Recorrido
Llegué al hotelillo con mi camisa blanca llena de sangre, tierra y sudor. Jadeando. Subí como pude las escaleras. Abrí la puerta del cuarto. Él estaba ahí recargado en la ventana. He venido a matarte, pero ya estoy cansado, diste buena pelea, por hoy te has salvado la vida. Me da una palmada en el hombro izquierdo y sale del cuarto, sonriendo. Se va y sigo respirando aceleradamente. Enjuago la camisa en el lavabo. Desde el espejo me mira una mujer despeinada y desconocida pero que ansía tener limpia su camisa blanca aunque sus rodillas sean dos maracas desafinadas.
El pantalón negro y el azul en el fondo de la maleta. La ropa interior en los costados. Dos pares de zapatos negros, las sandalias de baño. Cuatro libros, mi cuaderno de notas y plumas. Siete camisas blancas, almidonadas y planchadas. Ese es mi ajuar por estos dos días.
Blancas. Las camisas tienen que ser blancas. De algodón. Siete. Una para usarla por la mañana. Regresar al hotel a cambiarme. Salir por la tarde. De nuevo hacer escala y mudar de camisa otra vez. Café por la noche en los Azulejos. Lo mismo al día siguiente. Una más para el vuelo de regreso. Ya en mi ciudad las lavaré. Las pondré a remojar en agua fría con un poco de Vanish. Herviré jabón y se quedarán en él toda la noche. Al día siguiente lavarlas a mano, delicadamente. Dejarlas secar y después almidonarlas. Plancharlas como si fueran de acero inoxidable.
Él estaba ahí mientras tomaba mi café. Se puso de pie, volteó a verme y hablando por celular dijo algo que no alcancé a entender. Escribió algo en la servilleta y la dejó en la mesa. Se fue. Leí el mensaje y salí a mi cita. Empezaron a perseguirme desde la esquina del Saratoga. Apresuré el paso y comencé a sudar. La camisa comenzó a pegarse a mi piel y a marcársele manchas de sudor. La distancia entre los hombres y yo se acortaba entre más aceleraba mis pasos.
Caminé por la ciudad sin mapa, con una guía a la inversa. Me seguían y marcaban mi travesía como si adivinaran mi siguiente paso. Nada los sorprendía. Bajé desde Chapultepec hasta Bellas Artes. Me dirigí a la Villa de Guadalupe pretendiendo confundirme entre la gente y de ahí se me ocurrió irme a Tepito. Del comal salté a la lumbre. Me interné en su madriguera. Los seguidores se multiplicaron. Tropecé y caí en un charco de lodo, aceite de coche, aceite de cocinar y pañales usados.
Me levanté y seguí. Entonces sacaron una pistola. Apuntaron en mi dirección. Corrí. Tumbé la mercancía de un puesto de discos compactos piratas. Se encajaron las orillas en uno de mis muslos. Las manos grasosas del dueño se posaron en mi ropa, reclamándome. Se quedaron marcadas en mis hombros. Me zafé como pude para no dar espacio a que me alcanzaran. Seguí caminando sin voltear hacia atrás.Entré a un callejón sin salida.
Una malla ciclónica se convirtió en un reto transparente. Mi lagartija interior escogió ese momento para reencarnar. Subí sin darme cuenta que tenía heridas en las manos y el cuello. La sangre marcó los puños de mi ropa, perdí una de mis mancuernillas de plata..La ciudad se convirtió en carrera de obstáculos. En algún momento dejé de sentir mis pies. Sólo el impulso de seguirme moviendo me acompañaba. La transpiración de mi cuerpo se volvió pintura del Caballito tiñendo mi camisa de rosa añejo. La adrenalina contrajo mis músculos proveyéndome de una fuerza inaudita.
Caminar, caminar, caminar. Huir, huir, huir. Un impulso imprudente me hizo volver la vista atrás. Una mirada de reojo nada discreto. Ya no estaban. Por fin conseguí perderlos entre tantas vueltas y cambios de dirección. Detrás de mi cabello despeinado y sudoroso, mis ojos volvieron a ver el letrero del hotel. Me sentí en sitio seguro. Aunque sólo pensaba en recoger mi maleta, convencí a la empleada de que me dejara cambiarme. Necesitaba lavar mi ropa y huir. Después de una larga negociación accedió a que utilizara la misma habitación que había dejado por la mañana, porque aún no habían hecho el aseo.
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me ha encantado. felicidades y cre que seguiré atenta a esos textos.