General Martes, 24 de Junio de 2008
NO TE SERÁ TAN FÁCIL
La parca ingresó buscando un escondite. Era pequeña, novicia, y venía de cosechar insectos y animales menudos. De inmediato se interesó en un niño, quien imitando el sonido de una motocicleta hacía rodar su triciclo de aquí para allá.
De pronto el niño detuvo sus carreras: algo lo había alarmado. El ámbito cotidiano, sin embargo, parecía normal. Observó a su madre en la cocina y luego, siguiendo movimientos invisibles, desvió su vista hacia el enchufe tripolar, una de esas tapas con un redondel y tres ranuras que había en todas las paredes de la casa.
Allí se había escabullido la parca sigilosa para aguardar su próxima víctima. Volvió a rodar el triciclo y cada vez que pasaba ante el enchufe el niño se sentía observado. El trifásico tenía como dos ojos y una boca; esa boca decía ¡huy!, y el conjunto semejaba un rostro asombrado y triste.
Una gata, ovillada sobre un sofá parecía dormitar. También ella observó el enchufe y al hacerlo se erizó su pelaje. Moviendo apenas la cabeza disimuló una mueca de desprecio, encogió la nariz y mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio.
En la sala el padre del niño arreglaba una lámpara vieja que pensaba llevar a la casa de la playa. En la oscuridad del enchufe los ojos de la pequeña parca brillaron un instante; luego, perseverante en intentar su desarrollo, afloró de su guarida y como brisa rozó el rostro del padre, que vio hacia la ventana. Algo incómodo el hombre se puso de pie tomando la lámpara, cerró la ventana y salió hacia el coche dejando olvidados sobre una mesita restos de un rollo de cable.
El niño no veía a la parca revoloteando pero miraba hacia allí, hacia ella y el cable. Volvió a pedalear pasando vertiginoso junto a la mesa sin dejar de observar el cable. La parca dio una vuelta por la cocina, inquietando a la madre que por un momento perdió noción de lo que hacía, después volvió al enchufe.
La gata saltó al piso y corrió a la cocina, a detenerse con el lomo arqueado entre las piernas de la madre. La mujer se importunó sin motivo y caminó unos pasos tratando de ubicar al niño.–¿Tienes hambre? –preguntó– Ya vamos a cenar... ¡Y a dormir temprano que mañana nos vamos a la playa! ¿Te parece bien? –dijo, al tiempo que deslizaba su mano sobre la cabellera de su hijo.
El niño afirmó con la cabeza, librándose con el movimiento de la caricia materna. De inmediato, desviando su mirada hacia el trifásico aceleró su vehículo hacia él, por el corredor, rumbo a su cuarto. –¡Brrrum, brrrum, brrrum! –rugía su poderosa motocicleta.
Sabido es que la parca no duerme y esa noche, laboriosa y ufana, se llevó un ratón suculento y varios insectos que encontró por la casa. Todavía no era muy fuerte y evitó el deseo de detener el corazón del hombre exigido por el amor; no quería anotarse un fiasco, pues nada hay que fastidie tanto a la parca como el fracaso. Como ella descendía de grandes parcas bélicas prefería aguardar y crecer sobre seguro: tenía un prestigio ancestral que defender. Así que se mantuvo en el trifásico, acechando la presa elegida con toda la paciencia de la muerte.
La gata anduvo en la noche en sus quehaceres de gata y colaboró sin saberlo con la parca engullendo al ratón. Cerca del amanecer entró a la casa por la banderola del baño y se detuvo a observar al niño dormido. Desde el enchufe la parca la apremiaba con su murmullo: –¡Vamos, súbete a la cama y bébete su aliento!Los ojos de la gata refulgieron en la penumbra cuando saltó sobre la cama.
Aunque en el jardín la brisa sacudió las flores del cantero las cortinas de la habitación del niño tremolaron sin aire. En las paredes del cuarto las sombras del hibisco comenzaban a insinuarse como oscuros y esqueléticos dedos.
–¡Vamos, bébete su aliento! –insistía la parca. La gata miró hacia el corredor en dirección al enchufe, y emitiendo un sonido de arrogancia semejante a un silbido de efes, se arremolinó a los pies del niño.Antes de quedar dormida portaba un aire de satisfacción que parecía expresar: –No te será tan fácil. Y de ese modo lo interpretó la disgustada parca, manifestándolo en la soledad del enchufe con un berrinche propio de su edad que provocó un leve refulgir eléctrico.
Por la mañana los padres amanecieron muy activos. Marcaban el ajetreo del domingo con una ansiedad inusual. El aire era cálido y prometía una buena semana de playa. La madre levantó al niño y esta vez no se molestó al ver a la gata dormida a sus pies: tenía cosas más importantes que hacer.
El padre sacó el auto y comenzó a cargar los bultos. Al mismo tiempo la madre preparaba la bolsa de mano con alguna merienda para el camino. El padre preguntó al niño si llevaba el triciclo y el niño asintió. Mientras el padre marchaba con el juguete hacia el coche el niño anduvo por allí sin saber qué hacer hasta que vio el cable.
–¡Tómalo! –murmuraba la parca desde el enchufe –¡Tómalo, tómalo! Y tráelo aquí. –Un rayo de sol iluminó los extremos metálicos del cable y un tordo graznó antes de huir desde el alféizar de la ventana.
Muy comedido el niño se dirigió con el cable entre sus manos hacia el enchufe, mirándole los ojos. Le molestaban esos ojos. ¿Qué tenían detrás? ¿De qué forma misteriosa e invisible fluye la electricidad? Esa cosa que llaman corriente... ¿Moja como el agua corriente?
–¡Bien! –exclamó la parca. –¡Buen chico! Ahora pon los extremos en mis ojos... Eso te gustaría ¿no?.El niño se sentó en el suelo y con no poco esfuerzo pudo introducir ambos extremos del cable en los orificios.
–¡Qué inteligente! –sonreía la parca desde la boca del rostro del enchufe. –¡Ahora toma la otra punta del cable y terminamos! ¡Allá, el otro extremo!
Desde fuera llegó el sonido que cerraba el baúl del coche y la voz del padre diciendo:–¿Todo listo? –Y la voz de la madre contestando: –Casi.
–Casi. –decía la parca frotando sus crecientes manos huesudas. En tanto el niño se erguía e iniciaba su andar hacia el otro extremo del cable que serpenteaba sobre el monolítico.
Entonces el vertiginoso salto de la gata sobre las puntas libres del cable sorprendió al niño, quien cayó sentado. Se mantuvo inmóvil, aturdido por la impresión que le produjo ver al felino electrocutarse.
Segundos después el chico permanecía distante de la acción, sollozando bajo el consuelo de su apenada madre. El padre en tanto, levantando el maltrecho cuerpo del animal, se detenía un instante en dejar unas caricias sobre el pelaje chamuscado. Aun respiraba, y decidió darse prisa en llevarla a la veterinaria.
La gata, exánime en los brazos del hombre, mantenía los ojos entreabiertos dirigidos hacia el enchufe, y un doloroso aire de satisfacción que aseguraba: –No te será tan fácil.
Félix Acosta Fitipaldi © 2000
Todos los intentos literarios esconden una historia, un disparador, la punta de esa madeja que vamos enrollando. Algunos inicios son casuales, ínfimos, la unión de un par de indicios, una voz lejana que nos llega con la brisa, la sugerencia de un amigo, un suceso real...Luego, culminada la faena, el resultado habrá de quedarse allí, echarse a correr, o quizás hasta logre volar.El relato que he dejado aquí hoy tiene su historia, por ambas puntas... De eso hablaré mañana.
Por áhi nos vemos.



Procesando tu solicitud...
Un abrazo.
Excelente! ha sido un verdadero gusto leerte...
Robusteciéndose de sus malos propósitos.
Pero no contaba con la astucia de esa pobre gatita que se arriesgó, para salvar la vida del pequeño.No le fue fácil,eh!
"Una gata, ovillada sobre un sofá parecía dormitar. También ella observó el enchufe y al hacerlo se erizó su pelaje. Moviendo apenas la cabeza disimuló una mueca de desprecio, encogió la nariz y mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio."
Ahí, supe que la gatita, iba ser la salvadora del niño.
Muy bueno tu cuento, señor escritor.
Súper entretenido .Me ha gustado mucho, el suspenso que pude sentir, al leerlo. Felicitaciones!
besitos
bumbúm bumbúm bumbúm...
al fin y al cabo... es de lo que se trata ¿no?
¡y menos mal que el final ha sido feliz... porque si no... !
Cuando un relato consigue trasmitir... cuando consigue las sensaciones que pretende... ¡¡tiene que ser porque es jodidamente bueno!! ¿que no?
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