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Despliéguense sobre la mesa varios juegos de letras. Ir colocando con precisión retazos de abecedario de acuerdo a un suculento vocabulario, de ser posible español, el cual a semejanza de un buen vino, ha de haberse obtenido tras largos años de innumeras lecturas y consultas al diccionario.

Comenzar a cocer las ideas a fuego lento e ir agregando, de acuerdo a la intención perseguida, lomitos de humor, serpentinas de ironía, lágrimas de amor, balines de intriga, alguna dósis de remedio para terribles desengaños, una o más vueltas de tuerca (evitar que se peguen en el fondo) y toda la gama de sensaciones, paisajes y diálogos que se entiendan pertinentes.

 

Es importante no abusar de algunos ingredientes tales como adverbios y comas. A criterio del chef, sin exagerar y sólo en casos imprescindibles podrán agregarse: números, locuciones en latín, citas (nunca a ciegas), acápites, fe de erratas, aforismos, notas al pie, refranes, versos, etc.

Una vez esté encaminado este potaje prepararse a introducir el ingrediente fundamental, aquello que dará a la sopa de ideas nuestro toque característico: Talento (del cual no se escatimará la mínima partícula pues la exquisitez del nutrimento de él depende) Si no se lo tiene tratar de remediarse con oficio. Si tampoco se cuenta con él la indigestión está asegurada, con las buenas intenciones no basta (díganmelo a mí): de ellas está empedrado el camino a un buen restaurante (léase: más buenas lecturas)

Ir probando una y otra vez a lo largo de la cocción (la premura y el apasionamiento pueden redundar en un plato desabrido o a medio terminar, resultando desperdiciadas las ideas)

Darlo a catar a varios invitados a efectos de ir ajustando el sabor sin que las opiniones primen sobre nuestro albedrío. Bajar del fuego sólo al hallarse la sazón deseada sin descartar jamás la sospecha de que quizás pudimos hacerlo mejor.

Degustarlo en presencia de abundante luz, en un sitio confortable y de ser posible en silencio o acompañados de una tenue melodía.

Lo fundamental de la creación es poder compartirla con el mayor número de comensales posible, y si gusta, no permitir jamás que la vanidad contamine nuestro plato, evitar pues la ostentación... ¡Y a disfrutar!

 

 

Me quemo

 

Eres la chispa, la vida, la luz

el oxígeno que permite el fuego

la llama, el calor, los destellos

Yo acaso carbón o corteza

hojarasca, cartón, leño seco

Y el unirnos los dos

un incendio.

 

 

Del poemario “Amor desamorado” © 1992 Félix Acosta Fitipaldi

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