la noche de los tiempos de manos de la danzarina que traía hasta ellos la esencia de la vida.
  Pasados los días, quienes habían vivido esa experiencia sintieron una paz especial. Era algo así como una liberación del alma. Una descarga y recarga.
  Ella, sin embargo, necesitaría años para restablecer sus fuerzas. Abrir todas las compuertas y absorber tanto de todos los que comulgaran con su danza la había desgajado, dejando su alma cuarteada y troceada.
Sólo los cuidados de quien la llamaba princesa obrarían el milagro.
Cuando todos hubieron marchado quedando ella, tirada sobre el frío suelo del escenario, llegó él y tomándola en sus brazos la llevó consigo.


                                      

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Me adentro

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Me adentro por este espacio y descubro lo mucho que desconozco.

Ayer le dediqué un rato y hoy otro.

Eso de las plumas me tiene perpleja.

Al principio pensé en ir dejando mis escritos, pero ahora exploro y me sorprendo viendo la carta de precios.

Cuando iba a la Catequesis, a mis cinco añitos, el cura párroco, mosen Demetrio, nos entregaba una suerte de puntos canjeables, por asistencia y buenas respuestas a sus preguntas sobre el Catecismo. Me hace recordar nuestra entrada a la capilla con los ojos bien abiertos y con esos puntos que repasábamos para cerciorarnos de que teníamos suficientes para llevarnos aquel ansiado juguete. 

Me hizo gracia que para curiosear se me advirtiera de que me sería permitido previo pago con plumas.

Una a una las atesoro para poder seguir pateando este territorio.

No dispongo de mucho tiempo y me cuesta encontrarle el ambiente, pero insistente y cabezona insisto en encontrar alguna forma de satisfacer aquello que en su día me trajo.



                                      

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