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Accésit al VII Premio Internacional Julio Cortazar de Relato Breve 2004 Convocado por la Universidad de La Laguna – Tenerife - España

Senectud acelerada

Según los acontecimientos de los últimos días, por cierto ha de existir algo llamado "senectud acelerada". Años atrás no habría dudado en atribuir tal padecimiento a mi tío Néstor, creador del término que identifica el síntoma; hoy, francamente, no sé que decir...

Sucedía con frecuencia que cuando en las calmas tardes intentaba leer terminaba distrayéndome con sus andanzas de viejo atolondrado.

Era cosa común que de pronto, mientras cepillaba su dentadura postiza, recordara que había dejado su bendita gorra colgada del naranjo y fuera por ella abandonando allí aquellos dientes, desolados bajo el agua del grifo abierto. Que yendo hacia el naranjo sintiera el coche de mi hermano Javier y se volteara presuroso por ver si traía su pedido. Que entonces se le cruzara el perro y decidiera, así de improviso, darle un baño... Para de inmediato preguntar a voz en cuello si estaba listo el almuerzo y ahí sí, avergonzarse al no sentir la dentadura.

Ha ocurrido que le escuchemos decir que dormirá una siesta apenas culminado el desayuno y verlo salir puertas afuera suponiendo que llegará tarde al trabajo, siendo que está jubilado desde hace quince años. Tal cosa no nos importaba, pues en la esquina se volvería por dinero. Al regresar comentaría que la panadería estaba cerrada; o que él había sentido el timbre pero nadie llamaba a la puerta, para terminar diciendo que ha de haber sido algún niño aburrido con animo de bromear.

A veces, cuando me decía: –¡Che tibio, vení! –lo observaba siempre con la misma cara, pues sabía que cuando me acercara, me diría que en su juventud tuvo un amigo idéntico a mí al que le decían "El tibio", y contaría un par de anécdotas del sujeto, al parecer no demasiado listo. Eso era lo único que me fastidiaba de él, que me comparara con el tibio de su pandilla, de once años, mientras yo pisaba los treinta.

Se le había dado por usar el bastón que fue de mi padre y que además de ser del suyo y de su abuelo, afirmaba que algún día sería mío como si debiera aguardar con anhelo tal eventualidad.

Desde que comenzó a usarlo adquirió la costumbre de abrir con él las puertas, apartar al perro de su camino y arrimar al naranjo la gorra, demostrando una rara habilidad para tal cometido. También se rascaba la espalda con él, rasgando su camisa; o golpeteaba sus pies o el piso mediante el bastón, con monotonía exasperante.

A la sombra del naranjo con gorra armaba algún tabaco de cuando en cuando. A él nada de cigarrillos, pues muy bien había oído por televisión que dañan la salud.

Mi tío Néstor era un caso y todos lo considerábamos así en la familia. Constantemente lo mandábamos a bañar. Y no es que oliera mal, sino que debíamos asegurarnos que una vez cerrada la puerta del baño no olvidara entrar a la ducha. Es posible que nuestra actitud provocara que algunos días se bañara más de una vez.

–Ese perro taimado pelea con mi gato –se quejaba con frecuencia. Tal gato era en realidad el perteneciente a su difunta esposa y al que maldecía en cada reunión familiar como si el animal aún existiera.

De la banderola se acordaba bien, pues cada vez que narraba el episodio de la banderola, abierta para permitir la salida del gato, la pintaba al detalle. También que por allí había ingresado quien abrió la puerta a los ladrones que –ya los voy a agarrar a esos...  –y el bastón se elevaba amenazante sobre nuestras cabezas.

Cuando veíamos televisión, aunque estuviera fuerte el volumen, preguntaba: –¿qué dijo? –Si no le interesaba lo que veíamos nos hablaba, pero pronto aprendimos a no prestarle atención. Se aburría y nos avisaba: –voy al cuarto –pero salía al balcón con torpeza, el paso aminorado por el bastón.

Me gustaba hablar con él cuando bebíamos vino. Daba la sensación que la lucidez lo encandilaba. Se volvía coherente, ameno, y hasta relataba anécdotas jamás evocadas. Si estábamos solos se ponía picante. Intentaba dialogar preguntándole al "tibio" como va el asunto de los amores: –¿A quién le estás arrimando la pierna? –preguntaba como al descuido, y cuando me disponía a evadir la respuesta, él se despachaba con lo suyo.

Había sido bandido. No creo que inventara semejantes historias aunque quisiera, me inclino a suponer que hacía un racconto de cuantos romances llevaba oídos, aderezados con colores emanadas de sus largos soliloquios junto al naranjo.

Si éramos muchos los presentes ensayaba temas profundos, ora místicos, ora filosóficos; terminando siempre en el fútbol y la final del cincuenta.

Tanta era su lucidez cuando bebía que jamás excedía cierto límite, manteniéndose luego todo el tiempo que fuera escuchado sin beber una gota.

Siempre andaba mal con las fechas; que hoy lunes siendo sábado o que haría tal cosa a las cinco cuando en la TV comenzaba el informativo de las siete. Ni hablar de sí era treinta, o de qué mes se trataba.

Me daba por suponer que lo hacía adrede, como si la muerte le fijara citas que él simulaba dejar olvidadas. Mucho pensaba en eso y tanto me lo había creído, que no se lo decía tan sólo para que la muerte no se enterara de su jugarreta.

Los últimos días se le había dado por decir que él no pensaba morirse. –¡Qué necesidad! –exclamaba alguno de nosotros. A lo que él respondía de inmediato y pleno de convencimiento: –Van a venir a buscarme unos amigos y me iré con ellos...

¿Quién iba a imaginar qué cosa pensaba? Siempre quedará la duda, pues durante más de cinco años nunca faltó quien comentara algo como: ¡Las cosas que tenemos para contarle al tío!

Él se fue. Desapareció de un día para otro. Nadie recuerda si cenó esa noche o si desayunó por la mañana. La que reparó en su ausencia fue mi hermana Joanna,  luego de traer a los niños de la escuela y cocinar.

Nos llamó uno por uno, al trabajo o donde sea que estuviésemos: –¡El tío no está! –decía. –No te preocupes, andará en la vuelta –decíamos.Por la noche hicimos la denuncia y zozobramos del modo que suele hacerlo una familia en situaciones semejantes. Evaluamos miles de conjeturas y agotamos todas las posibilidades a nuestro alcance en vano, no volvimos a saber de él.

En tanto, y debido a su estado nervioso y ocho meses de gestación, Joanna dio a luz su tercer hijo, Emilio, aguardado para el mes siguiente.

Y pasó el tiempo, cinco años para ser exactos.

A veces nos deteníamos en su cuarto vacío, que Antonia se encargaba de airear una vez por semana desde los días inmediatos a su desaparición, y que no seguros de su muerte manteníamos desocupado como si fuese posible que volviera alguna vez.

En el lapso Emilio fue creciendo, y una noche Joanna planteó que el niño ya estaba grande para dormir en la misma habitación de sus hermanas mayores; opinó que tal vez podría mudarse al cuarto del tío.

Ninguno de nosotros puso objeciones, pues si bien la casa es grande la familia mucho ha crecido y era ilógico mantener piezas desocupadas.

Se decidió entonces que se acondicionaría la habitación para Emilio, que ajeno a tales consideraciones pasaba los días inmerso en sus ocupaciones de niño.

Sin embargo, cuando le llegó la noticia exclamó sumamente excitado: –¡Si tío Néstor está de acuerdo yo encantado!

Nos quedamos con la boca abierta y alguno de los más devotos se persignó con suma presteza. Mi hermano mayor, poseedor de gran sentido común, diría más tarde que Emilio había crecido en medio de nuestros relatos sobre el tío, y haciendo alarde de su inocencia había deslizado un comentario incongruente, siendo que no lo había conocido.

¡Fue la  última vez que mi hermano pudo hacer buen uso de su sentido común! El tío apareció al otro día.

Joanna salía a dar de comer al perro y lo vio allí, debajo del naranjo y tan distraído como siempre había sido. A ella le temblaron las piernas y dejó caer la fuente con los restos de comida. Se quedó estática, como si estuviera ante un delirio de su imaginación.

Emilio sintió el ruido de la fuente al caer y salió al patio. –¿Qué pasa mamá? –dijo con preocupación. Ella pasó una mano sobre sus hombros y le preguntó: –¿Qué ves allá, debajo del naranjo?

–¿Cerca de tío Néstor? –preguntó él a su vez como si no hubiera nada extraño.

No tardamos en estar todos rodeando al misterioso reaparecido, algunos preguntándole dónde había estado, otros enojados por haberse ido sin avisar nada, los demás en silencio.

Él nos miraba uno a uno como si le hablaran en chino, tan asombrado como nosotros. –¿Qué pasa? –dijo –¿Rompí algo? Recién sentí un ruido como que algo se rompía pero no fui yo.

Cuanto hicimos para que nos quitara las dudas fue infructuoso; una y otra vez repetía que siempre había estado con nosotros, y el último viaje que recordaba era su luna de miel a Florianópolis.

De más está decir que no aceptó haber faltado un solo día, mucho menos cinco años, y todavía se jactaba diciendo que estábamos envejeciendo más rápido que él. Entonces fue cuando nos acusó de padecer "senectud acelerada".

Nuestro hermano mayor se había mantenido expectante y en silencio durante nuestros cambios de pareceres. Al cabo llamó a Emilio y le ordenó: –¡Andá a la sala y traé las fotografías de tus cumpleaños!

Los demás sonreímos al suponer que lo habíamos atrapado, descontábamos que el tío no podría justificar su ausencia en los registros gráficos de semejantes festejos.  Observé el rostro de mi hermano, ufano y satisfecho, y le dije con sorna: –Creo que te debo el privilegio de ser justo heredero del bastón del tío...

Al ver las fotos, literalmente, se nos cayeron las quijadas, testigos de la peor de las contradicciones: el tío aparecía en gran parte de ellas, siempre como abstraído, con el aire de disimulo que lo invade luego de alguna de sus torpezas.

Alguien inquirió que su figura no lucía tan nítida como las otras, mientras sus ojos iban de las fotos al semblante flemático y candoroso del tío, como si dudara de una identificación obvia a todas luces.

–¿Me quieren volver loco? –dijo el tío de pronto, en un raro estallido de furia que no tardó en disolverse de sus facciones, del mismo modo que nos tenía acostumbrados... ¿Cinco años atrás?

–¿Quién es este de la foto, Emilio? –preguntó Joanna a su hijo. –Tío Néstor... ¿Quién va a ser? –Y el sentido común de mi hermano se fue al diablo.

–Las posibilidades no son muchas –diría más tarde especulando con las alternativas. –O es un fantasma o todos nosotros estamos para internar.

No sé. Observo al tío tras algún indicio que me permita vislumbrar si nos ha jugado una broma pesada, o definir si es en realidad un fantasma encarnado para enloquecernos.

No puedo aceptar esa historia de la senectud acelerada y que todos estemos tan desorientados. A veces me digo que sí, pues me ha sucedido de ir por algo y a mitad de camino no recordar de qué cosa se trataba, dónde debía hallarla y para qué la necesitaba. También estar seguro de haber armado la cama, por ejemplo, y al volver a mi pieza encontrarla deshecha; hay días que tengo la sensación de haberla ordenado varias veces.

Joanna también pasó por situaciones parecidas, como haber inventado la paella azucarada al confundir los recipientes.

Mi hermano insiste con que él va a dar con la verdad sea como sea; pero ya se ha quedado varias veces en mitad de la carretera con el coche sin nafta, así que tras la verdad no llegará muy lejos.

Al tío es al único al que se le siguen aceptando las distracciones acostumbradas, y nadie hay tan calmo y animado en la casa como él. Los demás no nos podemos permitir tantos desatinos, y andamos intranquilos y nerviosos procurando evitarlos.

Además nos preocupa que en un par de días el tío comparta su habitación con Emilio: desde el momento en que se lo propusimos el niño no hace más que exigir su traslado. Ambos tienen miradas con brillos de astucia y a veces al verlos observo a dos niños, otras a dos ancianos.

En lo personal, encuentro entre ellos un aire de complicidad que me pone la  piel de gallina; sobre todo cuando no encuentro algo que sé exactamente donde lo he dejado, y pienso que ese dúo nos está haciendo pérfidas jugarretas. 

 

Félix Acosta Fitipaldi © 2004

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