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Hace años me propuse hacer algo que llevaba queriendo hacer desde mi juventud y que por una causa o por otra no había visto el momento de hacer, El Camino de Santiago.
Hay momentos en la vida de un hombre que es necesario encontrarse con uno mismo, conversar con el yo interior y terminar de conocerse y ese momento había llegado. Además quería hacerlo solo, sin ninguna compañía que me distrajese del propósito que me había llevado a tomar esa decisión, no era una decisión por motivos religiosos, en absoluto, me declaro ateo de cuerpo entero, era un motivo personal.
Disponía de una semana de vacaciones en el mes de mayo, con ese escaso tiempo no podía atreverme con el Camino entero por lo que decidí comenzar en Ponferrada y acabar en Santiago.
Salí de Madrid en un autobús a las diez de la noche y llegué a Ponferrada a las cuatro de la madrugada, como era una hora demasiado intempestiva para comenzar me dirigí a la catedral con la confianza de que a una hora más prudente podría coincidir con otras gentes que salieran del albergue de peregrinos. Me causaba respeto el no encontrar fácilmente las señales del Camino y pensaba que aprovechando la compañía de otros podría por lo menos salir de Ponferrada sin perderme, con la intención de a partir de ahí seguir en solitario.
A las seis de la mañana ya estaba harto de esperar sentado a la puerta de la catedral sin que asomase ni un alma por los alrededores, por lo que decidí ponerme en marcha con mi macuto cargado a la espalda, mi bordón, mi sombrero y mi mapa de la etapa dentro de una bolsita de plástico colgada al cuello.
Fui siguiendo las señales que a modo de conchas metálicas estaban incrustadas en el suelo de piedra y que me llevaron por un vericueto de calles estrechas hasta desembocar en el puente del Sil, el cual atravesé para ascender por la pendiente que lleva a la antigua central térmica de Compostilla, a partir de ahí comencé a sentir la soledad, atravesé bajo la autovía por un túnel y seguí camino hacia Columbrianos, cuando llegué a ese pequeño pueblo tuve que sentarme en un poyete a descansar, tenía ganas de tomarme un café pero no encontré ningún sitio abierto, por lo que decidí tomarme una barrita energética que llevaba conmigo y seguir camino hasta Camponaraya.
La primera etapa del Camino es la peor y más para un hombre de ciudad al que a pesar de gustarle mucho el campo y de haber hecho senderismo en su juventud, hacía años que no tenía la costumbre de andar. Me había estado preparando durante un tiempo, pero muy escaso a la vista de los resultados si el cansancio se apoderaba de mis piernas en los primeros tramos.
El Camino no entra en Camponaraya, lo bordea por el exterior, lo que hizo que mi idea de un desayuno caliente se esfumara, no estaba dispuesto a salirme del sendero ni un metro. Iba bien pertrechado con unas buenas botas de trekking y calcetines de fibra y sin costuras, si hay enemigo del caminante son los calcetines de lana y las costuras que destrozan los pies. Pero contra el cansancio no hay botas que valgan, me dolían los pies y las piernas, los músculos gemelos de las pantorrillas me ardían cuando llegué a una gasolinera que estaba situada cerca de la autovía. Allí tomé un café de máquina que me sentó de maravilla y un bollo de chocolate que me dio fuerzas para seguir adelante.
Crucé la autovía por un puente y me detuve unos instante en una cruz de piedra a la derecha del camino, en su base un cono formado por las piedras que van dejando los peregrinos que pasan por allí, dejé la mía y seguí adelante por el sendero que se adentraba entre las viñas camino de Cacabelos, cuando hube recorrido un par de kilómetros el dolor de pies se volvió insoportable, pero aguanté, las casas de Cacabelos se veían a lo lejos y lo que deseaba era llegar cuanto antes para buscar el albergue y descansar.
Entré en Cacabelos cojeando, no podía más, pregunté donde estaba el albergue y me dirigí hacia allí. Cuando llegué a la puerta me recibió una chica que me preguntó que me pasaba, le dije que necesitaba agua caliente y sal para los pies, explicándole que era el primer día de Camino, lo que entendió al momento, me instaló en una pequeña habitación donde había dos literas, me dijo que me quitase las botas y me trajo una palangana con agua caliente y un paquete de sal gorda.
Yo no se lo que es la gloria pero el momento de meter los doloridos pies en el agua tiene que ser parecido, que sensación de alivio tan grande. Me tumbé en una de las literas y poniendo a los pies del catre el macuto puse las piernas en alto para que la hinchazón me bajase. Al instante me quedé dormido.
Me despertó un ruido, cuando abrí los ojos vi a un pequeño hombrecillo con barba que me sonreía y me extendía la mano para saludarme, le estreché la mano y me dijo con acento extranjero que le perdonara por hacer ruido, a lo que yo contesté que estaba bien haberme despertado pues tenía que continuar camino hacia Villafranca del Bierzo. Miré el reloj y vi que eran las dos de la tarde lo que me preocupó ya que no sabía el tiempo que me habría de llevar el camino hasta Villafranca y no quería que se me hiciese de noche.
Me calcé de nuevo las botas y bajé al salón del albergue, la chica me preguntó por mis pies a lo que le respondí que estaban perfectamente gracias a ella, me devolvió una amplia sonrisa. Allí estaba el hombrecillo sentado en una mesa fumando de una cachimba y dejando un aroma a vainilla en la sala. Me invitó a sentarme con él y comenzamos a hablar. Su castellano era muy rudimentario pero se le entendía bien, me dijo que él estaba de vuelta de Santiago lo que me sorprendió.
Le pregunté donde se podía comer y me dijo que él se disponía a ir a comer en aquél momento y que sentiría muy honrado si le acompañaba. Salimos del albergue y nos dirigimos a un pequeño restaurante dos calles más abajo donde daban menú de peregrino. Cuando comenzamos a andar me di cuenta de que cojeaba de la pierna derecha, observé que tenía la pierna unos cinco centímetros más corta que la otra, que compensaba con una sobresuela.
Sentados a la mesa y ante un plato de sopa de verdura nos presentamos, se llamaba Willy y era holandés, me dijo que era la cuarta vez que hacía el Camino, cuando le pregunté porqué cuatro veces me contó su historia.
Willy era jubilado, tenía sesenta años y era viudo, vivía en una pequeña ciudad de nombre impronunciable cerca de La Haya donde había trabajado durante toda su vida, había sido director de una fábrica de componentes electrónicos hasta que se jubiló.
Durante años su mujer había estado recopilando información sobre el Camino de Santiago, ella era licenciada en Historia y tenía pasión por el Camino y su significado, por los monumentos y por las ciudades que atravesaba, lo conocía todo sobre Santiago y su mayor ilusión era hacer el Camino, pero no pudo hacerlo, el trabajo de él no le permitía distraer más que unos días de vacaciones que no eran suficientes además a él le acobardaba su minusvalía, no se atrevía a caminar por el campo.
Enfermó de cáncer y falleció sin haber cumplido su deseo, Willy siguió con su vida en soledad echándola mucho de menos. Un año después de su muerte se despertó una noche sobresaltado, empapado en sudor, se encontraba mal, parecía que le faltaba el aire. Se levantó de la cama y se fue al salón, me contó que sin saber porqué se sorprendió ojeando un libro sobre el Camino de Santiago que su mujer había pedido a una librería española.
Lo consideró una señal, llegó a un acuerdo con la empresa, se jubiló y se puso a caminar, hizo tres veces el Camino Francés desde Roncesvalles a Santiago y cuando yo lo conocí había hecho el Camino por la Ruta de la Plata, desde Sevilla a Santiago y ahora volvía a su casa.
Me dijo que cuando estaba en el Camino la pierna no le molestaba, no le dolía, que cuando estaba en su ciudad era otra persona, salía poco, caminaba menos y se dedicaba a continuar los estudios que su mujer tenía comenzados sobre el Románico del Camino.
Y por fin me dijo algo se me quedó para siempre grabado. “Cuando llegas a Santiago es cuando comienza el verdadero Camino”.
Me despedí de Willy a la puerta del albergue de Cacabelos y llegué a Villafranca antes de que se pusiera el sol, conocer la historia de ese hombre me dio fuerzas para andar por el sendero y seguir haciendo etapas, conociendo gente y sitios maravillosos.
Pero eso es otra historia.