Uno

Puntuación:

            Uno se levanta a las cinco y media de la mañana todos los días para entrar a trabajar a las siete en punto. Uno enciende la radio mientras se prepara el desayuno, porque a Uno le gusta desayunar tranquilo oyendo las noticias de cada día.

            Y Uno, que lleva desde los diecisiete años trabajando para vivir, acaba hastiado de lo que le cuentan, porque Uno tiene la insana costumbre de pensar y de analizar los hechos, lo que oye, lo que lee, lo que le dicen,  lo que le comentan, lo que ve con sus ojos y lo que siente.

            Y cuando Uno va camino del trabajo, piensa en lo que le han dicho momentos antes en la radio y no tiene más remedio que cabrearse, porque la inteligencia de Uno, que ha nacido con ella y que le ha engordado con los años, se le rebela cuando piensa que le están engañando, o que lo están intentando. Y él, o sea, Uno, esta harto de dejarse engañar.

            Y Uno se siente como un mirlo rodeado de una bandada de águilas con las uñas afiladas, dispuestas a caer sobre él al menor descuido.

            Y sabe que su trabajo pende de un hilo, tan fino como el que sujetaba el supuesto telón de ladrillo donde se dibujaba un presente y se auguraba un futuro de riquezas y comodidades y que ha resultado ser un telón de fina gasa podrida, que se ha hecho jirones en cuanto que ha soplado una ligera brisa.

            Y el mismo Uno esta cansado de oír sandeces pronunciadas por los políticos gobernantes a los que se les escapa de las manos el país. Disculpas, evasivas, “esto es una situación mundial”, “ nosotros nos lo encontramos así”…

            Y Uno esta más harto todavía de oír a los políticos de la oposición culpar al gobierno, cuando ellos tienen al menos el mismo porcentaje de culpa y encima están dando gracias al altísimo porque a ellos no les ha tocado lidiar con este toro. Porque no olvidemos que la oposición de hoy fue ayer gobierno y promovió las leyes para que cualquier trozo de esta tierra pudiese ser urbanizable, contribuyendo a que en cualquier parte se levantaran telones de ladrillo-gasa podrida.

            Y uno se desespera cuando oye que el gobierno pone en manos de los usureros el dinero de muchos Unos para tapar los agujeros que han producido ellos mismos al valorar la gasa podrida como seda. Y uno ha perdido ya la pista de ese dinero que uno mismo ha aportado y no sabe donde esta.

            Y Uno se indigna cuando recuerda los golpes recibidos hace muchos años, cuando se luchaba en la calle por el derecho al trabajo digno y ahora ve como nadie sale a defender sus derechos. Pero Uno entiende que nadie salga, cuando ve que los sindicatos se han convertido en meros instrumentos del poder para controlar a los trabajadores y no para educarlos y defender sus derechos.

            Y Uno llega al trabajo y se deja la piel durante diez horas y vuelve a casa, vuelve a su isla cansado, y se acuesta y sueña……..

            Uno sueña que se encuentra con otro que también piensa y que encuentra a otro más, y que se les unen muchos Unos y que con el esfuerzo de todos derriban todo lo malo para volverlo a construir de nuevo y que pasan de los políticos hipócritas y maliciosos y levantan un nuevo mundo basado en el respeto, en el trabajo y en la solidaridad…….

            Y el sueño se le rompe a las cinco y media de la mañana y uno se levanta de la cama y deja el sueño en la almohada con la esperanza de encontrarlo de nuevo a la noche siguiente.



                                            

Aniversario

Puntuación:

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Tú bajabas por la calle de la cuesta, esa que lleva hasta el mercado y que desciende mansa, con su empedrado brillante de haber pasado siglos de gentes por encima de sus piedras.

Yo estaba sentado en un escañil, jugando a las taba con mis amigos y te vi paseando tus apenas catorce años recién cumplidos, con tu coleta alta meciéndose a cada paso, tus pechos recién estrenados, tus caderas escondidas tras los anchos pliegues de aquél vestido azul. Al pasar me miraste y sentí que me moría, pero cuando sonreíste me volvió la vida, la calle se iluminó y solo te veía a ti y solo oía tus pasos sobre el empedrado.

 

Dejé a mis amigos allí sentados y caminé tras de ti, ansioso por mirar de nuevo tu cara, pero avergonzado de seguirte. Entraste en el mercado y te paraste en el puesto de las flores, yo me di la vuelta para verte, escondido tras un puesto de fruta. No había flor en aquel puesto que igualara tu belleza, es imagen se me quedó grabada en la memoria junto con el olor de los melocotones maduros que tenía frente a mi.

 

Ese olor me ha acompañado durante toda mi vida contigo, eres la única mujer a la que he amado, nunca amaré a nadie más porque tú me lo has dado todo.

 

Si alguna vez le he puesto cara a la felicidad, fue el día que nació nuestro hijo, fue al verte como lo mirabas mientras le ofrecías el pecho para que se alimentara cuando comprendí lo que significa el amor.

 

Hoy hace sesenta años que te vi por primera vez y te sigo mirando igual que lo hice aquél día, aunque aquél pelo negro ahora sea blanco como la nieve, aunque la tersura de tu piel se haya quedado a jirones en cada día que hemos vivido juntos y las arrugas sean las cicatrices del tiempo.

 

Aunque te hable y no me respondas, aunque me mires con las pupilas perdidas en el tiempo y la distancia entre nosotros sea insalvable. Aunque a veces me confundas y no reconozcas mi rostro.

Siempre serás mi amor eterno.

 



                                            

El Club

Puntuación:

            Le habían dicho que aquél club era lo más de lo más, que pertenecía a él toda la gente guapa de Marbella. Y él, que no quería ser menos que nadie y que un golpe de suerte con la lotería le había puesto en su casa, no quería despreciar la invitación del destino para codearse con la flor y nata de la sociedad marbellí.

            Parecía un pollito pera, elegante y pinturero camino de la finca a las afueras donde le habían dicho que estaba el selecto club. Atravesó la puerta que franqueaba la entrada a un lujoso hall y se dirigió al mostrador de madera noble que presidía la estancia donde una bellísima señorita le recibió con una espléndida sonrisa.

            La simpática señorita le informó que la cuota de inscripción en el club era de seis mil euros y que la cuota mensual era de dos mil, eso le daba derecho a disfrutar de todos los servicios del club. Sin mediar palabra le entregó a la chica la tarjeta de crédito de un color dorado recién estrenada, y tras rellenar una ficha de inscripción y firmar el recibito de la tarjeta, tomo en su mano una llave que le entregó la señorita, la llave de su taquilla y una cartulina muy decorada con las normas del club a la vez que le mostraba el camino hasta los vestuarios.

            Él como buen español, que tenemos la sana costumbre de no leer nunca las instrucciones de los electrodomésticos, ni de ningún aparato que caiga en nuestras manos, no se iba a leer las parrafadas que ponía en aquél panfleto, ¡¡a él le iban a dar instrucciones para usar un club!!

            Cual fue su asombro, cuando una vez se hubo cambiado en el vestuario intentó salir al exterior con sus zapatillas de plástico de marca, su bañador tipo bermuda de mil colores y su toalla del Real Madrid echada sobre el hombro, y se encontró haciendo guardia en la puerta del vestuario que daba a las dependencias internas, a un armario ropero de dos metros de alto, completamente desnudo que tras mirarle de arriba abajo le dijo:

             “¿El señor es nuevo en el club?”

            A lo que él respondió con un tímido “si”. Intentando dejar de mirar el tremendo cirio que colgaba entre las piernas del cancerbero.

            “Señor, en las instrucciones indica claramente la prohibición de circular por las dependencias del club vestido, lo habitual en un club nudista”.

            Dio media vuelta más pálido que los pollos de un supermercado, llegó a su taquilla se desprendió del bañador y la toalla y solo calzado con las zapatillas de plástico de marca, se dispuso a salir de nuevo pensando que una vez que había pagado esa pasta por estar allí, no le iba a echar para atrás ir en pelotas, además que si los ricos de Marbella lo hacían él porqué no iba a hacerlo, si también lo era.

            Lo primero que hizo fue dirigirse a la piscina y nada más entrar en el recinto pasó delante de sus ojos una mujer de las que cortan la respiración, una morenaza con un cuerpo de escándalo que hizo que sin remedio, su entrañable amigo que vivía en los bajos de su vientre tuviese lo que suele llamarse una iniciativa  propia e incontrolada que le hizo azorarse e intentar sin mucho éxito tapar con las manos el exceso de carne que se le había desarrollado.

            La chica, a la vista del calentón se acercó a él con una pícara sonrisa en los labios diciéndole:

            ¿Ha llamado el señor?

            Con la cara más roja que un tomate solo acertó a decir “Yo, no….yo…”, a lo que la morenaza contestó:

            “¿El señor es nuevo en el club?, se ve que si, las instrucciones explicaban que si un cliente en la piscina tiene una erección, tenemos que acudir en auxilio y proporcionarle placer, así que acompáñeme por favor”. Y llevándolo de la mano a un reservado le hizo conocer los siete pilares de la sabiduría sexual.

            Algo cansado por el ejercicio, con una sonrisa de oreja a oreja , pensando en lo macho que era y lo alto que había dejado el pabellón de su pueblo, se dirigió a la sauna. Tuvo que aguzar la vista para orientarse dentro de la neblina que imperaba en aquél sitio, se topó con un banco y al ir a sentarse se le escapó un sonoro pedo.

            Al instante se acercó a él una mole oscura que atravesó la espesa niebla hasta pararse a dos palmos de su cara. Era un negro cuatro por cuatro, con un péndulo que le golpeaba en las rodillas mientras caminaba y que con una blanca sonrisa le decía.

            ¿Ha llamado el señor?

            A lo que urgentemente balbuceó “Yo, no…. yo”.

            “¿El señor es nuevo en el club?, se ve que si, las instrucciones explicaban que si un cliente en la sauna se tira un pedo, tenemos que acudir en auxilio y proporcionarle placer, así que acompáñeme por favor”.

            Mareado, con el sabor metálico del miedo en la boca y agarradito de la mano del negro, le siguió hasta una reservado donde ………………… lo peor.

            Entre dolores traseros y andando como si se hubiese bajado de un caballo, se vistió y con lágrimas en los ojos se acercó a la chica del mostrador de la recepción.

            “Tenga usted señorita, le devuelvo la llave de la taquilla, quédese con la cuota y la primera mensualidad pero déme usted de baja en el club”.

            “Pero señor, si no le ha dado tiempo a disfrutar de todos los servicios que el club le ofrece”, le respondió la recepcionista.

            Con voz trémula le respondió nuestro amigo.

            “Mire guapa, tengo sesenta años, me empalmo una vez a mes y me tiro, como poco, siete pedos al día. Como comprenderá no me interesa”.



                                            

Mírame a los ojos......

Puntuación:

 

           ¡Mírame a los ojos y dime que no me has engañado!.

 

            Él, desesperado buscaba los ojos para mirarlos y decirle que la amaba, que jamás la había engañado, que nunca había existido ninguna mujer que no fuese ella. Que desde que la conoció su vida se había llenado de luz, que había despertado en él un sentimiento que nunca antes había conocido. Que la añoraba aún sabiendo que estaba cerca, que su angustia solo terminaba cuando la tocaba.

             Quería decirle que no podía imaginar la vida sin ella pero no pudo decir nada, se quedó parado en el centro del salón, con los brazos extendidos, en la mano izquierda una flor que había cortado para ella, en la derecha el bastón blanco con el que tanteaba el aire buscándola.



                                            

Willy, el holandés.

Puntuación:

            Hace años me propuse hacer algo que llevaba queriendo hacer desde mi juventud y que por una causa o por otra no había visto el momento de hacer, El Camino de Santiago.

            Hay momentos en la vida de un hombre que es necesario encontrarse con uno mismo, conversar con el yo interior y terminar de conocerse y ese momento había llegado. Además quería hacerlo solo, sin ninguna compañía que me distrajese del propósito que me había llevado a tomar esa decisión, no era una decisión por motivos religiosos, en absoluto, me declaro ateo de cuerpo entero, era un motivo personal.

            Disponía de una semana de vacaciones en el mes de mayo, con ese escaso tiempo no podía atreverme con el Camino entero por lo que decidí comenzar en Ponferrada y acabar en Santiago.

            Salí de Madrid en un autobús a las diez de la noche y llegué a Ponferrada a las cuatro de la madrugada, como era una hora demasiado intempestiva para comenzar me dirigí a la catedral con la confianza de que a una hora más prudente podría coincidir con otras gentes que salieran del albergue de peregrinos. Me causaba respeto el no encontrar fácilmente las señales del Camino y pensaba que aprovechando la compañía de otros podría por lo menos salir de Ponferrada sin perderme, con la intención de a partir de ahí seguir en solitario.

            A las seis de la mañana ya estaba harto de esperar sentado a la puerta de la catedral sin que asomase ni un alma por los alrededores, por lo que decidí ponerme en marcha con mi macuto cargado a la espalda, mi bordón, mi sombrero y mi mapa de la etapa dentro de una bolsita de plástico colgada al cuello.

            Fui siguiendo las señales que a modo de conchas metálicas estaban incrustadas en el suelo de piedra y que me llevaron por un vericueto de calles estrechas hasta desembocar en el puente del Sil, el cual atravesé para ascender por la pendiente que lleva a la antigua central térmica de Compostilla, a partir de ahí comencé a sentir la soledad, atravesé bajo la autovía por un túnel y seguí camino hacia Columbrianos, cuando llegué a ese pequeño pueblo tuve que sentarme en un poyete a descansar, tenía ganas de tomarme un café pero no encontré ningún sitio abierto, por lo que decidí tomarme una barrita energética que llevaba conmigo y seguir camino hasta Camponaraya.

            La primera etapa del Camino es la peor y más para un hombre de ciudad al que a pesar de gustarle mucho el campo y de haber hecho senderismo en su juventud, hacía años que no tenía la costumbre de andar. Me había estado preparando durante un tiempo, pero muy escaso a la vista de los resultados si el cansancio se apoderaba de mis piernas en los primeros tramos.

            El Camino no entra en Camponaraya, lo bordea por el exterior, lo que hizo que mi idea de un desayuno caliente se esfumara, no estaba dispuesto a salirme del sendero ni un metro. Iba bien pertrechado con unas buenas botas de trekking y calcetines de fibra y sin costuras, si hay enemigo del caminante son los calcetines de lana y las costuras que destrozan los pies. Pero contra el cansancio no hay botas que valgan, me dolían los pies y las piernas, los músculos gemelos de las pantorrillas me ardían cuando llegué a una gasolinera que estaba situada cerca de la autovía. Allí tomé un café de máquina que me sentó de maravilla y un bollo de chocolate que me dio fuerzas para seguir adelante.

            Crucé la autovía por un puente y me detuve unos instante en una cruz de piedra a la derecha del camino, en su base un cono formado por las piedras que van dejando los peregrinos que pasan por allí, dejé la mía y seguí adelante por el sendero que se adentraba entre las viñas camino de Cacabelos, cuando hube recorrido un par de kilómetros el dolor de pies se volvió insoportable, pero aguanté, las casas de Cacabelos se veían a lo lejos y lo que deseaba era llegar cuanto antes para buscar el albergue y descansar.

            Entré en Cacabelos cojeando, no podía más, pregunté donde estaba el albergue y me dirigí hacia allí. Cuando llegué a la puerta me recibió una chica que me preguntó que me pasaba, le dije que necesitaba agua caliente y sal para los pies, explicándole que era el primer día de Camino, lo que entendió al momento, me instaló en una pequeña habitación donde había dos literas, me dijo que me quitase las botas y me trajo una palangana con agua caliente y un paquete de sal gorda.

            Yo no se lo que es la gloria pero el momento de meter los doloridos pies en el agua tiene que ser parecido, que sensación de alivio tan grande. Me tumbé en una de las literas y poniendo a los pies del catre el macuto puse las piernas en alto para que la hinchazón me bajase. Al instante me quedé dormido.

            Me despertó un ruido, cuando abrí los ojos vi a un pequeño hombrecillo con barba que me sonreía y me extendía la mano para saludarme, le estreché la mano y me dijo con acento extranjero que le perdonara por hacer ruido, a lo que yo contesté que estaba bien haberme despertado pues tenía que continuar camino hacia Villafranca del Bierzo. Miré el reloj y vi que eran las dos de la tarde lo que me preocupó ya que no sabía el tiempo que me habría de llevar el camino hasta Villafranca y no quería que se me hiciese de noche.

            Me calcé de nuevo las botas y bajé al salón del albergue, la chica me preguntó por mis pies a lo que le respondí que estaban perfectamente gracias a ella, me devolvió una amplia sonrisa. Allí estaba el hombrecillo sentado en una mesa fumando de una cachimba y dejando un aroma a vainilla en la sala. Me invitó a sentarme con él y comenzamos a hablar. Su castellano era muy rudimentario pero se le entendía bien, me dijo que él estaba de vuelta de Santiago lo que me sorprendió.

            Le pregunté donde se podía comer y me dijo que él se disponía a ir a comer en aquél momento y que sentiría muy honrado si le acompañaba. Salimos del albergue y nos dirigimos a un pequeño restaurante dos calles más abajo donde daban menú de peregrino. Cuando comenzamos a andar me di cuenta de que cojeaba de la pierna derecha, observé que tenía la pierna unos cinco centímetros más corta que la otra, que compensaba con una sobresuela.

            Sentados a la mesa y ante un plato de sopa de verdura nos presentamos, se llamaba Willy y era holandés, me dijo que era la cuarta vez que hacía el Camino, cuando le pregunté porqué cuatro veces me contó su historia.

            Willy era jubilado, tenía sesenta años y era viudo, vivía en una pequeña ciudad de nombre impronunciable cerca de La Haya donde había trabajado durante toda su vida, había sido director de una fábrica de componentes electrónicos hasta que se jubiló.

            Durante años su mujer había estado recopilando información sobre el Camino de Santiago, ella era licenciada en Historia y tenía pasión por el Camino y su significado, por los monumentos y por las ciudades que atravesaba, lo conocía todo sobre Santiago y su mayor ilusión era hacer el Camino, pero no pudo hacerlo, el trabajo de él no le permitía distraer más que unos días de vacaciones que no eran suficientes además a él le acobardaba su minusvalía, no se atrevía a caminar por el campo.

            Enfermó de cáncer y falleció sin haber cumplido su deseo, Willy siguió con su vida en soledad echándola mucho de menos. Un año después de su muerte se despertó una noche sobresaltado, empapado en sudor, se encontraba mal, parecía que le faltaba el aire. Se levantó de la cama y se fue al salón, me contó que sin saber porqué se sorprendió ojeando un libro sobre el Camino de Santiago que su mujer había pedido a una librería española.

Lo consideró una señal, llegó a un acuerdo con la empresa, se jubiló y se puso a caminar, hizo tres veces el Camino Francés desde Roncesvalles a Santiago y cuando yo lo conocí había hecho el Camino por la Ruta de la Plata, desde Sevilla a Santiago y ahora volvía a su casa.

 

Me dijo que cuando estaba en el Camino la pierna no le molestaba, no le dolía, que cuando estaba en su ciudad era otra persona, salía poco, caminaba menos y se dedicaba a continuar los estudios que su mujer tenía comenzados sobre el Románico del Camino.

 

Y por fin me dijo algo se me quedó para siempre grabado. “Cuando llegas a Santiago es cuando comienza el verdadero Camino”.

 

Me despedí de Willy a la puerta del albergue de Cacabelos y llegué a Villafranca antes de que se pusiera el sol, conocer la historia de ese hombre me dio fuerzas para andar por el sendero y seguir haciendo etapas, conociendo gente y sitios maravillosos.

Pero eso es otra historia.

 



                                            

MI VENTANA, OCUPADA

Puntuación:

            Durante varias semanas mi ventana ha estado ocupada por una viejecita que se pasaba las horas sentada en un sillón, mirando la calle y recibiendo el calor del sol que entraba por los cristales. Sentada frente a mi ventana vio como la nieve comenzó a caer un sábado por la mañana y sonrió al ver como los copos caían con lentitud. Con la mirada perdida en la distancia y en el tiempo.

 

            Hubiera dado todo lo que tengo por saber que pasaba en esos momentos por su cabeza, quizás recordaba un domingo hace muchos años cuando mi padre nos llevó en un autobús a Navacerrada para que conociéramos la nieve. Pero es imposible saberlo porque aunque se lo hubiese preguntado, no me habría contestado. Una nube de confusión se había alojado en su cabeza en muy poco tiempo, una nube que era presagio de una gran tormenta en su interior. A pesar de eso, la vi sonreír mientras nevaba.

 

            Tantas cosas me han quedado sin saber de ella, tantas cosas le habría preguntado, tantas horas que me ha robado la urgente vida cotidiana que hubiese utilizado para hablar con ella.

 

            Ahora mi ventana esta vacía, mi viejecita se ha ido con su gran amor, que llevaba veinte años esperándola, se ha ido sin hacer ruido ni estridencias, como una pavesa que revolotea en silencio a merced de las corrientes de aire. Solo hicieron falta unos minutos para que su corazón se parara, cansado de latir en soledad, en la ausencia del latido acompasado del corazón que ella amaba.

 

            Han pasado unos días y de nuevo me he sentado frente a mi ventana, porque a pesar de todo la vida sigue, y abajo, en la calle, la gente camina, espera el autobús bajo la marquesina roja, los coches pasan y los perros ladran. Y a mi me espera esa barrita negra, parpadeante, dentro de una hoja en blanco para que escriba lo tengo dentro de mi.

 

                                                                                                          A mi madre.

 



                                            

UN GRADO BAJO CERO

Puntuación:

Estoy sentado de nuevo tras la ventana, la calle esta llena de luces irregulares que juegan con las sombras envolviéndolo todo en un halo anaranjado. Los árboles de hoja perenne muestran sus elegantes y recortados vestidos frente a otros que muestran su desnudez sin pudor. La calle esta dividida en dos por una estrecha acera de ladrillos rojizos y sembrada de una hilera de palmeras.

Hace frío, la gente camina deprisa con el cuello encogido y los abrigos bien cerrados, mirando al suelo, apresurados por llegar a su destino donde seguramente les aguardará el calor.

Los coches pasan despacio, coartado su caminar por dos semáforos que alternan sus colores asíncronos, cuando el de más acá se ilumina de verde, el de más allá se vuelve rojo; pareciera que un inquieto y burlón bufón jugase con ellos a capricho.

Frente a mi ventana, al otro lado de la calle la parada del autobús de chapa roja y cristales protege a las gentes que esperan regresar a sus casas lo antes posible. Se mueven inquietos bajo la marquesina de cristal, volviendo la mirada en dirección hacia donde aparecerá la gran ballena verde que habrá de transportar en el vientre la carga de cansancio.

En un rincón tras de la cápsula de cristal una pareja se mira a los ojos, son un chico y una chica jóvenes que  hablan mientras se funden en un abrazo inquieto, ella apoya la cabeza en el pecho de él, mientras él le acaricia el pelo. El autobús con su caminar lento avanza hacia ellos. Mientras se besan llega a su altura, abre la puerta delantera y la gente comienza a subir, ellos siguen abrazados hasta que la última persona sube el primer peldaño.

La chica separa su cuerpo del cuerpo del muchacho quién le mantiene sujeta por la mano, se acerca a la puerta mientras las palmas se deslizan aprovechando un último contacto.

El autobús cierra sus puertas e inicia la marcha dejando al chico en la acera con la mirada clavada en la enorme masa que se aleja. Se sube el cuello del abrigo, da media vuelta y camina calle abajo alejándose de mi ventana. En una esquina, sobre un cartel que anuncia una peluquería, un termómetro digital marca con lucecitas rojas un, grado bajo cero.

Vuelvo la cabeza y fijo la mirada en la pantalla, frente a mi una hoja virtual en blanco, en el extremo superior izquierdo un palito negro vertical parpadea esperando la primera letra.



                                            

OJO CON LO QUE DECIMOS

Puntuación:

¿Habéis leido “Muerte en Venecia” de Tomas Mann? ¿Os ha gustado?.

¿Habéis leído “El muchacho Persa” de Marie Renaud? ¿Os ha gustado?.

¿Habéis leído “La flaqueza del bolchevique”, de Lorenzo Silva? ¿Os ha gustado?

¿Habéis leído “Malena es nombre de Tango”, de Almudena Grandes? ¿Os ha gustado?

¿Habéis leído “La ninfa inconstante”, de Guillermo Cabrera Infante? ¿Os ha gustado?

¿Habéis leído a Henry Miller, Anaís Nin, Pablo Neruda, Antonio Machado, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Emil Zola, Elfriede Jelinek, Gore Vidal, Vladimir Nabokov, Ángeles Mastretta, John Steinbeck, Naguib Mahfuz, Paúl Bowles…………..?

¿De veras os han gustado?.

Pues por favor, ¿de qué estamos hablando?.

Dejadme que os cuente una pequeña historia.

            Yo tuve profesor en el colegio que nos daba clases de Filosofía y Literatura, éramos chicos de 15 ó 16 años, que estudiábamos sexto de bachillerato. Era una persona con una cultura extraordinaria, durante el curso que dimos con él, jamás tuvo que recurrir al castigo ni a la violencia verbal ni física para mantener el orden en su clase porque cuando comenzaba a hablar, era tal el halo de conocimiento y sabiduría que desprendía que nos quedábamos todos callados escuchándole. Él me enseñó a amar la literatura y a comprender la Filosofía, a analizar un texto y desmenuzarlo hasta extraerle el jugo y por lo tanto el pensamiento del autor.
Don Antonio que así se llamaba, era de Granada, había llegado a Madrid el año anterior y vivía solo. Algunos sábados por la tarde nos juntábamos cuatro o cinco alumnos suyos y nos íbamos a su casa, nos invitaba a merendar y nos leía fragmentos de obras inmortales, comentábamos los textos y hablábamos, hablábamos de todo. Don Antonio contribuyó a que fuésemos mejores.
Uno de nuestros compañeros, un niño de papá, bastante caprichoso y salvaje, un consentido, comenzó a sentirse desplazado porque no estaba en el círculo de los que íbamos a casa de don Antonio. Se lo contó a sus padres, y su madre empezó a extender entre los padres de algunos alumnos el bulo de que ese hombre era “raro”.
Días después nos interrogó el director del colegio, le dijimos lo que sucedía los sábados por la tarde cuando íbamos a casa de don Antonio, y nos ordenó que no fuésemos más.
Un mes más tarde nos cambiaron al profesor de Filosofía y Literatura.
Me podría extender más en los detalles de todo lo que se montó por aquella causa y del infierno que supuso para ese hombre. Pero no merece la pena. 
Lo que si tenemos que estar atentos es sobre el peligro que puede suponer hacer valoraciones gratuitas sobre las personas, eso si me da verdadero miedo.



                                            

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