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Implicados en sacrilegio
La enfermera se hallaba en una pequeña sala con una doble puerta que abierta de par en par daba a un largo corredor. En una de las paredes, donde en cualquier otra clínica se vería un cuadro con una nurse solicitando silencio, destacaba una reproducción de “El grito”, de Edvard Munch.
Tenía buena figura, estaba muy bien maquillada, era bonita... y a pesar de todo emitía esa languidez que sólo adosa la soledad. Con desgano acariciaba un gato negro mientras leía en la revista “El futuro previo” la confesión de un escritor que implicaba en sacrilegio a varios inocentes lectores de relatos.
La trajo a la realidad el crujido de la lejana puerta de ingreso al cerrarse. De inmediato, pasos apurados y firmes repercutieron hasta allí delatando una presencia no esperada. Hacia un lado de la estancia donde ella se encontraba otra persona, que también leía inmersa en su ingenuidad, ni se inmutó por el sonido de aquellos pasos. Tampoco cuando la enfermera balbuceó un par de comentarios: –Ya no siento miedo –dijo ella. –Es más, haría un homenaje a quien pudiera asustarme. ¡Qué no daría por un buen escalofrío!
Luego sonrió y viendo hacia el pasillo notó que las pisadas anteriores traían a un hombre puesto. Se acomodó los senos frustrando sus intentos de escapar del luminoso uniforme blanco que vestía y les susurró con maternal melancolía: –Os entiendo, anhelan ser amados en la oscuridad... Pobrecillos, estoy omisa con vosotros.
Resultó un misterio, pero ellos se erizaron.
Cual imperturbable fantasma de pie ante su tumba la mujer aguardó a que el visitante se acercara. Cuando aquél estuvo a su lado, sin darle la mínima oportunidad de manifestarse pero desplayando una gélida sonrisa de cordialidad le dijo: –Señor, hoy no lo podemos atender... –pareció meditar y aclaró de inmediato: –...y menos si ha perdido el Sexto sentido que le entregaron al ingresar. Comprendo que andar por aquí sin él, es como intentar ver una película en tercera dimensión sin lentes especiales y por ello debería darle uno nuevo, pero el caso es que hasta nuevo aviso no tenemos... Si no es eso, con mucho gusto lo atenderemos... otro día.
Él no pudo evitar que la desilusión lo abstrajera del deleite que había hallado en la visión de aquellas gloriosas mamas. –¡Señorita, no me diga eso! –dijo cual exhausto náufrago que al arañar la arena se ve rodeado por caníbales. –¡No! No me diga eso... –repitió, pero esta vez su frase evidenciaba molestia –Hace más de un siglo que estoy en lista de espera. Mi nombre es Valdemar. ¿No me recuerda?
–¡Sí! Ahora que lo observo mejor, es cierto, vi lo que hizo el verano pasado.
–Bueno, ¡Fíjese también ahora! ¿Qué fecha dice este pergamino?
Con desgano ella miró el grueso y ajado papiro que le mostraban y leyó: –Martes trece.
El hombre infló su torso y como preguntando una obviedad inquirió: –¿Y qué día es hoy?
–Viernes trece –dijo ella. La inflexión de su voz carecía de ironía y acompañó los dichos con un gesto de sus manos de dedos largos y delgados. Al volver a apoyar aquellas pálidas manos sobre la mesa se evidenció el contraste de sus uñas: eran asquerosamente negras.
Valdemar aceptó la posibilidad de que estuviesen pintadas, mientras, desde el fondo de la desazón causada por la respuesta recibida volvió a preguntar: –¿Y que horario se indica en el documento?
–8,30 a 9.
En el rostro del hombre un rictus de incredulidad alternó con un mohín de congoja. Ya en tono más calmo y casi con cautela agregó: –¿Y qué hora es?
–16,50.
El recién llegado dejó caer los brazos. –¡Jamás me acostumbraré a sus horarios! ¿Cuándo dejarán de usar el reloj de arena y el calendario azteca? –Señor, aquí no tenemos en cuenta el tiempo. Los objetos que lo miden prestan una función decorativa.
Entonces la desazón bañó el rostro del tal Valdemar y ella temió que el pobre hombre se largara a llorar. Antes de que eso ocurriera se apresuró a decir: –Pero supongamos que acertó... Sería igual, le está sobrando tiempo. En el espacio mental de su existencia terrena el tiempo es una gran piscina. Sería mejor que diera algún otro paseo por allí, luego volviera a zambullirse y aplazara el retorno. Si así lo prefiere se lo expreso en términos temporales: vuelva dentro de unos meses.
–¿Me manda a paseo con tal desparpajo? ¡Con gusto pondría en práctica sus deseos, pero en otra vida! ¡Aquí seré intransigente! –vociferó el hombre llamado Valdemar –Hágame el favor... ¿El Dr. Karloff(1) está? –Su acento era apremiante y autoritario; los senos de la mujer se encogieron y la luz pestañó amilanada.
Ella giró la cabeza demostrando fastidio, observó con indiferencia a la otra persona presente, que ajena por completo a la conversación leía sin intervenir. Luego, volviendo con suma calma a posar su mirada en el hombre contestó: –Karloff no está. Se retiró con ataque de pánico. ¡Al fin el doctor se salió con la suya! ¿Me dejaría usted salirme con la mía?
–¡Por Odradek(2)! Claro que sí, pero primero dígame: ¿Qué otro especialista se halla disponible?
–Los que han llegado luego de la jubilación del Dr. Frankestein: Hannibal Lecter, Freddy Krueger, Jasón... Pero ya le dije que no lo podremos atender. ¡Ni esos querubines reanimarían a nadie a esta hora! ¿No ha visto la luna llena? Tendremos luna llena todo el año. ¡Da gusto ver a estos chicos en esas noches! ¿Y puede creer que no me asustan? Según mi terapeuta se debe a que he perdido la inocencia.
La mirada de Valdemar vaciló entre la ironía y el desprecio hasta que frunciendo el ceño preguntó de mal modo: –¿Y esa persona que está allí leyendo? ¿Aguarda su sexto sentido o a que Hannibal le sirva una hamburguesa?
Como en un juego de bolos donde ninguno queda en pie se oyó un sonido semejante al de la bola vertiginosa estallando al fin en un trueno. Entre el reverbero que aun se oía se elevó la voz de la mujer: –¡Esa persona no sé! No molesta para nada. Usted también puede sentarse y leer si tiene algo que valga la pena. Aquí se aprecian mucho los manuscritos de inéditos y anónimos escritores difuntos... ¡Y si no los tiene a mí no me los pida! No presto los míos, tienen un aroma tan miserable, rancio y melancólico que más que leerlos los huelo, la transpiración inútil que los originó me fascina. ¡Lastima que no pueda intuir la decepción que esconden! De todas formas me las explicó de manera extraordinaria Jean-Baptiste Grenouille(3)...
Esta vez el hombre la miró fijo pero sus ojos habían perdido el fulgor que trajeran y se mostraban suplicantes: –Vea, seamos francos... Tengo entendido que podríamos arreglar con una gallina degollada y un almohadón de plumas. ¡A lo más, con parte del botín del Perla negra!
–¿Quién lo dijo? ¡Me ofende señor! Por la osamenta de Yorick(4) que jamás acepté menos de un sarcófago de oro; ese peculiar mineral de virtudes eternas tiene valor en todos los mundos, y a no ser en el Edén siempre se cotiza mejor que las almas.
Elevó el dorso de su mano hacia la frente como para desmayarse con gran teatralidad. El hombre temió que la eventualidad del regreso se le terminara de escabullir: –¡Está bien! Le daré uno. ¡Después de todo no ha pedido el tesoro de Tutankamon, ni el santo grial, ni siquiera la caja de Pandora! Pero deberá retirarlo de la pirámide aun oculta en la selva peruana, pues antes de entrar me alertaron: “Para dar un paso al más allá deberá dejar sus pertenencias fuera de la dimensión desconocida”.
La enfermera respiró con una resignación semejante a la de Valdemar y la situación pareció distenderse. Luego de un segundo donde nada pasó se dio una conversación muy fluida, coloquial y aburrida, donde lo poco que se podría rescatar fue el siguiente diálogo, iniciado por la mujer de los nuevamente inflados pechos:
–No hay problema, el Dr. Van Helsing me ha ofrecido la paz eterna y una gira turística rumbo al infierno que no pienso rechazar. Pasaremos a recoger el sarcófago antes de comenzar a visitar castillos encantados y mazmorras. Inclusive tenemos pensado presenciar un suceso en el puente sobre el río Owl(5), que se ha dado con tanta maestría... Para culminar el periplo deslizando una recorrida por Transilvania y el lago Ness...
–¡Será un viaje largo!
–Sí, la agonía que va desde el anochecer al amanecer. No es poco si la vivimos despacio, todo lo imaginable puede ocurrir en una noche y para lo inimaginable recurriremos a la hora veinticinco. Pernoctaremos en el Motel Bates. ¿Lo conoce? ¡La viejita es encantadora! Cada vez que voy le pido a Norman la habitación de la ventana indiscreta... ¡No es fácil lograrla! Siempre insiste con otra de baño más bonito. ¡Ay, pensarlo me da psicosis! Mi dulce Van me ha prometido además una cabalgata con los cuatro jinetes del Apocalipsis por los prados de Salem... ¡Sí hasta me veo cabello al viento cual Lady Godiva rediviva, reflejada contra un cielo rojizo de fondo y un entorno de tierra en llamas!
–Bien, le creo... ¡Perfecto! ¿O piensa continuar? Tengo mucha imaginación y me excito con facilidad. Ya hemos estipulado la comisión, así que mejor dejemos esta conversación para el día del juicio final. Necesito que me deshipnoticen de inmediato y volver a mi vida habitual, normal, actual o real... no sé ya cómo decírselo.
–¿Se aburrió de recorrer vidas anteriores en su viaje astral?
–No, muy interesantes todas... ¡Y divertidas! Pero no me he sentido bien, me provocan alergia las flores de mis velorios. Además me afligen las lágrimas de mis afectos y fastidian las de los falsarios...
–¡Caramba! Es evidente que acostumbra quedarse hasta el final... ¡No quería perderse ningún detalle de la fiesta, eh! Yo salí un rato antes de mi muerte y eso me perdió... Venga, pase por aquí, y mientras llamo al doctor recuéstese en el ataúd, junto al cadáver de la novia.
–¡No demore, ya esperé bastante! ¿No leyó en mi historia clínica mi paso por el purgatorio? ¡Estuve un año estancado con Dante! Y eso que sólo pagué las culpas leves, de cuando fui honesto, ellos acatan primero... Por eso para las otras, las graves, nunca me presenté... tampoco yo podría convencer a un jurado de ser un criminal decente, aunque como todos ellos, bien que contaba con justificaciones.
–¿Cuántas reencarnaciones visitó?
–Cinco.
–¿Cinco? ¡Ja, ja, ja! Eso es desperdiciar la eternidad. El estándar ronda las cincuenta. Yo iba por la treinta y dos y me hicieron volver, pero mi viaje astral estaba interesante y no vine. Morí en ausencia y ya no podría renacer. Así que les dije que me dejaran continuar hacia atrás, mi deseo era no parar hasta el pleistoceno. Pero me dejaron aquí en el limbo, colaborando con los hipnoviajeros. No es un mal trabajo, y puedo elegir cualquiera de mis vidas anteriores para tomar vacaciones. Siempre escojo el siglo en que fui monja en Loudun junto al padre Grandier(6)... fue una época ardiente.
–Con tanta llama debería ver si no fue Juana de Arco, tal vez lo suyo sea memoria genética... ¿Acaso el viajero recuerda todo cuando vuelve?
–Hasta aquí sí, olor a carne asada incluido... ¡Pregúntele a Carrie(7)! Pero al completar la regresión total no recuerda nada. Una vez del otro lado de la puerta, nada de nada. Ni al volver de la hipnosis ni al renacer...
Valdemar apretó los labios en clara señal de pesadumbre: –¡Qué lastima! –dijo.
–¿Quién lo entiende? ¿No era que tenía prisa por volver? Al parecer tan mal no la pasó... ¿Qué deseaba recordar?
–Los momentos de sexo.
–¿Todos?
–Todos. Bueno... Las instancias en que falló el equipo hubiera preferido pasarlas por alto. También aquellas en las cuales fui engañado y sorprendí in fraganti a los libertinos. ¿Usted no?
–A no ser en la época que le comenté, en general le presté poca atención al sexo, sólo para ver cómo me sentía según el género. ¡Por eso a veces tengo una necesidad imperiosa de ponerme al día! -Puso los ojos más tristes que tenía y un mohín encantador en sus labios: –Casi he olvidado ese tipo de ceremonias... En cuanto al resto de las actividades preferí las masculinas. Recuerdo todas mis reencarnaciones como hombre pues fueron las menos... En realidad el mío fue un viaje de estudios, usufructué una beca otorgada por el Convento de Jóvenes Oníricas Matusalén. Tenía intenciones de hacer un compilado de mis sueños a través de las diferentes épocas para descifrar si en algún momento soñaba realidades. Pero no pude terminar la maldita tesis, ya le dije...
La mujer se había detenido de pronto y luego de meditar unos segundos sonrió, adquirió tanto candor y parecía tan casta que el hombre se olvidó de los senos para dejarse invadir por el más puro amor.
–¡Si le cuento no me cree! –continuó ella, entornando sus ojitos penetrantes. Al hacerlo sus largas pestañas pintaron en la imaginación de Valdemar la imagen de una dionaea -8- que atrapó su mosca.
–A ver, diga... –exclamó entonces Valdemar casi en una exhalación.
–Fui amante de Vincent Price(9) durante la caída de la casa Usher.
–¡Vaya mérito! Si por eso fuera... Yo debí ayudar a vestir a Bela Lugosi(10) con atuendo de vampiro, capa incluida, para su sepelio. Y adivine quien llegó al restaurante donde trabajé en otra vida, sin compañía ni dinero pero mucha sed para recitarme “Las flores del mal”(11)... También descubrí que en una niñez quedé muy impresionado con el hombre de la bolsa, por suerte de mayor lo perdí de vista luego de que en un mal negocio perdiera todas sus acciones.
–¡Eso que dice no tengo forma de comprobarlo pues no puedo viajar por sus vidas!
–Tampoco lo que usted afirma puedo yo verificarlo.
Un relámpago azulado provocó, tras desaparecer, que la luz del techo pareciera el opaco lustre de una dentadura amarillenta. La enfermera miró hacia el pasillo, Valdemar volvió a caer en su escote. Y la persona sentada, si bien continuaba leyendo, cargaba en el rostro una notoria expresión de incertidumbre, un signo de interrogación, un: ¿Qué es esto?.
La enfermera miró hacia el fondo del pasillo: –Creo que viene alguien más, espero que no sea esa japonesa de pelo sobre el rostro que cada tanto me pide para hacer una llamada... Deja todo el corredor mojado. ¡Ah, no! Es usted afortunado Valdemar, quien viene es el doctor. Veremos si puede atenderlo.
–¡Pero lo conozco! ¿No es Jekill, el de los brebajes?
–¿Y a quién quería? ¿Al fantasma de la opera? ¿A la momia y sus maldiciones? ¿A Chuqui? ¿Bush quizás?
–¡Nombró a tantos! Además, establecer cual es el más perverso no es tarea sencilla, y yo siempre estuve de acuerdo conque la culpa no la tiene el chancho...
–Aquí, estimado señor, lo atiende quien está disponible. No olvide que la existencia asegura el fracaso, el resto va de regalo. Si en la vida no nos equivocáramos todo sería demasiado fácil y aburrido.
–De haber sabido la escasa deferencia vuestra hacia los clientes habría optado por atenderme en el gabinete del doctor Caligari(12), aunque fuese más anticuado.
–No le habría ido peor, ahora lo atiende Nosferatu, con su nueva cabeza tamaño pelota de tenis gentileza de sus ayudantes jíbaros.
–Mi consuelo es saber que de arrepentidos está el mundo lleno... Hasta podría haber aceptado algún paquete de los que ofrecen a precios módicos para viajar a través de universos paralelos. ¡Habría visto mis posibilidades en todas las variaciones imaginables!
–¿Quiere decir, posiciones imaginables?
Valdemar no tuvo tiempo de contestar pues emitida esa última frase se dejó oír una voz varonil, espectral, catacumbesca. A él lo hizo temblar, pero no preocupó ni a la enfermera ni a la persona que leía. Jekill estuvo junto a ellos.
–¡Señorita Vampiria!
–¿Doctor?
–Es necesario que no perdamos tiempo, la luna anual tiene a Hyde nervioso. No me gustaría que nos encuentre aquí, por el bien de ustedes tres... –Miró hacia sus costados –La persona que está allí leyendo y ese señor del ataúd... ¿Ambos aguardan ser regresados a la referencia ocasional que algunos llaman actualidad?
–La persona sentada no lo sé, conmigo no habló. Cuando yo aparecí ya estaba. Además sólo lee... todavía. Según parece aun conserva las esperanzas. Ha de haber mirado cuanto le falta y resignado un: “Ya que llegué hasta aquí...”
-¿Y el otro, el del ataúd, es un paciente viajero?
–Sí, pero yo diría que de paciente tiene muy poco, está más bien impaciente. ¡Sólo cinco etapas astrales y desea volver! Insistió tanto que me dio pena. ¿Podrá hacerlo usted antes de regresar a su novela? Yo lo sé hacer, pero mi autorización apenas abarca colaborar con la fijación del péndulo, la velocidad de los espejos y el dispendio de espermatozoides.
–Con esas manos que cargan la historia de la tierra podría desenterrar un cementerio o hacer rugir la alarma del infierno... pero deshipnotizar: a nadie. Yo lo haré, por un rato seguiré siendo el comprensivo Jekill.
El doctor miró al hombre, interesado en conocer sus datos: –Señor...
–Valdemar. ¡Mucho gusto doctor! –parecía un hombre lobo moviendo la cola de entusiasmo. Pese a eso el doctor echó atrás el cuerpo para mejor observarlo y preguntó con sincera curiosidad:
–¿Algo no le agradó que desea irse con tanto frenesí? Nunca nadie se ha quejado y no quisiera que por su causa cayeran sospechas sobre nosotros... ¡Bastante tengo yo con los desbarajustes de Hyde!
Mudando su actitud y haciendo alarde de inexistentes fuerzas el rostro demacrado de Valdemar adquirió tonalidades rojizas. Respiró hondo y procurando un tono de advertencia levantó la voz: –¡No se extrañe si pierden clientes! No nos dan un buen servicio. ¡Quién sabe cuanto hace que está esa persona ahí leyendo! ¡Seguro que en este lugar se aburre! A mí me ocurre algo así. No es justo que cuando salga de aquí no recuerde nada, y que al llegar deba preguntar qué cosa he narrado bajo hipnosis para conocer algo sobre mis vidas pasadas...
–Se establece en el contrato –manifestó Jekill sin amedrentarse –Debido a eso se les aconseja deambular, ver y transmitir todos los datos especiales. Siempre ocurre que en el fragor de la existencia muchos detalles se nos pasan por alto. Qué sufran y disfruten bastante es lo que esperamos. ¿Qué otra cosa? ¡Es la vida! Antes de arribar a otra existencia lúcida donde se les vuelva a ocurrir hacer regresiones, lo más probable es que experimenten varias experiencias vitales sin ellas. No todas las personalidades que se pueden asumir soportan con estoicismo las sonrisas insidiosas de los escépticos.
–¿De qué habla? ¡A Lon Chaney lo jorobaron! Peter Lorre salió hablando con los cuervos y Christopher Lee, lee y sólo lee... ¡Como esa persona que está ahí sentada!
–¡Habladurías, leyendas! ¿A que año pretende volver a decir sandeces señor Valdemar?
–¿No lo indica el papiro? Si no acerté con el día y la hora no creo que acierte con el año.
–No. El pergamino no establece el año pues ese dato no se exige, nos manejamos con coordenadas astrales y los trece logaritmos fantasmagóricos de Trulalá. Además es de suponer que cada uno sabe de qué mundo y época ha venido –volvió a mirarlo con atención: –¿Qué año?
El terror brillaba en los ojos de Valdemar y los dejó en blanco inmediatamente después de balbucear: –No recuerdo... ¡Anduve por tantas épocas!
–Cinco, Valdemar, sólo cinco... Entonces no podremos hacerlo volver. ¿Señor Valdemar? ¡Señor Valdemar! ¡Vampiria el despertador!
El medico le tomaba el pulso a Valdemar, cuyo mentón había caído sobre su pecho. También abanicaba ante su rostro el costoso anillo que le regalara su colega, Jack el destripador. Entre tanto, la enfermera corría tras sus voluminosas cualidades intentando colaborar. Lo hacía pensando en esa persona que estaba allí, estoicamente sentada, quien muy bien podría dejar de leer un momento y dar una mano con la urgencia.
–Riiiing, riiiing, riiiiing, riiiing. –¡Ya apáguelo! Recobró el pulso a la cuenta de siete. ¡Jamás saldremos de los pecados capitales! ¿Cuándo van a cambiarle los ringtones a ese aparato? Podrían haberle incorporado los aullidos lobunos que grabé durante la luna de miel de Yeti... ¿Ya no quedan de aquellos sonidos chisporroteantes de la silla eléctrica? ¿Ni siquiera vuelo de bombarderos? Nada... ¡Si al menos hubieran conservado el sonido de los ataques de Tiburón!
El señor Valdemar, volviendo de pronto en sí, comenzó a gritar del modo en que lo hace la inexorable chica asediada por el monstruo: –¡Ay! ¡Basta! ¡No! ¡Un oso que se las coma! Hormiguicidaaaaaaa...
–¡Valdemar, Valdemar, qué le ocurre! Soy yo, Jekill.
–¡Hormigas! ¿No las ven? Tengo la mano llena de marabuntas, el brazo... ¡Me picarán!
–No, no tema, han sacado a pasear a sus larvas. ¡Déjelas! Darán unas vueltitas alocadas y regresarán al nido. ¡Cálmese, no son pirañas, no son arañas, no son Depredador! Se trata de un lapsus esquizofrénico suyo. De seguro lo ha afectado el delirio retórico de algún pica teclas desconocido cuya cordura ha tomado vacaciones. ¡Ignórelo igual que todo el mundo!
–¿Si? Bien, lo hago... Gracias... Ahora sí, ya estoy tranquilo.
–Si, lo veo, estoy monitoreando su corazón delator. Vea mi mano Valdemar. Lo deshipnotizaré. Espero que lo estén aguardando allá en su época, si lo dejaron solo puede ser muy feo. ¡Hasta morir en ausencia, como Vampiria!
–Eso no ayuda a que me tranquilice Jekill, usted es notable. Podría desmayar a un paciente sin anestesia.
–Prosigamos entonces, vea mi mano: se abre se cierra, se prende se apaga, sube, baja... ¡Valdemar vea mi mano! ¡Señorita Vampiria! ¡Quiere cubrir ese seno que me distrae al paciente!
–Probemos otra vez. Vea mi mano: se abre, se cierra, se prende se apaga, sube, baja, cara, cruz, sexta, ballesta... Duermes Valdemar, duermes plácidamente. Valdemar: ¿Estás allí?
Una voz que parecía venir desde el baño se abrió paso entre los inmóviles labios de Valdemar: –Siiiiiii.
–¿En que día estamos?
–En el úuuultimo.
–¿El último? ¿Sabes quien eres?
–Siiiiii. En realidad era, Valdemar, el bebé de Rosemaryyyyy. Vivía en la calle La noche de los muertos vivientes 666, entre Aaalien y Terminaaator.
–¿Puede ver el resplandor señor Valdemar? ¿Ese pacífico túnel luminoso que tantos detallan?
–Nooooooooo. Escucho la danza macabra y los cantos de Maldoror. ¿Dónde estooooy?
–En la “Compañía Ansiedad de Regresiones Astrales”. ¡No va ser en un gajo de La naranja mecánica o en un trozo de piel del Necronomicon!
La voz de Valdemar volvió a la normalidad, ya no era un tembloroso murmullo. De cualquier modo fue queda y plácida: –¡Ah! Ya veo... Entonces usted no es el exorcista, Vampiria no es Lucrecia Borgia, ese lector no es el conejito blanco del hueco del árbol, ni yo el niño de La profecía... –sus pestañas se agitaron como alas de mariposa que no halla donde apoyarse.
–No. Soy Jekill, el vecino de Calígula y usted el conejillo de indias de una apuesta. ¿Realmente no puede ver la luz señor Valdemar? ¿Y el color que cayó del cielo? ¿Las cruces de la granja del ñato?
–No. Pero siento algo húmedo y frío que me rodea, se mueve y huele mal... es lo más negro que he visto. ¿Será petróleo? ¿Un denso agujero negro?
–¿Cómo dice? ¡Vampiria! –¿Sí doctor? –¡Este hombre se gastó todos los deseos de su pata de mono! ¿O lo hipnotizaron poco antes de morir?
–Sí, eso. Aquí dice que el viaje se inició en una clínica de la comarca Poe, preparaban el sepelio cuando lo pusieron a viajar. Creo que fue víctima de un típico ardid de alguna compañía de seguros para dilatar el pago de una póliza. ¡Ya sabe como son!
–En ese caso si se revirtiera la hipnosis los días que ha pasado muerto serán sólo un segundo y luego, o queda más feo que “La mosca” o será una palada de cenizas... ¿No querrá quedarse en este lugar? Ha vuelto millones de veces a convertirse en una masa putrefacta, sólo ha bastado que unos ojos lo imaginaran al leer su extraño caso... ¡Vaya metamorfosis!
–¡Y yo me siento tan sola! –suspiró ensoñada la muchacha con la vista perdida en el cuadro de Munch.
–¿Qué ha dicho, Suspiria? ¡Perdón! Quise decir Vampiria.
–Que mi sed requiere una soda.
–No mezclar el trabajo con el placer es una regla aceptada en todos los mundos Señorita Vampiria, no lo olvide.
–Y respetada en ninguno, no lo oculte.
–¡Entonces se lo dejo! Tal parece que no le bastan sus fugas con Van Helsing... ¿Necesita una presencia masculina? ¡Es suyo! Jamás podría detener a alguien que desea quebrantar una regla. La dualidad del hombre siempre me ha parecido fascinante, diabólica... digna de estudio al menos.
–Así le va doctor. Que muchas veces me ha comentado sus deseos de darle curaré a Hyde y si no lo hace es por los efectos secundarios...
Valdemar, que había permanecido en silencio y resignado a su suerte de pronto intervino: –¡Aguarden! ¿Cómo sé que lo que hay detrás de los senos vale la pena? ¿Mi opinión no cuenta?
–No si usted no la cuenta –dijo Jekill –Lo tácito suele ser práctico... evita indecisiones. Así que estamos todos de acuerdo en aceptar que usted haya elegido quedarse.
–¿Lo hice? No es fácil comprender cómo lo sabe... ¡Además si lo hice fue bajo hipnosis y no es ético! Pero vea, siempre me tardo demasiado en decidirme, es cierto. Así que me quedaré: no puedo iniciar un pleito contra ustedes sin testigos.
Valdemar observó un instante a la persona que todavía leía y luego el torso de Vampiria: –Tengo entendido que los juicios son tan redondos y voluminosos y tersos y duros como en la teta real... ¡Hay, perdón, quise decir: vida real! Ya he cumplido con el señor Edgar, así que nadie lamentará mi ausencia. ¡Me quedo!
–¡Muy bien! Sabia decisión, al final Todo es eventual(13), tanto aquí como allá y depende de quien lea. Pasará la eternidad espiando al detalle sus vidas pretéritas y cuando quiera dormir sobre almohadas mullidas dispondrá de las cercanas lomas de Vampiria para un sueño feliz. ¡Listo señor Valdemar, puede retirarse! ¡Ah! No olvide dejar la cabeza en la guillotina cuando recorra la revolución francesa, lo que hizo la vez pasada no es lícito y casi se condena a una vida en el tercer mundo.
–Le agradezco mucho doctor Jekill y no lo invito a un trago pues he quedado en tomarlo con el señor Hyde. Lamento no poder hacerlo con ambos a la vez, pero así es la realidad fantástica.
Los ojitos de Jekill comenzaron a latir y una sonrisa maligna, sádica y perversa, germinó sobre su rostro. Luego se volvió hacia la enfermera: –Vampiria, Hyde se aproxima –dijo mientras se sacaba los guantes –Una última cosa...
–¿Sí doctor? –Debemos concluir la tarea, traiga las coordenadas de la persona que está allí sentada. –y haciéndole un guiño agregó: –Así los dejamos solitos a usted y... –señaló con la cabeza en dirección al señor Valdemar.
–¿A qué momento volverá esa persona doctor? Le recuerdo que en este caso puede ser sólo en modos escritor o lector. ¿Cuál será esta vez?
–¡Lector, Vampiria, creí que lo había notado! El otro ya está condenado... Se me hace tarde, ya le dije, así que si me disculpa...
Jekill dio la espalda a la enfermera y acercándose miró con firmeza a la persona que leía. Luego cerró los ojos, casi de inmediato los abrió, grandes, duros, y comenzó a decirle: –En el momento en que yo diga “ahora”, usted estará en su vida habitual, en calma actitud sedente y terminando de leer un relato peculiar. No se molestará demasiado pues considerará que ha leído peores...
Hizo una pausa y mientras un penetrante olor a azufre lo envolvía recorrió con pícara mirada su entorno, sonrió, y un segundo antes de desaparecer chasqueó los dedos y dijo: –¿Listo? ¡Ahora!
1 Boris Karloff: legendario actor y director de filmes de horror, héroe de la niñez del autor.
2 Odradek: criatura fantástica imaginada por Kafka.
3 Protagonista de la novela “El perfume” de Süskind Patrick.
4 Yorik: ex bufón de palacio a cuya calavera Hamlet comenta su famosa frase.
5 Un suceso en el puente sobre el río Owl: Interesante relato de Ambrose Bierce. Se encuentra en: http://vivirdelcuento.blogspot.com/2006/05/el-cuento-del-fin-de-semana-11.html
6 Se refiere a los sucesos narrados por Aldous Huxley en su libro “Los demonios” y llevados al cine por Ken Russell.
7 Novela precursora del alud literario de Stephen King, llevada al cine por Brian De Palma.
8 Planta insectívora.
9 Vincent Price: Otro actor de filmes de horror.
10 Bela Lugosi: Interpreté de Drácula en varios filmes cuyo ultimo deseo fue ser sepultado con el traje de su personaje. Se ignora si aun transita a sus anchas durante las noches neblinosas.
11 Sí, acertaron.
12 Una de las primeras películas de horror.
13 (no podía terminar en otro número) Nombre de uno de los mejores libros de Stephen King