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General Sabado, 20 de Febrero de 2010

   

Herejía espeluznante

Puntuación:

 

En todas partes se abrieron millones de grietas. Mares enteros cayeron al centro de la tierra y resurgieron luego en grandes nubes de vapor que se llevaron a la humanidad de un soplido.Una pareja de dioses se encontraba almorzando:  –¡Maldito universo! –dijo uno de ellos sin dejar de masticar –Hace dos eones ocurrió algo semejante en la constelación del Hipocampo y estuve una centuria con indigestión, debí hacer baños de asiento en singularidades cercanas al centro de la galaxia Macaca. –Sí, –afirmó su acompañante –es un contratiempo comer tanto y de apuro... A las almas hay que paladearlas de a una y muy despacio, sólo así se puede saborear el gusto particular que adquieren en sus humanas existencias.

 

 

Félix Acosta Fitipaldi © 2010
Del ciclo “Relatos del fin del mundo”
http://participación.elpais.com.uy/dosmildoce


                                            

General Viernes, 18 de Diciembre de 2009

   

Te esperan en la sala

Puntuación:

–Llamó Irene –dijo él.
Ella pareció sorprenderse pero sonrió de inmediato y preguntó: –¿Qué dice, necesita algo?
 –Nada... Hablar contigo. Llamará en otra oportunidad.
 –¡Bien! –exclamó la mujer –Tomaré un baño. Ir al súper me agota.
 ¿Irene?¿Qué Irene?¿Gabriel? Bajo la ducha la mujer recordaba que la única Irene de su existencia era aquella “amiga de toda la vida” que su esposo no conocía... y ella tampoco.
 –Irene la de la peluquería –había dicho la primera vez que le mintió –¿Nunca te hablé de ella? Nos conocemos desde niñas. Se casa pronto y la acompañaré a elegir algunos muebles. ¡Es una pesada! Si no fuera tan buena... pobre.
 Puesta a volar la fábula Irene llegó al matrimonio, pero sólo por civil y en horas de oficina, cuando él no pudiera acompañarlas. A la semana volvió a encontrarse con ella en la peluquería, la luna de miel de la recién casada fue breve y al parecer ansiaba charlar sobre su nueva vida.
 Durante la mañana de uno de aquellos días su esposo, sin levantar la vista del diario le preguntó:
 –¿Cómo le ha ido a tu amiga Irene?
 –Es muy dichosa... No hace más que hablar de sí misma. ¡A veces me resulta egoísta! En fin... me limito a escucharla. ¿Qué asunto interesante podría yo contarle?
 Al parecer “Irene” volvió a llamar semanas más tarde, justo cuando ella estaba decidiendo decirle a su esposo que la vería más seguido para ayudarla con el embarazo. Lo ensayó ante el espejo: –¡Es tan exagerada, parece como si no pudiera valerse por sí misma!
 A las primeras llamadas siguieron otras. ¿Quién es esta Irene del teléfono? Uno de sus mensajes quedó en el contestador pero ella logró borrarlo antes de que él tuviese oportunidad de oírlo. ¿Qué pasaría si "Irene" llamaba luego de que ella dejara una nota avisando que estaría con ella en el cine? Nunca le había sucedido algo tan insólito, hasta le parecía sentir la adrenalina dispararse bajo sus medias de seda. ¡Sombras justo ahora, cuando está siendo tan feliz!
 Como la “Irene” del teléfono existía –ella misma había oído su voz hablándole al contestador sugiriendo encontrarse– comenzaron a ocurrirle repentinos escalofríos, pero sólo cuando pensaba en ella. No creía que se tratase de un ardid de su esposo, no lo imaginaba ideando una farsa con una mujer extraña para desenmascararla. Él era el mismo de siempre, quizás demasiado: anodino, predecible, transparente... El mismo, pero cada vez más insulso.
 Su esposo no cambiaría jamás, en contraste Gabriel le descubría a cada paso algo distinto, nuevo y estimulante. La hacía rejuvenecer, le brindaba una nueva adolescencia... ¿Sospecharía su marido que su amiga Irene era un impetuoso Gabriel?
 En algunas oportunidades ella se arriesgó a sondearlo rozando el borde del precipicio. Pero él había comentado con absoluta tranquilidad que ahora al menos conocía la voz de su amiga. Ni una sombra extraña cruzó por su rostro, se expresó sin exhibir el mínimo gesto fuera de lo habitual, ningún destello de sagacidad, ni un ápice que lo delatara inquisidor o maquiavélico.
 Durante algunos días rumió la idea de contratar, ella misma, a una mujer que se hiciera pasar por Irene; la presentaría a su cónyuge para afirmar sus coartadas y santo remedio. Aunque descubrió que idear intrigas también la excitaba descartó tal posibilidad, la extraña mujer del teléfono seguiría siendo un cabo suelto insalvable.
 Un viernes a las seis, cuando se disponía a salir hacia el supuesto parto de su amiga, llamaron a la puerta. Su esposo de siempre, con su cara de siempre, entró al dormitorio y le dijo en el mismo tono aburrido de siempre: –Tu amiga Irene te espera en la sala... Pero no creo que hoy vaya a dar a luz.
 Era la voz habitual, el gesto acostumbrado, la mirada sin brillo de lo últimos años, quizás algo de curiosidad... Para ella sin embargo todo era diferente, el contenido de lo manifestado cobraba dimensiones exorbitantes. Sintió que se le aflojaban las piernas. No podía comprender lo que ocurría. Intentó en vano fingir una sonrisa y fue allá sin ningún deseo de averiguar de quien se trataba. Adivinó que su esposo le seguía los pasos pero eso casi no tenía trascendencia.
 La mujer aguardaba de pie. Era delgada, de gafas, llevaba un vestido suelto que no disimulaba su embarazo y una palidez que le lucía patética. No aguardó a que ella se acercara, desde la distancia y con toda la frialdad del alma le dijo: –Soy Irene, la esposa de Gabriel. ¿Sabe a quien me refiero, verdad?
 
 


                                            

General Martes, 15 de Diciembre de 2009

   

HEMISFERIO SUR, FINES DE SETIEMBRE

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El pueblo es gris, sin colores, imagen sepia adosada a un viejo mapa. El pueblo es un segundo dilatándose en la eternidad, carece de aromas y parece estático; no lo está, perezosas se deslizan nubes sombrías sobre el horizonte. Un ave oscura de paciencia extraordinaria planea contra el firmamento ceniza, allá lejos. Más acá, la forma de gallo de una veleta quejumbrosa y negra apenas se atreve a ladearse sobre un techo.

El pueblo es silencioso, vacío de emociones, sordo e indiferente. A no ser ajados recuerdos ninguna otra cosa debería verse en semejante sitio, acaso... lágrimas. Casas de madera despintada atiborran de vejez un puñado de calles heridas por rasguños de pasto seco. Así está y así ha permanecido el caserío durante largos meses. De visitarlo buscando gloria la adversidad tendría piedad de su apatía.

Un gran automóvil resbala silencioso hasta caer prisionero de la mustia densidad, y se detiene. Detrás de la ventana de la primer casa se ha movido levemente una cortina. Abajo, en el porche, permanece inmóvil ante la puerta un perro negro.

La serenidad se agita, del vehículo desciende una figura femenina que ilumina la imagen. Su presencia aportando calidez no concierta con la escena. Una pizca de color velado la cubre aislándola del resto, es un suspiro luminoso en un bastidor ceniza.

Al tomar su bolso quizás haya mirado un instante la ventana, es difícil saberlo pues de inmediato camina sin apuro hacia la casa. Cae una hoja del árbol de la acera y al rozar a la mujer implora un destello, antes de adherirse a la tierra húmeda deja fulgurando dorados recuerdos. Su ausencia en la rama evidencia el desperezo de un minúsculo retoño casi transparente.

Primero con cierto recelo, luego con ánimo, el perro se desplaza hacia la mujer. Ella acaricia su cabeza y la amarrona. El pelo del animal adquiere el brillo necesario para disimular su languidez mientras su cola abanica entusiasmo. Entonces los jadeos del perro y su refunfuño amistoso derrocan al silencio.

Son dos figuras sutilmente coloridas contrastando con el resto de la calle. El hombre de la ventana percibe aromas perdidos, vestigios ahítos de azahar y de hembra. Sus ojos siguen el trayecto de la mujer, observa aquellas manos que al asir el picaporte colorean la puerta... Suspira cuando ella se esfuma en el interior.

Volviendo a la realidad de su habitación el hombre siente que todo se enciende de colores, nuevos si no estaban, viejos si no se percibían. Recobran aire sus pulmones y el vacío de sus manos se atiborra de esperanzas tibias, blandas, dulces.

Finalmente después de mucho tiempo el pueblo recobrará belleza, la existencia sentido... y el hombre escribirá nuevos poemas.



                                            

General Domingo, 18 de Octubre de 2009

   

Plegaria para el perro eléctrico

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El hombre no se llama Caballo: le dicen. Aceptando la certeza con que el ingenio popular suele distribuir apodos podemos prescindir de la elaboración de su retrato, cualquiera que comparta media hora de su compañía aceptaría el acierto de tal apelativo.

 

Antes de que saliera galopando tras un puesto más conveniente en otra dependencia, a media jornada compartíamos la mesa del almuerzo, cuidándonos en tales ocasiones de no ser víctimas de su torpeza a la vez que disfrutábamos de sus constantes desatinos, alguno de ellos enancados a la narración de sus experiencias cotidianas.

 

Así nos enteramos del vía crucis del legendario perro eléctrico, que si bien ha de haber ostentado un nombre canino, al igual que su amo sus peripecias lo catalogaron y pasó a la historia con tan llamativo título.

 

Todo comenzó cuando Caballo recibió de obsequio un cachorro, grande y variopinto, garantizado como de buena raza y con grandes virtudes de guardián y compañero.

 

Orondo y de buen humor Caballo llegó a su casa con aquel animal juguetón tan inquieto que parecía hecho a su medida, y tan atrevido y distraído como para orinar la alfombra de la sala cual señal inmediata de sentirse a sus anchas.

 

De allí tomó Caballo la primera lección que recibiría de su perro, decidiendo de inmediato que el animal permanecería afuera. Así que tironeó de la cadena dándole una buena demostración de dominio y lo arrastró hacia el patio sin saber aun dónde habría de ubicarlo.

 

En uno de los lados de la casa, contra la pared, halló el borde de un tubo de hierro que asomaba unos centímetros de las baldosas y de cuyo centro surgía un alambre de bronce que ingresaba al interior de la casa por un pequeño orificio.

 

Como el tubo estaba firme le pareció conveniente ajustar de momento a ese lugar la cadena, con intenciones de darse tiempo para buscar el entorno más adecuado al bienestar de su nueva mascota.

 

Al otro día y muy satisfecho de su bondad humana arrimó al animal una casilla, ya dispuesto a dar lo transitorio por definitivo.

 

El primer síntoma de que algo andaba mal con el gran cachorro lo percibió una mañana, mientras tomaba mate debajo de la anacahuita y revisaba la lista de pedidos... ¡Ah! Olvidé comentar que Caballo complementa sus ingresos vendiendo productos de granja a quienes somos sus compañeros de trabajo. Esta informal empresa de Caballo no tiene nombre legal y pese a ser conocida con el apelativo “Alimentos pollos verdes” tiene buen suceso.

 

Y allí, casi de reojo, advirtió que el perro corcoveaba como matungo cerril, practicando movimientos epilépticos intermitentes. Caballo puso más atención pero de inmediato el dogo quedó inmóvil, entre estupefacto y asustado. Nuestro amigo fue por unas galletas y volvió con media docena de panchos con meses de vencimiento para ofrecérselos junto a unas pocas caricias y palabras de afecto. Pero al perro le vino más en cuenta refugiarse entre sus brazos mientras rociaba aquí y allá con pequeñas evidencias de incontinencia urinaria.

 

Le resultaba difícil a Caballo hacerse amigo de animal tan extraño. Nunca había tenido perro, pero tampoco recibió jamás noticia de que los canes manifestaran tan extraño comportamiento.

 

Por la tarde sintió que uno de sus hijos le gritaba: -¡Papá, mirá lo que hace el perro! –Sin embargo cuando lo observó no notó en él nada raro, apenas tuvo la sensación de que parecía un poco triste.

 

-¿Qué hacía?

 

-No sé, como si tuviera hormigas y se las estuviera sacudiendo con desesperación.

 

Nuevamente Caballo se le acercó y le habló de hombre a perro, lo acarició con afecto y esta vez el ingrato le gruñó y hasta le mostró los dientes. Por las dudas Caballo alejó sus manos a prudente distancia y permaneció en cuclillas, meditando, hasta que recordó que debía anotar el kilo de queso magro que le entregó a René, la gorda de Ventas para la merienda.

 

Es probable que instancias semejantes se dieran en alguna otra oportunidad, Caballo no entendió necesario ampliar sobre el punto ni quienes escuchábamos atentos lo inquirimos. Al parecer el triste desenlace se dio al caer la calurosa tarde en que Caballo, descalzo y en bermudas, regaba las hortensias. El perro no sólo dio un triple salto mortal sino que gimió como un alma llevada de los pelos al infierno.

 

Ese era el límite para Caballo, debía solucionar el asunto a como diera lugar. Luego de largar la manguera y cerrar la llave del agua, con total decisión y urgencia se acercó a su bestia desquiciada que aun daba saltos en el aire. Sin el mínimo despunte de miedo lo aferró de inmediato al mejor estilo Mazurkiewicz... ¡Ay mamita! El golpe de corriente que recibió Caballo causó tal revolución en sus neuronas que comprendió varias cosas a la vez:

 

1°- El extraño comportamiento del perro se debía a que recibía descargas eléctricas.

 

2°- Eso ocurría pues la cadena estaba aferrada a la jabalina del cable a tierra de su casa.

 

3°- Anteriormente no recibió descargas al acariciar al perro por llevar calzado deportivo, aislante, y esta vez sí pues se hallaba descalzo.

 

4°- Debía liberarlo de inmediato y buscarle nueva ubicación.

 

5°- Quizás debiera calzarse antes de hacer nada.

 

Caballo quedó exhausto luego de razonar tan portentosos descubrimientos, pero igual se las ingenió para cumplir las etapas precautorias y volver junto al perro tolerando todo el volumen de culpa que su conciencia pudo cargar.

 

Liberó a su mascota suplicando avergonzado una dispensa que no fue aceptada. Una vez libre el perro salió disparado a gran velocidad y saltó el muro, cruzó la acera y corrió, corrió y corrió hasta perderse de vista calle abajo.

 

Caballo jamás volvió a tener noticias de su perro. Enterado por quien escribe que su anécdota sería divulgada, Caballo me solicitó encarecidamente que le permitiera hacer uso de la amplia difusión que daría a su historia agregando en ella esta súplica:

 

"Perro eléctrico, donde quieras que estés, perdonános, te extrañamos mucho. Volvé a casa"

 



                                            

General Sabado, 14 de Febrero de 2009

   

DOS BLOGS UNA CAMISA

Puntuación:

Todo pasa por algo - el blog de Cris - 12-2-2009 - 11,35 PM

 

 

 

Cuando lo conocí llevaba esa misma camisa gastada. Durante estos tres años estrenó varias hermosas camisas, pero hoy, justo hoy, se vino cos esa vieja camisa gastada.

 

Tal vez intuyó qué hablaríamos y por algo... quizás como símbolo de un círculo que se cierra, se apareció con esa misma camisa gastada.

 

Y no lo pude decir. Porque era el mismo sujeto inofensivo y libre que conocí hace tres años detrás de esa camisa, quizás no tan gastada entonces, pero la misma.

 

Volví a verlo triunfador, acaso feliz y ansioso de verme, y sentí lo mismo que aquél día, esa sensación extraña que me acerca a él, que me jala y me ata a su presencia con lazos invisibles pero fuertes.

 

Tras el beso de saludo y un par de frases triviales me extrañó, de tan sorpresiva, su sugerencia de bajar a la rambla y comprar unos churros. Un nudo en mi garganta habría frenado mis palabras si aun hubiera intentado decirlas. Recordé los momentos siguientes de aquél día y me pareció una pena no repetirlos.

 

Temí arrepentirme al día siguiente de no haber sido fuerte. De no haber podido explicarle con calma que ya no era el mismo, aquél de mis pies en el aire y el galope en mi pecho... Pero ya no quise decir lo que llevaba en mente y como tantas otras veces preferí arrepentirme mañana.

 

No sé qué pasaba en el mundo. En el mío volvía la felicidad y palpé la fortuna de que estuviera allí, con su adorable cara de tonto y su camisa gastada. De que tomara mi mano como el primer día y un ramalazo de su corriente me subiera por el brazo alejando mis pies del suelo.

 

Hice entonces lo mismo, recosté mi cabeza sobre su camisa gastada y nos fuimos flotando.

 

 

 

 

 

Con la soga al cuello - el blog de Armando - 13-2-2009 - 10,05 AM

 

 

 

Las cosas venían mal desde hacía algún tiempo. Mis problemas en el trabajo y no poder concretar mis ilusiones me llevaban a ella con tristeza. Necesitaba tanto su refugio, su afecto, sus ojos de antes... que dejé de dar.

 

Lo sabía pero no podía fingir, pues los problemas se metían en medio de nuestras citas aunque no se los comentara, gritando en mi mente apartándome de esos momentos que me son como el aire.

 

Ayer cuando sugirió vernos para hablar "de algo" imaginé que diría alguna frase como: "darnos un tiempo", o lisa y llanamente que ya no quería salir conmigo.

 

Esperaba algo así pues sólo eso me faltaba para que a mi mundo lo tragara un agujero negro.

 

Pensé en ponerme radiante y estrenar un pantalón, un perfume, una camisa, ir al peluquero, llevarle una mascota... algo que pudiera hacerla abandonar esa idea si acaso la traía. Pero sentí que de todos modos nada cambiaría y aun peor, con especial atuendo me sentiría tan ridículo como el mono del organillero y su traje militar.

 

Contra el rincón del placard vi la camisa caqui, una que debí haber tirado hace rato. Recordé que me sentía muy cómodo al usarla, me caía justo al talle, como si fuese una segunda piel... y la vi tan desgraciada como yo me sentía.

 

Así que me la puse, si iba a escuchar su adiós al menos me volvería con camisa al tono y finalmente la tiraría, como para sacarme de encima el recuerdo de Cris.

 

Pero no, si bien al comienzo estaba con el humor de las últimas salidas luego la noté más distendida. Me pareció gracioso ofrecerle emular nuestro primer encuentro, paso a paso... Y ella demostró que recordaba el camino y teníamos cosas en común de gran relevancia.

 

Hacía tiempo que no estábamos así, como antes, y comprendí que todavía puedo conseguir que permanezca a mi lado, pues mi verdadero problema sería perderla, lo demás que se arregle o estalle como mejor le venga al destino.

 

Llegué dichoso a casa, pero tan cansado del mejor sexo de los últimos tiempos que me acosté a dormir semi vestido. Entonces fue como si pasara toda la noche con ella, pues luego de la ducha se paseó en torno a mí con la vieja camisa caqui, la que como al descuido se trajo su perfume.

 

¡Ahora jamás podré descartarla!

 



                                            

General Viernes, 30 de Enero de 2009

   

Si no es pedir demasiado...

Puntuación:

Aunque tiempo hace que no posteo en este blog he continuado siendo integrante de esta comunidad, en la cual todos amamos las letras y de alguna forma deseamos darlas a conocer, no por suponerlas especiales o meritorias sino por haber puesto en ellas todo nuestro esfuerzo.
Me he apuntado al concurso internacional Talent Seekers y me gustaría pediros vuestro apoyo. Quien estè dispuesto a ayudarme  sólo tiene que emitir un voto desde el siguiente enlace:
Antes de admitir el voto se solicita el registro, aportando nombre de usuario y dirección de correo. De inmediato recibirán un email para verificar que efectivamente la cuenta de correo es autèntica. Esto lo hacen para evitar el fraude en las votaciones. Si no lo has recibido en unos minutos, comprueba por favor en tu carpeta de correo no deseado.
TALENT SEEKERS está confeccionando un jurado internacional de profesionales de todos los sectores creativos, principalmente empresas destacadas del sector (discográficas, editoriales, revistas, galerías de arte, etc.). Sin embargo, dicho jurado sólo evaluará a los 100 autores/artistas que el público hubiera elegido a lo largo del 2009 en cada una de las 10 categorías de las que consta el concurso. De ahí la importancia de tu voto. La evaluación del jurado no tendrá lugar hasta enero de 2010 y los ganadores obtendrán una campaña publicitaria a nivel mundial, además de otros premios aportados por diversos patrocinadores. También se sortearán premios entre todos los usuarios de Talent Seekers que hubieran participado en las votaciones.
Gracias por tu apoyo. Por favor reenvía este email a tus amistades.
Un saludo.
Félix Acosta Fitipaldi


                                            

General Lunes, 28 de Julio de 2008

   

Hola, adiós.

Puntuación:

He ingresado, apenas, para dar un breve vistazo y dejar mi mensaje despedida.

Así como una tormenta de verano ha sido mi paso por Búho, con algo de buen tiempo, truenos, relámpagos, y de vez en cuando una garúa fina que hasta se podía disfrutar... supongo.

Luego de pasar por otra plataforma de blogs, demasiado fría y solitaria, me he radicado al fin en fullblogs, donde he subido casi todos los trastos que ya conocéis.

Como recién hoy me he puesto al día con la mudanza decidí dar el aviso, por si alguno desea visitarme en este nuevo domicilio: http://contando.fullblog.com.ar/

Dejo un abrazo para quienes se han tomado con seriedad, cariño y respeto el hacer literario, de seguro cada vez que ande por este barrio buscaré vuestras ventanas.

Saludos para todos.

Por ahí nos vemos.

 



                                            

General Miercoles, 2 de Julio de 2008

   

Senectud acelerada

Puntuación:

Accésit al VII Premio Internacional Julio Cortazar de Relato Breve 2004 Convocado por la Universidad de La Laguna – Tenerife - España

Senectud acelerada

Según los acontecimientos de los últimos días, por cierto ha de existir algo llamado "senectud acelerada". Años atrás no habría dudado en atribuir tal padecimiento a mi tío Néstor, creador del término que identifica el síntoma; hoy, francamente, no sé que decir...

Sucedía con frecuencia que cuando en las calmas tardes intentaba leer terminaba distrayéndome con sus andanzas de viejo atolondrado.

Era cosa común que de pronto, mientras cepillaba su dentadura postiza, recordara que había dejado su bendita gorra colgada del naranjo y fuera por ella abandonando allí aquellos dientes, desolados bajo el agua del grifo abierto. Que yendo hacia el naranjo sintiera el coche de mi hermano Javier y se volteara presuroso por ver si traía su pedido. Que entonces se le cruzara el perro y decidiera, así de improviso, darle un baño... Para de inmediato preguntar a voz en cuello si estaba listo el almuerzo y ahí sí, avergonzarse al no sentir la dentadura.

Ha ocurrido que le escuchemos decir que dormirá una siesta apenas culminado el desayuno y verlo salir puertas afuera suponiendo que llegará tarde al trabajo, siendo que está jubilado desde hace quince años. Tal cosa no nos importaba, pues en la esquina se volvería por dinero. Al regresar comentaría que la panadería estaba cerrada; o que él había sentido el timbre pero nadie llamaba a la puerta, para terminar diciendo que ha de haber sido algún niño aburrido con animo de bromear.

A veces, cuando me decía: –¡Che tibio, vení! –lo observaba siempre con la misma cara, pues sabía que cuando me acercara, me diría que en su juventud tuvo un amigo idéntico a mí al que le decían "El tibio", y contaría un par de anécdotas del sujeto, al parecer no demasiado listo. Eso era lo único que me fastidiaba de él, que me comparara con el tibio de su pandilla, de once años, mientras yo pisaba los treinta.

Se le había dado por usar el bastón que fue de mi padre y que además de ser del suyo y de su abuelo, afirmaba que algún día sería mío como si debiera aguardar con anhelo tal eventualidad.

Desde que comenzó a usarlo adquirió la costumbre de abrir con él las puertas, apartar al perro de su camino y arrimar al naranjo la gorra, demostrando una rara habilidad para tal cometido. También se rascaba la espalda con él, rasgando su camisa; o golpeteaba sus pies o el piso mediante el bastón, con monotonía exasperante.

A la sombra del naranjo con gorra armaba algún tabaco de cuando en cuando. A él nada de cigarrillos, pues muy bien había oído por televisión que dañan la salud.

Mi tío Néstor era un caso y todos lo considerábamos así en la familia. Constantemente lo mandábamos a bañar. Y no es que oliera mal, sino que debíamos asegurarnos que una vez cerrada la puerta del baño no olvidara entrar a la ducha. Es posible que nuestra actitud provocara que algunos días se bañara más de una vez.

–Ese perro taimado pelea con mi gato –se quejaba con frecuencia. Tal gato era en realidad el perteneciente a su difunta esposa y al que maldecía en cada reunión familiar como si el animal aún existiera.

De la banderola se acordaba bien, pues cada vez que narraba el episodio de la banderola, abierta para permitir la salida del gato, la pintaba al detalle. También que por allí había ingresado quien abrió la puerta a los ladrones que –ya los voy a agarrar a esos...  –y el bastón se elevaba amenazante sobre nuestras cabezas.

Cuando veíamos televisión, aunque estuviera fuerte el volumen, preguntaba: –¿qué dijo? –Si no le interesaba lo que veíamos nos hablaba, pero pronto aprendimos a no prestarle atención. Se aburría y nos avisaba: –voy al cuarto –pero salía al balcón con torpeza, el paso aminorado por el bastón.

Me gustaba hablar con él cuando bebíamos vino. Daba la sensación que la lucidez lo encandilaba. Se volvía coherente, ameno, y hasta relataba anécdotas jamás evocadas. Si estábamos solos se ponía picante. Intentaba dialogar preguntándole al "tibio" como va el asunto de los amores: –¿A quién le estás arrimando la pierna? –preguntaba como al descuido, y cuando me disponía a evadir la respuesta, él se despachaba con lo suyo.

Había sido bandido. No creo que inventara semejantes historias aunque quisiera, me inclino a suponer que hacía un racconto de cuantos romances llevaba oídos, aderezados con colores emanadas de sus largos soliloquios junto al naranjo.

Si éramos muchos los presentes ensayaba temas profundos, ora místicos, ora filosóficos; terminando siempre en el fútbol y la final del cincuenta.

Tanta era su lucidez cuando bebía que jamás excedía cierto límite, manteniéndose luego todo el tiempo que fuera escuchado sin beber una gota.

Siempre andaba mal con las fechas; que hoy lunes siendo sábado o que haría tal cosa a las cinco cuando en la TV comenzaba el informativo de las siete. Ni hablar de sí era treinta, o de qué mes se trataba.

Me daba por suponer que lo hacía adrede, como si la muerte le fijara citas que él simulaba dejar olvidadas. Mucho pensaba en eso y tanto me lo había creído, que no se lo decía tan sólo para que la muerte no se enterara de su jugarreta.

Los últimos días se le había dado por decir que él no pensaba morirse. –¡Qué necesidad! –exclamaba alguno de nosotros. A lo que él respondía de inmediato y pleno de convencimiento: –Van a venir a buscarme unos amigos y me iré con ellos...

¿Quién iba a imaginar qué cosa pensaba? Siempre quedará la duda, pues durante más de cinco años nunca faltó quien comentara algo como: ¡Las cosas que tenemos para contarle al tío!

Él se fue. Desapareció de un día para otro. Nadie recuerda si cenó esa noche o si desayunó por la mañana. La que reparó en su ausencia fue mi hermana Joanna,  luego de traer a los niños de la escuela y cocinar.

Nos llamó uno por uno, al trabajo o donde sea que estuviésemos: –¡El tío no está! –decía. –No te preocupes, andará en la vuelta –decíamos.Por la noche hicimos la denuncia y zozobramos del modo que suele hacerlo una familia en situaciones semejantes. Evaluamos miles de conjeturas y agotamos todas las posibilidades a nuestro alcance en vano, no volvimos a saber de él.

En tanto, y debido a su estado nervioso y ocho meses de gestación, Joanna dio a luz su tercer hijo, Emilio, aguardado para el mes siguiente.

Y pasó el tiempo, cinco años para ser exactos.

A veces nos deteníamos en su cuarto vacío, que Antonia se encargaba de airear una vez por semana desde los días inmediatos a su desaparición, y que no seguros de su muerte manteníamos desocupado como si fuese posible que volviera alguna vez.

En el lapso Emilio fue creciendo, y una noche Joanna planteó que el niño ya estaba grande para dormir en la misma habitación de sus hermanas mayores; opinó que tal vez podría mudarse al cuarto del tío.

Ninguno de nosotros puso objeciones, pues si bien la casa es grande la familia mucho ha crecido y era ilógico mantener piezas desocupadas.

Se decidió entonces que se acondicionaría la habitación para Emilio, que ajeno a tales consideraciones pasaba los días inmerso en sus ocupaciones de niño.

Sin embargo, cuando le llegó la noticia exclamó sumamente excitado: –¡Si tío Néstor está de acuerdo yo encantado!

Nos quedamos con la boca abierta y alguno de los más devotos se persignó con suma presteza. Mi hermano mayor, poseedor de gran sentido común, diría más tarde que Emilio había crecido en medio de nuestros relatos sobre el tío, y haciendo alarde de su inocencia había deslizado un comentario incongruente, siendo que no lo había conocido.

¡Fue la  última vez que mi hermano pudo hacer buen uso de su sentido común! El tío apareció al otro día.

Joanna salía a dar de comer al perro y lo vio allí, debajo del naranjo y tan distraído como siempre había sido. A ella le temblaron las piernas y dejó caer la fuente con los restos de comida. Se quedó estática, como si estuviera ante un delirio de su imaginación.

Emilio sintió el ruido de la fuente al caer y salió al patio. –¿Qué pasa mamá? –dijo con preocupación. Ella pasó una mano sobre sus hombros y le preguntó: –¿Qué ves allá, debajo del naranjo?

–¿Cerca de tío Néstor? –preguntó él a su vez como si no hubiera nada extraño.

No tardamos en estar todos rodeando al misterioso reaparecido, algunos preguntándole dónde había estado, otros enojados por haberse ido sin avisar nada, los demás en silencio.

Él nos miraba uno a uno como si le hablaran en chino, tan asombrado como nosotros. –¿Qué pasa? –dijo –¿Rompí algo? Recién sentí un ruido como que algo se rompía pero no fui yo.

Cuanto hicimos para que nos quitara las dudas fue infructuoso; una y otra vez repetía que siempre había estado con nosotros, y el último viaje que recordaba era su luna de miel a Florianópolis.

De más está decir que no aceptó haber faltado un solo día, mucho menos cinco años, y todavía se jactaba diciendo que estábamos envejeciendo más rápido que él. Entonces fue cuando nos acusó de padecer "senectud acelerada".

Nuestro hermano mayor se había mantenido expectante y en silencio durante nuestros cambios de pareceres. Al cabo llamó a Emilio y le ordenó: –¡Andá a la sala y traé las fotografías de tus cumpleaños!

Los demás sonreímos al suponer que lo habíamos atrapado, descontábamos que el tío no podría justificar su ausencia en los registros gráficos de semejantes festejos.  Observé el rostro de mi hermano, ufano y satisfecho, y le dije con sorna: –Creo que te debo el privilegio de ser justo heredero del bastón del tío...

Al ver las fotos, literalmente, se nos cayeron las quijadas, testigos de la peor de las contradicciones: el tío aparecía en gran parte de ellas, siempre como abstraído, con el aire de disimulo que lo invade luego de alguna de sus torpezas.

Alguien inquirió que su figura no lucía tan nítida como las otras, mientras sus ojos iban de las fotos al semblante flemático y candoroso del tío, como si dudara de una identificación obvia a todas luces.

–¿Me quieren volver loco? –dijo el tío de pronto, en un raro estallido de furia que no tardó en disolverse de sus facciones, del mismo modo que nos tenía acostumbrados... ¿Cinco años atrás?

–¿Quién es este de la foto, Emilio? –preguntó Joanna a su hijo. –Tío Néstor... ¿Quién va a ser? –Y el sentido común de mi hermano se fue al diablo.

–Las posibilidades no son muchas –diría más tarde especulando con las alternativas. –O es un fantasma o todos nosotros estamos para internar.

No sé. Observo al tío tras algún indicio que me permita vislumbrar si nos ha jugado una broma pesada, o definir si es en realidad un fantasma encarnado para enloquecernos.

No puedo aceptar esa historia de la senectud acelerada y que todos estemos tan desorientados. A veces me digo que sí, pues me ha sucedido de ir por algo y a mitad de camino no recordar de qué cosa se trataba, dónde debía hallarla y para qué la necesitaba. También estar seguro de haber armado la cama, por ejemplo, y al volver a mi pieza encontrarla deshecha; hay días que tengo la sensación de haberla ordenado varias veces.

Joanna también pasó por situaciones parecidas, como haber inventado la paella azucarada al confundir los recipientes.

Mi hermano insiste con que él va a dar con la verdad sea como sea; pero ya se ha quedado varias veces en mitad de la carretera con el coche sin nafta, así que tras la verdad no llegará muy lejos.

Al tío es al único al que se le siguen aceptando las distracciones acostumbradas, y nadie hay tan calmo y animado en la casa como él. Los demás no nos podemos permitir tantos desatinos, y andamos intranquilos y nerviosos procurando evitarlos.

Además nos preocupa que en un par de días el tío comparta su habitación con Emilio: desde el momento en que se lo propusimos el niño no hace más que exigir su traslado. Ambos tienen miradas con brillos de astucia y a veces al verlos observo a dos niños, otras a dos ancianos.

En lo personal, encuentro entre ellos un aire de complicidad que me pone la  piel de gallina; sobre todo cuando no encuentro algo que sé exactamente donde lo he dejado, y pienso que ese dúo nos está haciendo pérfidas jugarretas. 

 

Félix Acosta Fitipaldi © 2004

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General Lunes, 30 de Junio de 2008

   

Nenete

Puntuación:

Agradezco los mensajes y comentarios enviados por “Apostolado”, mi anterior relato en este blog. Teniendo en cuenta que os ha gustado –por cierto y como me lo habeis dicho, a pesar de su extención– decidí subir hoy otro de los relatos que contiene “Crímenes perfectos”, por supuesto, más breve.

 

NENETE

 

Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Sus ojos inmensos iban del cuerpo del hombre en el suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo de Nenete y luego al arma que descansaba sobre el linóleo.

Pero esa mañana era el fin, no el comienzo. Tal vez el origen, indefinido y neutro de esa escena, se vino substanciando lentamente y desde tiempo atrás, cuando ellos preludiaron la poquedad de su cariño.

Por la misma época Nenete había comenzado a notar que los dedos de su mano derecha, que alguna vez sólo tuvieron movimientos reflejos, ahora parecían obedecerlo. Como lo mismo sucedía con su ojo, también derecho, se le ocurrió que quizás podría llegar a comunicarse; un guiño por sí, dos por no. "No es conveniente Nenete... Vendría el médico más seguido, instructores, gente extraña que lo atosigaría constantemente. No Nenete. No podrías demostrar tu fastidio con una mano y un ojo."

Pero Nenete podría sentir, eso si... No esa angustia que ahoga cuando ellos pelean, sentir aquello que ocurre en las yemas de los dedos...

Así que comenzó a ejercitarse cuando estaba solo. Al comienzo oprimiendo el botón de encendido de la silla de ruedas: avanzar, retroceder, girar. Acudir hasta la mesa del control remoto y cambiar de canal, volver y ver el rostro de sorpresa de ella regresando del baño o la cocina.

Cuando no lo veían movía una y otra vez los dedos y luego apoyaba la mano y se afirmaba intentando levantar el brazo. Tiempo después podía hacer que su mente levantara el brazo por si misma y lograr que en su extremo los dedos bailaran. "Lo liso. Lo espeso. Lo suave. Lo rugoso. Lo frío. La pana del sofá. El voile de la cortina... ¡Siente Nenete! ¿Cómo se sentirá acariciar su cabello?"

Un par de meses atrás Nenete notó cierto nerviosismo en ella por primera vez. Parecía pendiente de los sonidos que se generaban más allá de la ventana y sus movimientos carecían de la serenidad habitual.

Cuando vino a realizarle el aseo, después que él se fue, lo hizo con la misma ternura de siempre pero en silencio, atenta a cada pequeño ruido de la calle.

Nenete ahora percibía el pasaje húmedo de la esponja y el frotar del paño en su tez derecha. Tuvo su cabello al alcance de su mano hábil y le hubiera agradado palpar esa tersura dorada; mas temía asustarla, inquietarla al dejar en evidencia su secreto.

Todavía no sabía como haría para dar a conocer su novel aptitud y dudaba de la conveniencia. "Ella tan frágil y dulce... Él fuerte, impetuoso... pero indiferente con Nenete. No amigo. Triste." Le decía "tu hijo" cuando se refería a él y lo miraba con frialdad. "Nuestro" afirmaba ella con una resignación que era para él y no para Nenete. En esas instancias Nenete se ponía nervioso y desgranaba su "ne-ne-ne-ne", gutural y grotesco. Esto los hacía callar y encerrarse a discutir.

Esa mañana, luego de vestir su uniforme azul él había salido llevando una prisa inusual, sin terminar por completo de abotonar su chaqueta ni saludarla después de calzar su gorra.

Ella desayunó y dio a Nenete su alimento con la misma paciencia de siempre. Luego sonó el teléfono y su rostro se iluminó. Aumentó el sonido del televisor y atendió hablando en tono muy bajo. Más tarde busco el canal de dibujos animados. "Nenete no quiere dibujos. Ya no es un chico..."

A Nenete no le extrañó el sonido de un coche al detenerse ni su bocina, pero ella se puso de pié inmediatamente y tras ver por la ventana tomó su abrigo y salió. Demoró mucho, jamás lo hacia sin comentarle donde iba ni cuanto se tardaría, aunque apenas pudiera percibir en los gestos de su hijo que las palabras habían llegado a destino.

Tampoco él solía llegar tan temprano y quedarse sentado simplemente sin hacer nada. Antes, a veces, al quitarse la gorra se la ponía a Nenete y sonreía, pero ahora hacía mucho que no lo hacía; esta vez al ver que ella no estaba la tiró con furia sobre el sofá.

También se quitó el cinturón con el arma y la dejó sobre la mesa. Nenete no podía ladear la cabeza pero por el rabillo del ojo observaba aquel objeto oscuro. Sabia muy bien qué era y para qué servía. Lo había visto en las películas que ellos a veces veían con agrado cuando se olvidaban de él.

Ella demoraba mucho y él estaba impaciente ante la ventana cuando Nenete sintió el arribo de un automóvil. Vio los ojos de él que pasaron de la ventana a la puerta y allí se quedaron hasta que ella entró.

Lo primero que la mujer hizo fue mirar a Nenete y sonreírle levemente, hasta que al girar la vista vio al hombre. Su semblante cambió instantáneamente. Él se abalanzó hacia ella y comenzó a zamarrearla. Mientras le gritaba preguntas relacionadas con su ausencia la llamaba perra. La hizo caer al suelo y le aplicó un tremendo puntapié.

Nenete comenzó con su "ne-ne-ne-ne", más desesperado que nunca y obteniendo menos atención que siempre. Su mano se movía inquieta sobre la silla, que se deslizó algo mas de un metro con un silbido mecánico. Ajeno a eso el hombre continuaba pateando e insultando a la mujer, quién apenas atinaba a llorar tratando de proteger su cabeza con la debilidad de sus brazos menudos.

La torpe mano de Nenete se encontró portando el arma y como cobrando vida propia, independiente de sus ojos que miraban horrorizados a la mujer, disparó sobre el hombre. El arma saltó de su mano y le dio cerca del ojo. El dolor lo aturdió; era algo nuevo. "¡Siente Nenete!"

Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Los ojos inmensos iban del cuerpo del hombre del suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo de Nenete y luego al arma que descansaba sobre el linóleo. Estuvieron mucho tiempo así. Descubriendo, encontrando, tal vez despidiéndose.

Antes de tomar el teléfono ella se acerco llorando a Nenete y lo abrazó; deslizó suavemente su mano sobre el moretón del rostro de Nenete. Ella estaba muy cerca y así fue que Nenete pudo acariciarle el cabello.

 

Félix Acosta Fitipaldi © 1998

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General Jueves, 26 de Junio de 2008

   

"Crímenes perfectos"

Puntuación:

Hace unos días leí una noticia, no muy divulgada, que daba cuenta de la historia de un periodista asesino. Éste, tal vez llevado por la paranoia o el afán de conseguir prosperidad y fama, se esforzó para llegar a ser el mejor cronista de Macedonia.

Ningún colega suyo pudo obtener datos tan detallados de una serie de violaciones y asesinatos ocurridos en aquél lugar durante los últimos tres años. Un diario de Klcevo, ciudad de Vlado Taneski, publicó sus notas, tan exactas que incluso contenían detalles desconocidos por la policía y sólo el asesino podía conocer.

El 20 de junio fue arrestado y acusado de secuestrar, violar y asesinar a tres mujeres, siendo además sospechoso de la muerte de una cuarta mujer. Al parecer Taneski estaba obsesionado por el recuerdo de su madre muerta, con la que aparentemente tenía una relación conflictiva. Sus víctimas eran mujeres mayores que, como ella, realizaban tareas de limpieza y vivían en su mismo barrio de Kicevo.

Por tales homicidios habían sido condenados a prisión perpetua dos hombres que ahora fueron liberados.

Familiares de las víctimas dijeron que el periodista los había visitado cuando escribía sobre los crímenes. Llegaba a sus domicilios y preguntaba pormenores de la vida de sus víctimas. ¿Pretendía mantener lejos de sí las sospechas o satisfacer un insano deseo?

Nunca se sabrá pues, omitiendo otros detalles escabrosos, sólo agregaré que tres días después de ser detenido apareció muerto en su celda, con la cabeza sumergida en un balde de agua. De momento se supone que fue un suicidio.

http://www.clarin.com/diario/2008/06/23/um/m-01700467.htm

Hasta aquí la noticia, ahora viene la conexión filosa.

Lo primero que pensé luego de leer la crónica fue que si se tratase de un suicidio, con su último intento el periodista había logrado el crimen perfecto ( y la hazaña de ahogarse en un balde de agua)

Y digo crimen perfecto pues el suicidio es el único asesinato que apenas perpetrado se libra para siempre de la justicia humana, él perpetrador nunca podrá ser enjuiciado y castigado.

En cuanto a la justicia Divina el asunto es relativo, pues bien podría no existir y el asesinato es visto de forma diferente según la cultura que lo mide. Prueba de ello es que para los indios Yanomami el peor crimen es el egoísmo, no compartir, y los únicos que no entran a su paraíso son los avaros (¡Qué bárbaros estos indios! ¿No? Creen en todo lo contrario a lo expuesto en nuestras avanzadas sociedades globalizadas)

¡Ya me fui por las ramas! Lo cierto es que el tema del periodista asesino me llevó al título de uno de los libros que he subido a Bubok: "Crímenes perfectos", pues los relatos que contiene tratan de crímenes que llevan un rumbo fallido o un equívoco.

Por supuesto no son suicidios, tal recurso empleado por un escritor es en sí mismo un crimen, salvo contadas excepciones... que ya quisiera yo sea la de uno de tales relatos que sí culmina de esa forma (espero que debidamente justificada)

Mas el entorno de aquella noticia, el móvil del asesino, su calidad de escritor, el hecho de que otras personas fuesen acusadas... Me dejó de cara a otro de aquellos relatos, "Apostolado" cuya trama posee puntos de contacto con la historia del periodista macedonio. Me inclino a pensar que si el relato se leyera dentro de un año podría suponerse inspirado por este suceso.

En medio de tales meditaciones entendí oportuno hacer un comentario al respecto, mas decir lo que he dicho y dejar al lector sobre ascuas sería perverso. Por lo tanto, de subir al blog el comentario debía hacerlo también con esa narración.

Dudaba. La prosa empleada en tal relato, de algún modo debido a la personalidad del personaje, es algo abstrusa (en todas las acepciones que tal palabra podría describir), y la brevedad no es su cualidad preponderante...

Pero tal es mi estilo, esconder en recónditos meandros detalles que para la mayoría han de pasar desapercibidos y fastidiar al lector con la relectura obligada. Ese defecto/cualidad, más para mal que para bien es la marca en el orillo, la impronta del humano con pretensiones de escritor que hay detrás de Filoso. (Nunca me agradó cuando el autor sugiere leer su obra destacando lo maravillosa que es y aun asegurando que "les gustará, no se arrepentirán”, etc., etc...")

Como de dar la cara se trata he de subirlo, y para ello he dispuesto las salvedades que habrá de tener en cuenta quien le hinque el diente. Teniendo en cuenta que hoy me he extendido y se me han quejado por ello lo haré mañana. Luego de que lo lean, por primera vez desearé que no estén de acuerdo con mis puntos de vista vertidos en cuanto a ese relato.

De complemento dejo un puñado de Hayku

Por áhi nos vemos.

 

          Hasta que trajo

          su cepillo de dientes

          No vi la trampa

 

 

          Al centímetro

          le permiten sin cargos

          viajar en metro

 

 

          Algunas horas

          flotan sobre el ocio

          cual peces muertos

 

 

          No me detengo

          pues en alguna parte

          aguardan sueños

 

 

          Solo quimeras

          escurridizas, locas

          valen la pena

 

 

          El matrimonio

          a veces nos permite

          un buen divorcio

 

 

          En ti guardaré

          cabeza de alfiler

          toda mi gloria

 

 

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General Miercoles, 25 de Junio de 2008

   

Resto para una revancha

Puntuación:

A veces pienso que por mas que boguemos hacia una dirección u otra el oleaje del destino nos paseará a su antojo: en sus manos permanece el timón. La disyuntiva eterna será si ese destino está escrito o, pese a nuestros esfuerzos, lo va plasmando a su antojo el azar.

“No te será tan fácil” me ha paseado por los más disímiles sentimientos... ¿Destino, casualidad, ambos? Pero veamos cuales han sido esas peripecias creativas y existenciales que me ha brindado ese relato.

Su origen fue casualmente provocado (sí, dije bien) en una etapa de mi vida en la cual concurría a un taller literario. Habíamos analizado el género de terror, sus autores más reconocidos, las obras mayores, su valor artístico...Al finalizar, Walter Ortiz de Ayala, querido poeta uruguayo, nuestro mentor, nos sugirió que viéramos de escribir algo que entrara dentro de esa categoría.

De inmediato descarté de plano tal posibilidad. No podría escribir sobre vampiros, muertos vivientes, alienígenas, fantasmas, aberraciones reptantes ávidas de sangre fresca... o cuanta cosa sea de uso para aterrorizar. Tal cosa es semejante a plasmar en un texto la adrenalina pueril de un parque de diversiones.

El terror actual no se ajusta a esos parámetros, existen posibilidades más aterradoras y tangibles. El hambre, la desocupación, la violencia, la drogadicción... Monstruos reales que acechan aun a los poderosos, ya que cualquiera puede ser víctima de secuestro o asesinato. Cosas estas sobre las cuales mucho habría que escribir pues la gente prefiere mantenerlas lejos de su pensamiento, así lo hace y a la vista están los resultados. De momento, harina de otro costal.

De cualquier forma el aguijón estaba implantado en mi mente y comencé a buscar un término medio, el argumento que me permitiera escapar a una alucinación vampiresca. Una prosa que de contener fantasía fuese en cierto modo romántica o figurativa.

El punto de vista elegido sería el del narrador omnisciente, y en tiempo real. Todo parecía indicar que no me sería tan fácil. Se me ocurrió apelar a los riesgos cotidianos, la fatalidad, el propio azar, los accidentes...

Sabía que la emotividad tendría relación directa con la vulnerabilidad de la víctima y la imagen del niño ocupó su lugar. Algo le pasaría, o no, aun no lo determinaba. Sí tenía claro que debía mantener la tensión apelando a un peligro inminente, esa garra mugrosa y acechante que aguarda debajo de la cama y hemos mostrado al lector, y que la desprevenida durmiente desconoce.

De a poco fui terminando ese puzzle que dio por resultado el cuento que ayer puse a vuestra consideración... aunque con una diferencia: en el original moría la gata (cosa que no causó extrañeza a quienes conocían a Filoso.)

En el taller tuvo relativa aceptación y en lo personal, estaba lejos de la prosa que yo escribía entonces, más próximas a la búsqueda interna, a la esencia del ser y la naturaleza de las cosas. Por allí quedó.

Mas ese relato, pese a su pequeñez, habría de generar dos circunstancias muy diferentes y significativas en mi existencia. Si no os molesta, saldré de mí un momento para verme, siempre preferiré que aquello le ocurra a otro:

Fue de los primeros en llegar y tomó sitio en una de las mesas de “El rincón de los poetas”. No se contaba entre los concurrentes habituales pero había sido visto por allí al menos en un par de ocasiones.

Era un hombre normal, o no tanto, pues es de los que escriben y con ellos nunca se sabe.De observarlo bien podría comprenderse a sus tías viejas cuando afirman que no aparenta la edad que tiene; conociéndolo se sabría que poco le queda de cuarentón y que el tren del medio siglo le hace temblar el piso.

Lentamente bebía de una copa observando distraído el paso de las personas que ingresaban Las mesas fueron completándose y se dio inicio al encuentro literario de la semana, principiando con el escritor invitado.

El tipo de la mesa a esa altura ya había saludado a varios conocidos y se mantuvo escuchando atentamente,  otorgando al poeta los merecidos aplausos finales cuando éste hubo culminado.

Durante el intermedio pasaron inscribiendo a los interesados en leer y aunque no llevaba consigo la carpeta donde suele llevar algunos de sus escritos, revisó una agenda que portaba encontrando en ella una narración. Accedió entonces a presentarse sin comprobar el estado del trabajo.

Al continuar la velada desfilaron ante el micrófono varios escritores que fueron aproximando el momento de su turno. De haber sabido el percance que albures fatídicos lentamente fraguaban en su contra, este sujeto no habría acudido tan ufano momentos después, cuando mencionaron su nombre.

Mas él, ignorante de su futuro, incauto y sufrido ciudadano de ese siglo y lugar urgido por el vértigo y el estrés, sobrelleva sus inquietudes literarias en un medio adverso y acepta y agradece cuando se abre una rendija y halla un oído atento. Así que tomó sus lentes, las hojas con su relato, y presto se dirigió hacia la mesa de lectura.

Sedente en la misma silla que ocuparía el incauto, un destino sarcástico aguardaba para ingresar en la circunstancia de ese escritor y dejarlo, momentos más tarde, de cara al precipicio.

Esta persona, luego de saludar a los presentes, comenzó a leer un cuento. En él se daba cuenta de las peripecias de un niño, quien montado en su triciclo hacía gambetas a la muerte. La trama contenía elementos que generaban expectativa y el silencio y la atención de los presentes rodearon al hombre que leía. Éste, que de algún modo lo intuía, se empeñaba en realizar su lectura lo mejor posible.

Así que todo anduvo bien hasta que el narrador comenzó a notar que si bien recién estaba a mitad de la historia, no quedaba, debajo de la hoja que comenzaba a leer, ningún otro folio con el resto del relato.

Ante esa evidencia la noche le estalló en la cara y comenzó a rogar por un apagón, un asalto, un terremoto: lo que fuera. Pero en los alrededores no había más desgracia que la suya. ¿Qué haría ahora?

¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Superman! 

 

He vuelto, nadie más podría salvarme.

En ese mismo instante comprendí que no era cuento lo que ocurría. Siempre se tiene la convicción de que ese tipo de situaciones les acontece a otros, no a uno que es tan listo y responsable.

Tomé conciencia de que quien estaba allí sentado, desorientado ante un acertijo indescifrable que debía solucionar en cuestión de segundos, no era otro que el hijo de mi madre que no es mi hermano.

Sobrellevé el impacto de la alarma inicial pretendiendo mantener inalterable el tono de mi voz, firme, resuelta. Nadie debía saber aun lo que ocurriría dentro de algunos minutos, era imprescindible ocultar la soga que oprimía mi cuello. Eso, creo que lo hice bien; nadie notó mi zozobra tal cual pude constatar luego, cuando el viento se llevó los humos del incendio.

A medida que iba leyendo en forma casi automática los escasos párrafos de los que aun disponía sucedió algo curioso: al tiempo que mi voz esparcía con nitidez el texto del relato y el suspenso que encerraba, por ominosos pasadizos mi razón buscaba con afán una solución.

Mi pensamiento, desdoblado en dos planos, atendía la lectura y las corridas neuronales de mi desesperación al mismo tiempo. Escuchándome desarrollar el relato ordenaba a mis manos revisar las hojas que allí tenía y mis ojos huían hacia ellas, incrédulos, para volver de inmediato al texto pendiente. Además, descreía en la mágica eventualidad de que el resto del relato estuviera allá, sobre la mesa que ocupara antes, aguardándome con la picardía del crío que juega a sus mayores una broma.

“Por la mañana los padres amanecieron muy activos...”  (La otra hoja ha de estar algo pegada... -lo constataba- ¡No!)

“Marcaban el ajetreo del domingo con una ansiedad inusual.” (A ver al dorso. ¡Tampoco!)

“El aire era cálido y prometía una buena semana de playa.”  (¿Estará en la agenda?)

Mientras mi voz continuaba leyendo sobre un niño y una parca mi cerebro evaluaba la posibilidad de continuar con la narración apelando a mi confundida memoria. Improvisar un final que fue complicado de elaborar apelando al recuerdo no era una opción muy alentadora.

A punto estuve de hacerme pasar por gracioso y muy suelto de cuerpo exclamar que en el próximo encuentro terminaría el relato. En ese caso la interrupción sería ex profeso: no quedaría bonito pero al menos evitaría pasar por tonto. Los asistentes respetarían la acción sin saberla definir como excentrica o naif. Algo imposible de creer por quienes conocían a Filoso.

Sentí el pudor evidenciarse en mis facciones al ir comprendiendo que no había Cristo que me salvara de una sentida disculpa y soportar el peso del ridículo. Así me hallé consumiendo la última frase existente sin haber logrado que se estirara como chicle hasta que una ayuda providencial me salvara... y me entregué a los leones del coliseo.

Con el imprevisto corte de mi lectura levanté la vista hacia la platea, que se mantenía atenta, y mascullé unas disculpas notificando del percance a los presentes. Aquellas personas estaban muy interesadas en conocer la suerte de aquél niño que yo había ofrecido al apetito de la muerte. Escuché exclamaciones de pesar y también alguna sonrisa irónica.

Sumido en profunda desazón volví a mi mesa: chamuscado y cabizbajo. Ignoro lo ocurrido en el minuto siguiente, tal era mi estupor. Tenía la sensación de que algunos lamentarían no tener tomates o huevos podridos a mano y otros, más sensibles y comprensivos, por un momento vestirían mi piel y hasta podrían palpar la decepción que me ahogaba.Creo que hasta tuve la esperanza de que alguien surgido de las sombras exclamara: -¡Aquí están las hojas que faltan, era una guasa, te hicimos una cámara oculta tontuelo!

Pero no, no era un chiste, era una de esas instancias de la realidad que patentizan su veredicto de “inapelable”. Mientras alguien más comenzaba a leer percibí la comprensión y solidaridad sincera que muchos me brindaron. Lo cierto es que recordé un pensamiento que Víctor Hugo forjó en “El jorobado de Notre Dame”: “La picota es el fiel de la balanza que tiene un hombre en un platillo y al resto de la humanidad en el otro.” ¡Cosa sublime ser el hombre!”

¿Ah sí? Semejante placebo no habría de curarme, prefiero estar con todo el grupo... Me sentía un gusano y me costaba obedecer a esa otra voz que por dentro me gritaba: ¡Levanta la cabeza, cosas así pasan y la tierra no te tragará por más que implores! Quizás... Quizás más allá aguarde una crisálida, unas alas... No hoy, otro día, ten fe.

Por cierto, semejantes experiencias poseen para los protagonistas una magnitud desorbitada, profunda y terrible, a menos que sea desfachatado, indolente, o necio. Para el observador no es más que un tropezón ajeno, una anécdota risueña que sucedió algún día en cierto lugar.

Sin embargo, aunque parezcan extravagantes mis palabras, no tardé en aceptar que aquella fue una noche enriquecedora. Acepté que parte del entrenamiento con el cual se aprende a ganar consta de un capítulo insoslayable que nos enseña a soportar derrotas. Aprendí que tengo más capacidad de tolerar el ridículo de la que mi timidez suponía y que luego de esa situación, pocas otras cosas podrían preocuparme al presentarme ante un auditorio.

Impuse también a mi conciencia la necesidad de ser más cauto y evitar ciertas distracciones, impropias de tener a esa edad aunque tal vez propias de esa edad: por respeto a los demás, a mis trabajos y a mi persona toda.

Para torcerle la mano a ese percance me convencí de lo reconfortante que sería sacarle provecho y vislumbré en él un tema a desarrollar. También recordé que la vida constantemente da revanchas y tuve la visión de aquél ave legendaria extendiendo sus alas para remontarse al cielo desde las cenizas miserables de su propia derrota. La posibilidad de volar siempre está, depende de nuestras alas y de la distancia desde la que pretendamos ver el suelo.

De ese modo, ansioso por lograr una revancha, alenté la posibilidad de tener alguna vez nuevamente la oportunidad de leer íntegramente el relato inconcluso, y entonces sí, más me valdría tener en mi poder todas las páginas.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida...

Tiempo después me comentan de cierta convocatoria para relatos bajo la premisa: “La relación humano – animal”. Aun no había escrito ningún otro relato en el que ellos participaran y si así era, la intervención de animales no era relevante... exceptuando “No te será tan fácil” y el martirio de la consabida gata.

De entregar el texto con el final primigenio tal vez las cosas hubieran sido diferentes, pero lo cambié por el actual, donde el animal sin dudas gozará los frutos de su hazaña. Y me premiaron por primera vez.

La entrega del “PREMIO ECQUS del 1er. Concurso de cuentos breves "La relación humano – animal" convocado por el movimiento ECQUS Internacional y el GRUPO ERATO con el auspicio del Diario El País – Setiembre 2001” se realizó en el Ateneo de la ciudad de Montevideo.

En el mismo acto se entregaban otros dos premios vinculados a esa convocatoria y en el lugar no cabía un alfiler. Cada uno de los premiados debió leer su trabajo, siendo la oportunidad donde lo hice ante mayor cantidad de asistentes. Una compañera de aquél círculo que no conocía mi relato aguardaba para felicitarme al bajar del estrado: -Te escuchaba y pensaba, con el corazón en la boca: este Félix es capáz de matar al niño... Recién pude respirar tranquila cuando terminaste la lectura.

 

Por áhi nos vemos.

 

 

 



                                            

General Martes, 24 de Junio de 2008

   

NO TE SERÁ TAN FÁCIL

Puntuación:

La parca ingresó buscando un escondite. Era pequeña, novicia, y venía de cosechar insectos y animales menudos. De inmediato se interesó en un niño, quien imitando el sonido de una motocicleta hacía rodar su triciclo de aquí para allá.

De pronto el niño detuvo sus carreras: algo lo había alarmado. El ámbito cotidiano, sin embargo, parecía normal. Observó a su madre en la cocina y luego, siguiendo movimientos invisibles, desvió su vista hacia el enchufe tripolar, una de esas tapas con un redondel y tres ranuras que había en todas las paredes de la casa.

Allí se había escabullido la parca sigilosa para aguardar su próxima víctima. Volvió a rodar el triciclo y cada vez que pasaba ante el enchufe el niño se sentía observado. El trifásico tenía como dos ojos y una boca; esa boca decía ¡huy!, y el conjunto semejaba un rostro asombrado y triste.

Una gata, ovillada sobre un sofá parecía dormitar. También ella observó el enchufe y al hacerlo se erizó su pelaje. Moviendo apenas la cabeza disimuló una mueca de desprecio, encogió la nariz y mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio.

En la sala el padre del niño arreglaba una lámpara vieja que pensaba llevar a la casa de la playa. En la oscuridad del enchufe los ojos de la pequeña parca brillaron un instante; luego, perseverante en intentar su desarrollo, afloró de su guarida y como brisa rozó el rostro del padre, que vio hacia la ventana. Algo incómodo el hombre se puso de pie tomando la lámpara, cerró la ventana y salió hacia el coche dejando olvidados sobre una mesita restos de un rollo de cable.

El niño no veía a la parca revoloteando pero miraba hacia allí, hacia ella y el cable. Volvió a pedalear pasando vertiginoso junto a la mesa sin dejar de observar el cable. La parca dio una vuelta por la cocina, inquietando a la madre que por un momento perdió noción de lo que hacía, después volvió al enchufe.

La gata saltó al piso y corrió a la cocina, a detenerse con el lomo arqueado entre las piernas de la madre. La mujer se importunó sin motivo y caminó unos pasos tratando de ubicar al niño.–¿Tienes hambre? –preguntó– Ya vamos a cenar... ¡Y a dormir temprano que mañana nos vamos a la playa! ¿Te parece bien? –dijo, al tiempo que deslizaba su mano sobre la cabellera de su hijo.

El niño afirmó con la cabeza, librándose con el movimiento de la caricia materna. De inmediato, desviando su mirada hacia el trifásico aceleró su vehículo hacia él, por el corredor, rumbo a su cuarto. –¡Brrrum, brrrum, brrrum! –rugía su poderosa motocicleta.

Sabido es que la parca no duerme y esa noche, laboriosa y ufana, se llevó un ratón suculento y varios insectos que encontró por la casa. Todavía no era muy fuerte y evitó el deseo de detener el corazón del hombre exigido por el amor; no quería anotarse un fiasco, pues nada hay que fastidie tanto a la parca como el fracaso. Como ella descendía de grandes parcas bélicas prefería aguardar y crecer sobre seguro: tenía un prestigio ancestral que defender. Así que se mantuvo en el trifásico, acechando la presa elegida con toda la paciencia de la muerte.

La gata anduvo en la noche en sus quehaceres de gata y colaboró sin saberlo con la parca engullendo al ratón. Cerca del amanecer entró a la casa por la banderola del baño y se detuvo a observar al niño dormido. Desde el enchufe la parca la apremiaba con su murmullo: –¡Vamos, súbete a la cama y bébete su aliento!Los ojos de la gata refulgieron en la penumbra cuando saltó sobre la cama.

Aunque en el jardín la brisa sacudió las flores del cantero las cortinas de la habitación del niño tremolaron sin aire. En las paredes del cuarto las sombras del hibisco comenzaban a insinuarse como oscuros y esqueléticos dedos.

–¡Vamos, bébete su aliento! –insistía la parca. La gata miró hacia el corredor en dirección al enchufe, y emitiendo un sonido de arrogancia semejante a un silbido de efes, se arremolinó a los pies del niño.Antes de quedar dormida portaba un aire de satisfacción que parecía expresar: –No te será tan fácil. Y de ese modo lo interpretó la disgustada parca, manifestándolo en la soledad del enchufe con un berrinche propio de su edad que provocó un leve refulgir eléctrico.

Por la mañana los padres amanecieron muy activos. Marcaban el ajetreo del domingo con una ansiedad inusual. El aire era cálido y prometía una buena semana de playa. La madre levantó al niño y esta vez no se molestó al ver a la gata dormida a sus pies: tenía cosas más importantes que hacer.

El padre sacó el auto y comenzó a cargar los bultos. Al mismo tiempo la madre preparaba la bolsa de mano con alguna merienda para el camino. El padre preguntó al niño si llevaba el triciclo y el niño asintió. Mientras el padre marchaba con el juguete hacia el coche el niño anduvo por allí sin saber qué hacer hasta que vio el cable.

–¡Tómalo! –murmuraba la parca desde el enchufe –¡Tómalo, tómalo! Y tráelo aquí. –Un rayo de sol iluminó los extremos metálicos del cable y un tordo graznó antes de huir desde el alféizar de la ventana.

Muy comedido el niño se dirigió con el cable entre sus manos hacia el enchufe, mirándole los ojos. Le molestaban esos ojos. ¿Qué tenían detrás? ¿De qué forma misteriosa e invisible fluye la electricidad? Esa cosa que llaman corriente... ¿Moja como el agua corriente?

–¡Bien! –exclamó la parca. –¡Buen chico! Ahora pon los extremos en mis ojos... Eso te gustaría ¿no?.El niño se sentó en el suelo y con no poco esfuerzo pudo introducir ambos extremos del cable en los orificios.

–¡Qué inteligente! –sonreía la parca desde la boca del rostro del enchufe. –¡Ahora toma la otra punta del cable y terminamos! ¡Allá, el otro extremo!

Desde fuera llegó el sonido que cerraba el baúl del coche y la voz del padre diciendo:–¿Todo listo? –Y la voz de la madre contestando: –Casi.

–Casi. –decía la parca frotando sus crecientes manos huesudas. En tanto el niño se erguía e iniciaba su andar hacia el otro extremo del cable que serpenteaba sobre el monolítico.

Entonces el vertiginoso salto de la gata sobre las puntas libres del cable sorprendió al niño, quien cayó sentado. Se mantuvo inmóvil, aturdido por la impresión que le produjo ver al felino electrocutarse.

Segundos después el chico permanecía distante de la acción, sollozando bajo el consuelo de su apenada madre. El padre en tanto, levantando el maltrecho cuerpo del animal, se detenía un instante en dejar unas caricias sobre el pelaje chamuscado. Aun respiraba, y decidió darse prisa en llevarla a la veterinaria.

La gata, exánime en los brazos del hombre, mantenía los ojos entreabiertos dirigidos hacia el enchufe, y un doloroso aire de satisfacción que aseguraba: –No te será tan fácil.

 

Félix Acosta Fitipaldi © 2000

 

 

Todos los intentos literarios esconden una historia, un disparador, la punta de esa madeja que vamos enrollando. Algunos inicios son casuales, ínfimos, la unión de un par de indicios, una voz lejana que nos llega con la brisa, la sugerencia de un amigo, un suceso real...Luego, culminada la faena, el resultado habrá de quedarse allí, echarse a correr, o quizás hasta logre volar.El relato que he dejado aquí hoy tiene su historia, por ambas puntas... De eso hablaré mañana.

Por áhi nos vemos.

 

http://jolibud/bubok.com



                                            

General Lunes, 23 de Junio de 2008

   

Ayer lo advertí

Puntuación:

Implicados en sacrilegio

La enfermera se hallaba en una pequeña sala con una doble puerta que abierta de par en par daba a un largo corredor. En una de las paredes, donde en cualquier otra clínica se vería un cuadro con una nurse solicitando silencio, destacaba una reproducción de “El grito”, de Edvard Munch.

Tenía buena figura, estaba muy bien maquillada, era bonita... y a pesar de todo emitía esa languidez que sólo adosa la soledad. Con desgano acariciaba un gato negro mientras leía en la revista “El futuro previo” la confesión de un escritor que implicaba en sacrilegio a varios inocentes lectores de relatos.

La trajo a la realidad el crujido de la lejana puerta de ingreso al cerrarse. De inmediato, pasos apurados y firmes repercutieron hasta allí delatando una presencia no esperada. Hacia un lado de la estancia donde ella se encontraba otra persona, que también leía inmersa en su ingenuidad, ni se inmutó por el sonido de aquellos pasos. Tampoco cuando la enfermera balbuceó un par de comentarios: –Ya no siento miedo –dijo ella. –Es más, haría un homenaje a quien pudiera asustarme. ¡Qué no daría por un buen escalofrío!

Luego sonrió y viendo hacia el pasillo notó que las pisadas anteriores traían a un hombre puesto. Se acomodó los senos frustrando sus intentos de escapar del luminoso uniforme blanco que vestía y les susurró con maternal melancolía: –Os entiendo, anhelan ser amados en la oscuridad... Pobrecillos, estoy omisa con vosotros.

Resultó un misterio, pero ellos se erizaron.

Cual imperturbable fantasma de pie ante su tumba la mujer aguardó a que el visitante se acercara. Cuando aquél estuvo a su lado, sin darle la mínima oportunidad de manifestarse pero desplayando una gélida sonrisa de cordialidad le dijo: –Señor, hoy no lo podemos atender... –pareció meditar y aclaró de inmediato: –...y menos si ha perdido el Sexto sentido que le entregaron al ingresar. Comprendo que andar por aquí sin él, es como intentar ver una película en tercera dimensión sin lentes especiales y por ello debería darle uno nuevo, pero el caso es que hasta nuevo aviso no tenemos... Si no es eso, con mucho gusto lo atenderemos... otro día.

Él no pudo evitar que la desilusión lo abstrajera del deleite que había hallado en la visión de aquellas gloriosas mamas. –¡Señorita, no me diga eso! –dijo cual exhausto náufrago que al arañar la arena se ve rodeado por caníbales. –¡No! No me diga eso... –repitió, pero esta vez su frase evidenciaba molestia –Hace más de un siglo que estoy en lista de espera. Mi nombre es Valdemar. ¿No me recuerda?

–¡Sí! Ahora que lo observo mejor, es cierto, vi lo que hizo el verano pasado.

–Bueno, ¡Fíjese también ahora! ¿Qué fecha dice este pergamino?

Con desgano ella miró el grueso y ajado papiro que le mostraban y leyó: –Martes trece.

El hombre infló su torso y como preguntando una obviedad inquirió: –¿Y qué día es hoy?

–Viernes trece –dijo ella. La inflexión de su voz carecía de ironía y acompañó los dichos con un gesto de sus manos de dedos largos y delgados. Al volver a apoyar aquellas pálidas manos sobre la mesa se evidenció el contraste de sus uñas: eran asquerosamente negras.

Valdemar aceptó la posibilidad de que estuviesen pintadas, mientras, desde el fondo de la desazón causada por la respuesta recibida volvió a preguntar: –¿Y que horario se indica en el documento?

–8,30 a 9.

En el rostro del hombre un rictus de incredulidad alternó con un mohín de congoja. Ya en tono más calmo y casi con cautela agregó: –¿Y qué hora es?

–16,50.

El recién llegado dejó caer los brazos. –¡Jamás me acostumbraré a sus horarios! ¿Cuándo dejarán de usar el reloj de arena y el calendario azteca? –Señor, aquí no tenemos en cuenta el tiempo. Los objetos que lo miden prestan una función decorativa.

Entonces la desazón bañó el rostro del tal Valdemar y ella temió que el pobre hombre se largara a llorar. Antes de que eso ocurriera se apresuró a decir: –Pero supongamos que acertó... Sería igual, le está sobrando tiempo. En el espacio mental de su existencia terrena el tiempo es una gran piscina. Sería mejor que diera algún otro paseo por allí, luego volviera a zambullirse y aplazara el retorno. Si así lo prefiere se lo expreso en términos temporales: vuelva dentro de unos meses.

–¿Me manda a paseo con tal desparpajo? ¡Con gusto pondría en práctica sus deseos, pero en otra vida! ¡Aquí seré intransigente! –vociferó el hombre llamado Valdemar –Hágame el favor... ¿El Dr. Karloff(1) está? –Su acento era apremiante y autoritario; los senos de la mujer se encogieron y la luz pestañó amilanada.

Ella giró la cabeza demostrando fastidio, observó con indiferencia a la otra persona presente, que ajena por completo a la conversación leía sin intervenir. Luego, volviendo con suma calma a posar su mirada en el hombre contestó: –Karloff no está. Se retiró con ataque de pánico. ¡Al fin el doctor se salió con la suya! ¿Me dejaría usted salirme con la mía?

–¡Por Odradek(2)! Claro que sí, pero primero dígame: ¿Qué otro especialista se halla disponible?

–Los que han llegado luego de la jubilación del Dr. Frankestein: Hannibal Lecter, Freddy Krueger, Jasón... Pero ya le dije que no lo podremos atender. ¡Ni esos querubines reanimarían a nadie a esta hora! ¿No ha visto la luna llena? Tendremos luna llena todo el año. ¡Da gusto ver a estos chicos en esas noches! ¿Y puede creer que no me asustan? Según mi terapeuta se debe a que he perdido la inocencia.

La mirada de Valdemar vaciló entre la ironía y el desprecio hasta que frunciendo el ceño preguntó de mal modo: –¿Y esa persona que está allí leyendo? ¿Aguarda su sexto sentido o a que Hannibal le sirva una hamburguesa?

Como en un juego de bolos donde ninguno queda en pie se oyó un sonido semejante al de la bola vertiginosa estallando al fin en un trueno. Entre el reverbero que aun se oía se elevó la voz de la mujer: –¡Esa persona no sé! No molesta para nada. Usted también puede sentarse y leer si tiene algo que valga la pena. Aquí se aprecian mucho los manuscritos de inéditos y anónimos escritores difuntos... ¡Y si no los tiene a mí no me los pida! No presto los míos, tienen un aroma tan miserable, rancio y melancólico que más que leerlos los huelo, la transpiración inútil que los originó me fascina. ¡Lastima que no pueda intuir la decepción que esconden! De todas formas me las explicó de manera extraordinaria Jean-Baptiste Grenouille(3)...

Esta vez el hombre la miró fijo pero sus ojos habían perdido el fulgor que trajeran y se mostraban suplicantes: –Vea, seamos francos... Tengo entendido que podríamos arreglar con una gallina degollada y un almohadón de plumas. ¡A lo más, con parte del botín del Perla negra!

–¿Quién lo dijo? ¡Me ofende señor! Por la osamenta de Yorick(4) que jamás acepté menos de un sarcófago de oro; ese peculiar mineral de virtudes eternas tiene valor en todos los mundos, y a no ser en el Edén siempre se cotiza mejor que las almas.

Elevó el dorso de su mano hacia la frente como para desmayarse con gran teatralidad. El hombre temió que la eventualidad del regreso se le terminara de escabullir: –¡Está bien! Le daré uno. ¡Después de todo no ha pedido el tesoro de Tutankamon, ni el santo grial, ni siquiera la caja de Pandora! Pero deberá retirarlo de la pirámide aun oculta en la selva peruana, pues antes de entrar me alertaron: “Para dar un paso al más allá deberá dejar sus pertenencias fuera de la dimensión desconocida”.

La enfermera respiró con una resignación semejante a la de Valdemar y la situación pareció distenderse. Luego de un segundo donde nada pasó se dio una conversación muy fluida, coloquial y aburrida, donde lo poco que se podría rescatar fue el siguiente diálogo, iniciado por la mujer de los nuevamente inflados pechos:

–No hay problema, el Dr. Van Helsing me ha ofrecido la paz eterna y una gira turística rumbo al infierno que no pienso rechazar. Pasaremos a recoger el sarcófago antes de comenzar a visitar castillos encantados y mazmorras. Inclusive tenemos pensado presenciar un suceso en el puente sobre el río Owl(5), que se ha dado con tanta maestría... Para culminar el periplo deslizando una recorrida por Transilvania y el lago Ness...

–¡Será un viaje largo!

–Sí, la agonía que va desde el anochecer al amanecer. No es poco si la vivimos despacio, todo lo imaginable puede ocurrir en una noche y para lo inimaginable recurriremos a la hora veinticinco. Pernoctaremos en el Motel Bates. ¿Lo conoce? ¡La viejita es encantadora! Cada vez que voy le pido a Norman la habitación de la ventana indiscreta... ¡No es fácil lograrla! Siempre insiste con otra de baño más bonito. ¡Ay, pensarlo me da psicosis! Mi dulce Van me ha prometido además una cabalgata con los cuatro jinetes del Apocalipsis por los prados de Salem... ¡Sí hasta me veo cabello al viento cual Lady Godiva rediviva, reflejada contra un cielo rojizo de fondo y un entorno de tierra en llamas!

–Bien, le creo... ¡Perfecto! ¿O piensa continuar? Tengo mucha imaginación y me excito con facilidad. Ya hemos estipulado la comisión, así que mejor dejemos esta conversación para el día del juicio final. Necesito que me deshipnoticen de inmediato y volver a mi vida habitual, normal, actual o real... no sé ya cómo decírselo.

–¿Se aburrió de recorrer vidas anteriores en su viaje astral?

–No, muy interesantes todas... ¡Y divertidas! Pero no me he sentido bien, me provocan alergia las flores de mis velorios. Además me afligen las lágrimas de mis afectos y fastidian las de los falsarios...

–¡Caramba! Es evidente que acostumbra quedarse hasta el final... ¡No quería perderse ningún detalle de la fiesta, eh! Yo salí un rato antes de mi muerte y eso me perdió... Venga, pase por aquí, y mientras llamo al doctor recuéstese en el ataúd, junto al cadáver de la novia.

–¡No demore, ya esperé bastante! ¿No leyó en mi historia clínica mi paso por el purgatorio? ¡Estuve un año estancado con Dante! Y eso que sólo pagué las culpas leves, de cuando fui honesto, ellos acatan primero... Por eso para las otras, las graves, nunca me presenté... tampoco yo podría convencer a un jurado de ser un criminal decente, aunque como todos ellos, bien que contaba con justificaciones.

–¿Cuántas reencarnaciones visitó?

–Cinco.

–¿Cinco? ¡Ja, ja, ja! Eso es desperdiciar la eternidad. El estándar ronda las cincuenta. Yo iba por la treinta y dos y me hicieron volver, pero mi viaje astral estaba interesante y no vine. Morí en ausencia y ya no podría renacer. Así que les dije que me dejaran continuar hacia atrás, mi deseo era no parar hasta el pleistoceno. Pero me dejaron aquí en el limbo, colaborando con los hipnoviajeros. No es un mal trabajo, y puedo elegir cualquiera de mis vidas anteriores para tomar vacaciones. Siempre escojo el siglo en que fui monja en Loudun junto al padre Grandier(6)... fue una época ardiente.

–Con tanta llama debería ver si no fue Juana de Arco, tal vez lo suyo sea memoria genética... ¿Acaso el viajero recuerda todo cuando vuelve?

–Hasta aquí sí, olor a carne asada incluido... ¡Pregúntele a Carrie(7)! Pero al completar la regresión total no recuerda nada. Una vez del otro lado de la puerta, nada de nada. Ni al volver de la hipnosis ni al renacer...

Valdemar apretó los labios en clara señal de pesadumbre: –¡Qué lastima! –dijo.

–¿Quién lo entiende? ¿No era que tenía prisa por volver? Al parecer tan mal no la pasó... ¿Qué deseaba recordar?

–Los momentos de sexo.

–¿Todos?

–Todos. Bueno... Las instancias en que falló el equipo hubiera preferido pasarlas por alto. También aquellas en las cuales fui engañado y sorprendí in fraganti a los libertinos. ¿Usted no?

–A no ser en la época que le comenté, en general le presté poca atención al sexo, sólo para ver cómo me sentía según el género. ¡Por eso a veces tengo una necesidad imperiosa de ponerme al día! -Puso los ojos más tristes que tenía y un mohín encantador en sus labios: –Casi he olvidado ese tipo de ceremonias... En cuanto al resto de las actividades preferí las masculinas. Recuerdo todas mis reencarnaciones como hombre pues fueron las menos... En realidad el mío fue un viaje de estudios, usufructué una beca otorgada por el Convento de Jóvenes Oníricas Matusalén. Tenía intenciones de hacer un compilado de mis sueños a través de las diferentes épocas para descifrar si en algún momento soñaba realidades. Pero no pude terminar la maldita tesis, ya le dije...

La mujer se había detenido de pronto y luego de meditar unos segundos sonrió, adquirió tanto candor y parecía tan casta que el hombre se olvidó de los senos para dejarse invadir por el más puro amor.

–¡Si le cuento no me cree! –continuó ella, entornando sus ojitos penetrantes. Al hacerlo sus largas pestañas pintaron en la imaginación de Valdemar la imagen de una dionaea -8- que atrapó su mosca.

–A ver, diga... –exclamó entonces Valdemar casi en una exhalación.

–Fui amante de Vincent Price(9) durante la caída de la casa Usher.

–¡Vaya mérito! Si por eso fuera... Yo debí ayudar a vestir a Bela Lugosi(10) con atuendo de vampiro, capa incluida, para su sepelio. Y adivine quien llegó al restaurante donde trabajé en otra vida, sin compañía ni dinero pero mucha sed para recitarme “Las flores del mal”(11)... También descubrí que en una niñez quedé muy impresionado con el hombre de la bolsa, por suerte de mayor lo perdí de vista luego de que en un mal negocio perdiera todas sus acciones.

–¡Eso que dice no tengo forma de comprobarlo pues no puedo viajar por sus vidas!

–Tampoco lo que usted afirma puedo yo verificarlo.

Un relámpago azulado provocó, tras desaparecer, que la luz del techo pareciera el opaco lustre de una dentadura amarillenta. La enfermera miró hacia el pasillo, Valdemar volvió a caer en su escote. Y la persona sentada, si bien continuaba leyendo, cargaba en el rostro una notoria expresión de incertidumbre, un signo de interrogación, un: ¿Qué es esto?.

La enfermera miró hacia el fondo del pasillo: –Creo que viene alguien más, espero que no sea esa japonesa de pelo sobre el rostro que cada tanto me pide para hacer una llamada... Deja todo el corredor mojado. ¡Ah, no! Es usted afortunado Valdemar, quien viene es el doctor. Veremos si puede atenderlo.

–¡Pero lo conozco! ¿No es Jekill, el de los brebajes?

–¿Y a quién quería? ¿Al fantasma de la opera? ¿A la momia y sus maldiciones? ¿A Chuqui? ¿Bush quizás?

–¡Nombró a tantos! Además, establecer cual es el más perverso no es tarea sencilla, y yo siempre estuve de acuerdo conque la culpa no la tiene el chancho...

–Aquí, estimado señor, lo atiende quien está disponible. No olvide que la existencia asegura el fracaso, el resto va de regalo. Si en la vida no nos equivocáramos todo sería demasiado fácil y aburrido.

–De haber sabido la escasa deferencia vuestra hacia los clientes habría optado por atenderme en el gabinete del doctor Caligari(12), aunque fuese más anticuado.

–No le habría ido peor, ahora lo atiende Nosferatu, con su nueva cabeza tamaño pelota de tenis gentileza de sus ayudantes jíbaros.

–Mi consuelo es saber que de arrepentidos está el mundo lleno... Hasta podría haber aceptado algún paquete de los que ofrecen a precios módicos para viajar a través de universos paralelos. ¡Habría visto mis posibilidades en todas las variaciones imaginables!

–¿Quiere decir, posiciones imaginables?

Valdemar no tuvo tiempo de contestar pues emitida esa última frase se dejó oír una voz varonil, espectral, catacumbesca. A él lo hizo temblar, pero no preocupó ni a la enfermera ni a la persona que leía. Jekill estuvo junto a ellos.

–¡Señorita Vampiria!

–¿Doctor?

–Es necesario que no perdamos tiempo, la luna anual tiene a Hyde nervioso. No me gustaría que nos encuentre aquí, por el bien de ustedes tres... –Miró hacia sus costados –La persona que está allí leyendo y ese señor del ataúd... ¿Ambos aguardan ser regresados a la referencia ocasional que algunos llaman actualidad?

–La persona sentada no lo sé, conmigo no habló. Cuando yo aparecí ya estaba. Además sólo lee... todavía. Según parece aun conserva las esperanzas. Ha de haber mirado cuanto le falta y resignado un: “Ya que llegué hasta aquí...”

-¿Y el otro, el del ataúd, es un paciente viajero?

–Sí, pero yo diría que de paciente tiene muy poco, está más bien impaciente. ¡Sólo cinco etapas astrales y desea volver! Insistió tanto que me dio pena. ¿Podrá hacerlo usted antes de regresar a su novela? Yo lo sé hacer, pero mi autorización apenas abarca colaborar con la fijación del péndulo, la velocidad de los espejos y el dispendio de espermatozoides.

–Con esas manos que cargan la historia de la tierra podría desenterrar un cementerio o hacer rugir la alarma del infierno... pero deshipnotizar: a nadie. Yo lo haré, por un rato seguiré siendo el comprensivo Jekill.

El doctor miró al hombre, interesado en conocer sus datos: –Señor...

–Valdemar. ¡Mucho gusto doctor! –parecía un hombre lobo moviendo la cola de entusiasmo. Pese a eso el doctor echó atrás el cuerpo para mejor observarlo y preguntó con sincera curiosidad:

–¿Algo no le agradó que desea irse con tanto frenesí? Nunca nadie se ha quejado y no quisiera que por su causa cayeran sospechas sobre nosotros... ¡Bastante tengo yo con los desbarajustes de Hyde!

Mudando su actitud y haciendo alarde de inexistentes fuerzas el rostro demacrado de Valdemar adquirió tonalidades rojizas. Respiró hondo y procurando un tono de advertencia levantó la voz: –¡No se extrañe si pierden clientes! No nos dan un buen servicio. ¡Quién sabe cuanto hace que está esa persona ahí leyendo! ¡Seguro que en este lugar se aburre! A mí me ocurre algo así. No es justo que cuando salga de aquí no recuerde nada, y que al llegar deba preguntar qué cosa he narrado bajo hipnosis para conocer algo sobre mis vidas pasadas...

–Se establece en el contrato –manifestó Jekill sin amedrentarse –Debido a eso se les aconseja deambular, ver y transmitir todos los datos especiales. Siempre ocurre que en el fragor de la existencia muchos detalles se nos pasan por alto. Qué sufran y disfruten bastante es lo que esperamos. ¿Qué otra cosa? ¡Es la vida! Antes de arribar a otra existencia lúcida donde se les vuelva a ocurrir hacer regresiones, lo más probable es que experimenten varias experiencias vitales sin ellas. No todas las personalidades que se pueden asumir soportan con estoicismo las sonrisas insidiosas de los escépticos.

–¿De qué habla? ¡A Lon Chaney lo jorobaron! Peter Lorre salió hablando con los cuervos y Christopher Lee, lee y sólo lee... ¡Como esa persona que está ahí sentada!

–¡Habladurías, leyendas! ¿A que año pretende volver a decir sandeces señor Valdemar?

–¿No lo indica el papiro? Si no acerté con el día y la hora no creo que acierte con el año.

–No. El pergamino no establece el año pues ese dato no se exige, nos manejamos con coordenadas astrales y los trece logaritmos fantasmagóricos de Trulalá. Además es de suponer que cada uno sabe de qué mundo y época ha venido –volvió a mirarlo con atención: –¿Qué año?

El terror brillaba en los ojos de Valdemar y los dejó en blanco inmediatamente después de balbucear: –No recuerdo... ¡Anduve por tantas épocas!

–Cinco, Valdemar, sólo cinco... Entonces no podremos hacerlo volver. ¿Señor Valdemar? ¡Señor Valdemar! ¡Vampiria el despertador!

El medico le tomaba el pulso a Valdemar, cuyo mentón había caído sobre su pecho. También abanicaba ante su rostro el costoso anillo que le regalara su colega, Jack el destripador. Entre tanto, la enfermera corría tras sus voluminosas cualidades intentando colaborar. Lo hacía pensando en esa persona que estaba allí, estoicamente sentada, quien muy bien podría dejar de leer un momento y dar una mano con la urgencia.

–Riiiing, riiiing, riiiiing, riiiing. –¡Ya apáguelo! Recobró el pulso a la cuenta de siete. ¡Jamás saldremos de los pecados capitales! ¿Cuándo van a cambiarle los ringtones a ese aparato? Podrían haberle incorporado los aullidos lobunos que grabé durante la luna de miel de Yeti... ¿Ya no quedan de aquellos sonidos chisporroteantes de la silla eléctrica? ¿Ni siquiera vuelo de bombarderos? Nada... ¡Si al menos hubieran conservado el sonido de los ataques de Tiburón!

El señor Valdemar, volviendo de pronto en sí, comenzó a gritar del modo en que lo hace la inexorable chica asediada por el monstruo: –¡Ay! ¡Basta! ¡No! ¡Un oso que se las coma! Hormiguicidaaaaaaa...

–¡Valdemar, Valdemar, qué le ocurre! Soy yo, Jekill.

–¡Hormigas! ¿No las ven? Tengo la mano llena de marabuntas, el brazo... ¡Me picarán!

–No, no tema, han sacado a pasear a sus larvas. ¡Déjelas! Darán unas vueltitas alocadas y regresarán al nido. ¡Cálmese, no son pirañas, no son arañas, no son Depredador! Se trata de un lapsus esquizofrénico suyo. De seguro lo ha afectado el delirio retórico de algún pica teclas desconocido cuya cordura ha tomado vacaciones. ¡Ignórelo igual que todo el mundo!

–¿Si? Bien, lo hago... Gracias... Ahora sí, ya estoy tranquilo.

–Si, lo veo, estoy monitoreando su corazón delator. Vea mi mano Valdemar. Lo deshipnotizaré. Espero que lo estén aguardando allá en su época, si lo dejaron solo puede ser muy feo. ¡Hasta morir en ausencia, como Vampiria!

–Eso no ayuda a que me tranquilice Jekill, usted es notable. Podría desmayar a un paciente sin anestesia.

–Prosigamos entonces, vea mi mano: se abre se cierra, se prende se apaga, sube, baja... ¡Valdemar vea mi mano! ¡Señorita Vampiria! ¡Quiere cubrir ese seno que me distrae al paciente!

–Probemos otra vez. Vea mi mano: se abre, se cierra, se prende se apaga, sube, baja, cara, cruz, sexta, ballesta... Duermes Valdemar, duermes plácidamente. Valdemar: ¿Estás allí?

Una voz que parecía venir desde el baño se abrió paso entre los inmóviles labios de Valdemar: –Siiiiiii.

–¿En que día estamos?

–En el úuuultimo.

–¿El último? ¿Sabes quien eres?

–Siiiiii. En realidad era, Valdemar, el bebé de Rosemaryyyyy. Vivía en la calle La noche de los muertos vivientes 666, entre Aaalien y Terminaaator.

–¿Puede ver el resplandor señor Valdemar? ¿Ese pacífico túnel luminoso que tantos detallan?

–Nooooooooo. Escucho la danza macabra y los cantos de Maldoror. ¿Dónde estooooy?

–En la “Compañía Ansiedad de Regresiones Astrales”. ¡No va ser en un gajo de La naranja mecánica o en un trozo de piel del Necronomicon!

La voz de Valdemar volvió a la normalidad, ya no era un tembloroso murmullo. De cualquier modo fue queda y plácida: –¡Ah! Ya veo... Entonces usted no es el exorcista, Vampiria no es Lucrecia Borgia, ese lector no es el conejito blanco del hueco del árbol, ni yo el niño de La profecía... –sus pestañas se agitaron como alas de mariposa que no halla donde apoyarse.

–No. Soy Jekill, el vecino de Calígula y usted el conejillo de indias de una apuesta. ¿Realmente no puede ver la luz señor Valdemar? ¿Y el color que cayó del cielo? ¿Las cruces de la granja del ñato?

–No. Pero siento algo húmedo y frío que me rodea, se mueve y huele mal... es lo más negro que he visto. ¿Será petróleo? ¿Un denso agujero negro?

–¿Cómo dice? ¡Vampiria! –¿Sí doctor? –¡Este hombre se gastó todos los deseos de su pata de mono! ¿O lo hipnotizaron poco antes de morir?

–Sí, eso. Aquí dice que el viaje se inició en una clínica de la comarca Poe, preparaban el sepelio cuando lo pusieron a viajar. Creo que fue víctima de un típico ardid de alguna compañía de seguros para dilatar el pago de una póliza. ¡Ya sabe como son!

–En ese caso si se revirtiera la hipnosis los días que ha pasado muerto serán sólo un segundo y luego, o queda más feo que “La mosca” o será una palada de cenizas... ¿No querrá quedarse en este lugar? Ha vuelto millones de veces a convertirse en una masa putrefacta, sólo ha bastado que unos ojos lo imaginaran al leer su extraño caso... ¡Vaya metamorfosis!

–¡Y yo me siento tan sola! –suspiró ensoñada la muchacha con la vista perdida en el cuadro de Munch.

–¿Qué ha dicho, Suspiria? ¡Perdón! Quise decir Vampiria.

–Que mi sed requiere una soda.

–No mezclar el trabajo con el placer es una regla aceptada en todos los mundos Señorita Vampiria, no lo olvide.

–Y respetada en ninguno, no lo oculte.

–¡Entonces se lo dejo! Tal parece que no le bastan sus fugas con Van Helsing... ¿Necesita una presencia masculina? ¡Es suyo! Jamás podría detener a alguien que desea quebrantar una regla. La dualidad del hombre siempre me ha parecido fascinante, diabólica... digna de estudio al menos.

–Así le va doctor. Que muchas veces me ha comentado sus deseos de darle curaré a Hyde y si no lo hace es por los efectos secundarios...

Valdemar, que había permanecido en silencio y resignado a su suerte de pronto intervino: –¡Aguarden! ¿Cómo sé que lo que hay detrás de los senos vale la pena? ¿Mi opinión no cuenta?

–No si usted no la cuenta –dijo Jekill –Lo tácito suele ser práctico... evita indecisiones. Así que estamos todos de acuerdo en aceptar que usted haya elegido quedarse.

–¿Lo hice? No es fácil comprender cómo lo sabe... ¡Además si lo hice fue bajo hipnosis y no es ético! Pero vea, siempre me tardo demasiado en decidirme, es cierto. Así que me quedaré: no puedo iniciar un pleito contra ustedes sin testigos.

Valdemar observó un instante a la persona que todavía leía y luego el torso de Vampiria: –Tengo entendido que los juicios son tan redondos y voluminosos y tersos y duros como en la teta real... ¡Hay, perdón, quise decir: vida real! Ya he cumplido con el señor Edgar, así que nadie lamentará mi ausencia. ¡Me quedo!

–¡Muy bien! Sabia decisión, al final Todo es eventual(13), tanto aquí como allá y depende de quien lea. Pasará la eternidad espiando al detalle sus vidas pretéritas y cuando quiera dormir sobre almohadas mullidas dispondrá de las cercanas lomas de Vampiria para un sueño feliz. ¡Listo señor Valdemar, puede retirarse! ¡Ah! No olvide dejar la cabeza en la guillotina cuando recorra la revolución francesa, lo que hizo la vez pasada no es lícito y casi se condena a una vida en el tercer mundo.

–Le agradezco mucho doctor Jekill y no lo invito a un trago pues he quedado en tomarlo con el señor Hyde. Lamento no poder hacerlo con ambos a la vez, pero así es la realidad fantástica.

Los ojitos de Jekill comenzaron a latir y una sonrisa maligna, sádica y perversa, germinó sobre su rostro. Luego se volvió hacia la enfermera: –Vampiria, Hyde se aproxima –dijo mientras se sacaba los guantes –Una última cosa...

–¿Sí doctor? –Debemos concluir la tarea, traiga las coordenadas de la persona que está allí sentada. –y haciéndole un guiño agregó: –Así los dejamos solitos a usted y... –señaló con la cabeza en dirección al señor Valdemar.

–¿A qué momento volverá esa persona doctor? Le recuerdo que en este caso puede ser sólo en modos escritor o lector. ¿Cuál será esta vez?

–¡Lector, Vampiria, creí que lo había notado! El otro ya está condenado... Se me hace tarde, ya le dije, así que si me disculpa...

Jekill dio la espalda a la enfermera y acercándose miró con firmeza a la persona que leía. Luego cerró los ojos, casi de inmediato los abrió, grandes, duros, y comenzó a decirle: –En el momento en que yo diga “ahora”, usted estará en su vida habitual, en calma actitud sedente y terminando de leer un relato peculiar. No se molestará demasiado pues considerará que ha leído peores...

Hizo una pausa y mientras un penetrante olor a azufre lo envolvía recorrió con pícara mirada su entorno, sonrió, y un segundo antes de desaparecer chasqueó los dedos y dijo: –¿Listo? ¡Ahora!

 

 

1 Boris Karloff: legendario actor y director de filmes de horror, héroe de la niñez del autor.

2 Odradek: criatura fantástica imaginada por Kafka.

3 Protagonista de la novela “El perfume” de Süskind Patrick.

4 Yorik: ex bufón de palacio a cuya calavera Hamlet comenta su famosa frase.

5 Un suceso en el puente sobre el río Owl: Interesante relato de Ambrose Bierce. Se encuentra en: http://vivirdelcuento.blogspot.com/2006/05/el-cuento-del-fin-de-semana-11.html

6 Se refiere a los sucesos narrados por Aldous Huxley en su libro “Los demonios” y llevados al cine por Ken Russell.

7 Novela precursora del alud literario de Stephen King, llevada al cine por Brian De Palma.

8 Planta insectívora.

9 Vincent Price: Otro actor de filmes de horror.

10 Bela Lugosi: Interpreté de Drácula en varios filmes cuyo ultimo deseo fue ser sepultado con el traje de su personaje. Se ignora si aun transita a sus anchas durante las noches neblinosas.

11 Sí, acertaron.

12 Una de las primeras películas de horror.

13 (no podía terminar en otro número) Nombre de uno de los mejores libros de Stephen King

 

 



                                            

General Domingo, 22 de Junio de 2008

   

Y el cura estaba borracho.

Puntuación:

Incursionaré hoy con tres pecados, y dejaré para mañana un sacrilegio (pero grande, nada de quedarnos con los pequeños delitos).

Uno de los pecados radica en exponer los dichos de un novelista sin recordar su nombre (si alguno de los lectores puede aportarlo –lo que nos permitiría hallar sus textuales palabras– recibirá el premio Filoso, que consta de 5 plumas a retirar de la zona de grúas del puerto de Montevideo, no acumulables en Grupo Bùho pero de gran peso y longitud).

El otro pecado consiste en que tales palabras serán extraídas del pozo de mi recuerdo, debido a la edad algo contaminado. Esto significa que se tratará de “algo parecido a lo que dijo”.

Y el tercero (más grave aun), que habré de continuar su exposición con uvas de mi cosecha. Uvas pequeñas, pues la vieja parra da más vicio que frutos. Aun así, allá vamos.

Decía este buen escritor cuyo nombre no recuerdo y habrá de disculparme, que por lo general los escritores comienzan escribiendo poemas. Que hacerlo no es sencillo y cuando comprenden que su complejidad no está a su alcance deciden escribir cuentos. Entonces perciben que dadas las exigencias del género no resultan el tipear y cantar que pensaban, tras lo cual terminan escribiendo novelas.

Por supuesto habremos de deducir que se refiere a buenos poemas y buenos relatos, pues andan por ahí algunos, de los cuales tengo una colección en mi bodega, que se les parece pero no, no lo son, son meras “cosillas que dicen algo” (en los mejores casos), y cuya particularidad es que llevan mi firma.

Le llegó la hora al tercer pecado (atención a mis atrevidos agregados) Este escritor, señalado en el comentario ajeno y que no había llegado a ser poeta ni cuentista, podemos suponer que quizás tampoco llegó a novelista.

Allí, de pie ante su circunstancia y todo su amor por el arte, me juego a que lejos de conformarse intentará algo más.

Según su posibilidades entonces, pasa a ser crítico, o editor. Si los conocimientos adquiridos se lo permiten será crítico; si posee respetable capital u osadía será editor. ¿Y ya?

No. La cosa no termina por allí, pues puede ocurrir que su nivel cultural lo inhiba de ser crítico, y su pobreza o falta de audacia lo priven de ser editor. Le queda tan solo su amor al arte, sus suspiros de enamorado no correspondido y la capacidad de poder sentir, palpar y disfrutar aquello que no puede expresar (que no es poca cosa en un mundo insensible)

Llegamos entonces a la categoría de “diletante”, de la cual no podría asegurar que sea la última y con la cual dejamos debida confesión de los tres pecados de marras.

En cuanto al sacrilegio de mañana quisiera hacer algunas puntualizaciones. Una de ellas es alertar sobre la conveniencia de que el lector haya leído el relato de Poe “El extraño caso del señor Valdemar”. Creo que quien no lo conozca no se arrepentirá de hacerlo.

Adjunto un par de vínculos para llegar a él, el primero lo muestra en pantalla y el segundo abre un pdf.

http://www.angelfire.com/ne/bernardino3/valdemar.html

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca%20digital/libros/P/Poe,%20Edgar%20Allan%20-%20La%20Verdad%20sobre%20el%20caso%20del%20Senor%20Valdemar%2018

Realizo tal sugerencia pues éste señor es uno de los personajes de ese sacrilegio con el cual pretendo homenajear al género de horror, aunque más que homenaje resulte un ultraje.

Se trata de una suerte de popurrí de lugares comunes a lo macabro, en el cual se revela qué ocurrió en cierto lapso de tiempo que mantuvo ausente de este mundo a una persona.

No lo adjunto hoy pues no es breve y contiene algunas explicaciones como notas al pie (cosa que odio) pues de lo contrario habrán detalles que pasarán desapercibidos (y aún así) Bueno, ya lo verán.

Por àhi nos vemos. (Si, por àhi, como solemos decir en el Río de la Plata)



                                            

General Sabado, 21 de Junio de 2008

   

Parto difícil (recargado)

Puntuación:

Acepten que al menos lo advierto. Me he topado con los mismos posteos más de un par de veces y con lapsos desde uno a tres días. También con aquellos que surgen de una imperiosa nedesidad de narrar, inventar, contar... o reventar, aunque no se narre ni se cuente ni se invente y los que estallen sean quienes por Nvez caen en la trampa de ingresar a ver de qué va la cosa en esta oportunidad. ¡Ingenuo de mì!

  

Son en mi país las 23,50 del 20 de junio. Todo el día ha llovido con una letanía que me recuerda aquella gran temporada de lluvias en Macondo, cuando la gente perdía la memoria y los objetos sus nombres.

 

En el noticiero han comentado sobre el drama que vive la familia Pitt-Jolie al no ponerse de acuerdo Angelina y Brad sobre el color de la pieza de su último vástago. Para librarse de los problemas han pensado en dejar todo el asunto en manos de los sicólogos. ¡Tipos prácticos!

 

A nivel local han mostrado a una anciana que estuvo días encerrada en el sótano de su mísera casa, pues la vivienda era empleada por una gavilla para vender drogas. La idea era ayudarla a morir de muerte natural para quedarse ellos con el inmueble. ¡Tipos prácticos!

 

En el campo personal, como afuera, llueve. Todo el día me he resistido a postear en el blog y apenas he respondido algunos de los mensajes recibidos (Se postea en los foros, en los blogs... ¿se bloguea?) De pasada he leído algunas textos de Hulna, Franlizarte e Infierno-del-dante, interesantes siempre.

 

Como a pesar de mi lluvia estoy pasando una época de sequía me he dedicado a corregir por Nsima vez un viejo texto, demasiado largo para relato pero muy breve para novela. La cosa radica en acertar si debo podarlo sin marchitarlo o darle aire cuidando de que no me explote en la nariz.

 

¿Qué? ¡Prenderlo fuego! Sí, he pensado también en eso... Pero es una buena historia, y tan divertida que trata de un muerto. No, si se tratase de quemar debería comenzar por otras. Además desde que quemé aquellas cartas no me agrada ese procedimiento. De haberlas conservado hoy podría deducir al leerlas si ella realmente me quería.

 

Bueno, hasta aquí he andado dando vueltas, escapando al bulto, mirando para otro lado, disimulando... Como novio cuyo enojo aun no se ha disipado y duda entre tomarle la mano o dejarla allí parada. No ante el altar, por fortuna, sino, digamos... en la esquina de su casa. Sí, cerca de un sitio donde ella pueda llegar y continuar viviendo sin él tan cómodamente como lo venía haciendo. Porque en definitiva, a él le interesa esa muchacha.

 

La duda a su vez generó otra duda: ¿Qué hacer mientras dudo? Las alternativas eran dos, subir mi pequeño comentario diario al blog como si tal cosa, o permanecer oculto hasta que surja humo blanco desde lo profundo de mis sentimientos. Cosa asquerosa de esperar esto último, pues si algo hay a lo que pueda aspirar es a Gran irresoluto universal. Podrían pasar meses y lo peor del caso es que también soy ansioso.

 

Releí un par de trabajos que desde hace días mantengo en lista de espera y no me convencía subirlos así, como si fuese el primer día de la aventura y me dispusiera a lanzar la carnada por ver si pican. Gracias a Merlinaa me había formado una idea bastante acabada sobre aquella laguna, y no se trataba del tipo de pesca que yo había supuesto.

 

La opción entonces era guardar silencio, esperar unos días o callar para siempre.

 

Tozudo. Necio además, por qué no. Criado como hijo único, el mayor de seis hermanos. Se me ocurrió que tal vez allí estuviera el origen de esos berrinches, como si todos debieran coincidir con mis apreciaciones. Soleta hablaría de bipolaridad, y puede...

 

La opción, entonces, era guardar silencio.

 

Es práctico no apresurarse, no precipitarse... siempre y cuando más tarde o más temprano exista un "jugarse". Aunque práctico también puede resultar no ponerse a comentar cualquiera de las dos noticias del comienzo.

 

¡Ah sí Filoso, fuiste tú quien habló de dar la cara! ¿Y eso por qué? Podrías haberte puesto Menecucho y cualquier cosa te borrabas y aparecías luego como Menelao, después Menefrega y así hasta llegar a... ¿Filoso?

 

La cosa está en creer que sólo puede dar la cara quien se reconoce a sí mismo, quien está seguro de sus convicciones, quien no tiene temor. Y no es que yo posea tales cualidades... pero lo pretendo. El caso es que estoy en edad de asumirlas y bueno, díganme donde está la más fea que bailo con ella.

 

Definitivamente, no subiría un relato ficticio, ni un poema tan construido que ha perdido la esencia de cuando fue creado, allá en la juventud. Al menos eso significaba que estaba considerando la posibilidad de...

 

Me dije que este sería el primer día hábil que no postearía desde mi comienzo. Eso era significativo. Sí, pues también tengo facilidad para generar hábitos, y así como iba tomando el gustito a un posteo diario podía perderlo por un quítame aquí esos videos, saluditos y pajerías que posteas y amigos para siempre...

 

Después de todo, si es tan grande la necesidad de mostrar a tus amigos Buhos el dibujito que ha hecho tu hijo en el parvulario, ese que te ha dicho la madrina que evidencia en él una vena artística precoz e innegable... Pues mándaselos por mail, te dirán desde allí sobre lo acertada de la opinión de la madrina y te felicitarán de igual modo. Hasta yo podría decirte con amplia sonrisa: “cuando grande serà todo un Filoso.” Y tal vez eso te quite las ganas de andar descubriéndole genialidades al pequeñín... Que hasta es posible que eso hayan hecho conmigo y ahora ya lo veis, hay que soportarme.

 

Pues si, todo decidido, a soportarme... ¡Pero vamos, que no llego, se me termina el día! ¿Y qué digo?

 

Gracias. Gracias a quienes he nombrado y a quienes me han acercado explicaciones, puntos de vista, augurios, y quejas. Sí, la chica del video, con ella también podemos ir creciendo, diciéndonos las cosas y dando la cara. En lugar del dulce subterfugio de comentar, "es triste, pero que bonito te ha quedado el segundo de tus diez mil versos", decir "si fuera tú vería de mejorar los nueve mil novecientos noventa y nueve restantes." Demostraría haberse interesado en todo el material y llevaría al autor a una reconsideración que tal vez lo haga mejorar. Porque en definitiva, si el escritor está a la altura de saber lo que hace, bien conoce el valor de lo suyo. Y antes de que seáis suspicaces, sabed que nunca me he llamado a engaño, prueba de ello es para mí estar aquí y no firmando autógrafos.

 

Para terminar diré que he leído también el extenso trabajo de un joven con muchas ilusiones y no sé que actitud tomar. Me gustaría ayudarlo, pues deseos y tesón son vitales en cualquier actividad y él los tiene. Pero su prosa es muy elemental, manifiesta no sólo falta de buenas lecturas, sino también de relecturas de su propio trabajo. ¿Es justo levantar los hombros y fijar el interés en otra parte?

 

Escribir ha de tomarse como eso: un trabajo. Ese que nos agrada realizar, y no para ser escritores famosos o hacer dinero, para saciar una necesidad interna de expresar cosas. Así como todo trabajo ha de tomarse con seriedad y responsabilidad, aunque se trate de escribir humor o erotismo, o más aun en esos casos. Debe el deportista hacer ejercicios, debe hacerlos el matemático y el aviador. En cambio el escritor... ¿Escribe y ya?

 

Pues no tuve quien me lo dijera y solito me di cuenta tarde. Tal vez ese detalle sea la diferencia entre un Filoso y un escritor reconocido.

 

No sé si mis palabras le servirán a alguien. Me digo que me conformaría conque le fueran útiles a una persona... sin contarme.

 

Por ahí... ¿nos vemos?

                                            


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