CÓMO NO!

Viernes, 9 de Julio de 2010
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El sol inmisericorde calentaba mi cabeza haciendo que notara la raíz de mis cabellos húmeda y pegando a mi frente el flequillo, que yo apartaba hacia un lado con la mano que dejaba libre la cartera que portaba y que cambiaba de mano frecuentemente por el sudor que dejaba en mi costado, antebrazo y en la misma mano.

Hacía ya un buen rato que me había arrepentido de haber elegido los zapatos negros de tacón, que por otra parte eran los más adecuados para llevar con la falda blanca que en aquellos momentos se adhería a mis piernas y la camiseta negra de tirantes finos que dejaba al descubierto los hombros y buena parte de la espalda que poco a poco sentía tostarse bajo aquel sol de justicia del mes de julio. “Esto te pasa por presumida”, me regañaba a mi misma, mientras seguía caminando, intentando acelerar el ritmo y constatando que cada paso era más costoso y lento que el anterior.

Quizás había sido el primer error haberme citado con ella a aquella hora, las cinco de la tarde, un horario muy taurino, pero que ya ni en las corridas de toros se usa, pero era la primera cita en mucho tiempo y no pensé en lo inconveniente de la hora, solo en solventar lo antes posible aquella situación.

“Maldita sea, tenía que haber tomado un taxi, claro como esa hija de puta estará fresquita debajo del aire acondicionado, no le importaba la hora”, pensaba mientras se me calentaban no solo los sesos, si no también los ánimos.

Había recorrido medio Madrid en metro, pero la parada mas próxima al lugar de la cita me estaba pareciendo que estaba a una eternidad. Cuando llegué por fin y entré en el vestíbulo de recepción,  me acogió un frescor redentor. Me dirigí al coqueto mostrador donde una joven muy arreglada, envuelta en una rebeca azul, me dirigía su sonrisa comedida. “¿La señorita López?, por favor”, pregunte a la sonriente joven. “¿Tenía cita con ella?”, preguntó. “Si, a las cinco”. “Lo siento, hemos tratado de localizarla para que no viniera, pero no contestaba al teléfono, la señorita López ha tenido que salir por un asunto urgente y no podrá verla hoy ¿Puede venir mañana… a la misma hora?”.

Todo el calor, todo el cansancio, toda la sed se me agolparon en la cabeza y tuve ganas de saltar por encima del mostrador de aquella perra de culo congelado y agarrarla del pescuezo. No podía ser a las nueve de la mañana, no, tenía que ser a las cinco de la tarde. Hacía seis meses que no tenía trabajo y la prestación por desempleo estaba tocando a su fin, “No están las cosas como para desperdiciar ninguna oportunidad”, pensé.

“Cómo no”, respondí con mi mas dócil sonrisa, “Cómo no”.

Y salí de nuevo a la calle bajo el churruscante sol de la tarde de julio.

 

 

 

Fefi B.    Julio, 2010


La colina de Mont-Martre

Miercoles, 7 de Julio de 2010
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boulangerie

 

 Boulangerie en Mont-Martre

Autora: J. Bernáldez 

 

 La tarde comenzaba a caer  sobre los tejados de París y el maravilloso espectáculo era seguido por decenas de turistas extasiados, entre los que me encontraba, desde la explanada situada ante la bellísima basílica del Sacre Coeur, en lo alto de la colina de Mont Martre. Era  la primera vez que subía al barrio más bohemio y encantador de la cuidad de la luz y creo que me enamoró desde el mismo momento en que puse el pié fuera del funicular que sube desde la parte baja hasta la colina.

 

Después de visitar la basílica y maravillarme con su belleza, tanto por dentro como por fuera, nos dispusimos a recorrer las calles llenas de tiendas de souvenirs, pequeñas galerías de arte y encantadores restaurantes, que hacían que el barrio tuviera un aire diferente, como de fiesta perpetua, acabando mi primer recorrido en la famosa Place du Tertre.

 

Es en esta plaza donde los pintores realizan y venden su obra. Me sentía en casa, no quería bajar nunca más de aquella colina, veía a aquellos artistas trabajar y deseaba quedarme a compartir espacio e interés con ellos, acudir cada mañana con mi caballete, lienzos y pinturas y situarme en cualquier espacio a pintar.

 

Durante nuestra corta estancia en París volvimos a subir varias veces más, nuestro hotel se encontraba muy cerca y nos encantaba estar allí. La última vez que subimos hice algunas fotos con la intención de pintar algunos de aquellos preciosos locales, hasta ahora solo he pintado esta preciosa bulangerie y espero pintar más. Miro esas fotos una y otra vez mientras añoro regresar a Mont-Martre.

 

 

 

Fefi B.    Julio, 2010

 


EL DÍA DE LA MUJER... OTRA VEZ

Miercoles, 10 de Marzo de 2010
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Como cada año ha pasado, de nuevo ha llegado “El día de la mujer”.

¡¡¡Que bonito!!!

Nos felicitan solo por el hecho de ser mujeres, se habla de luchar por nuestra igualdad con los hombres, se hacen actos y fiestas, se hacen discursos donde se dice todo lo buenas que somos, lo abnegadas que somos, lo estupendas que somos…

BLA, BLA, BLA.

Claro que eso era ayer, día 8 de Marzo, hoy volvemos a nuestros “fogones” como cenicientas. Los políticos vuelven a olvidarse de nosotras, siguen permitiendo que haya mujeres en Asia que son vendidas por sus padres como animales, o sometidas a la ablación en África, o explotadas sexualmente contra su voluntad en infinidad de países, maltratadas y en demasiados casos muertas a manos de sus parejas en todo el mundo.

Y en general no teniendo los mismos derechos ni cuando trabajamos, ganando mucho menos por realizar el mismo trabajo que los hombres. Sería largo enumerar toda la discriminación que se comete contra las mujeres. 

Este año dicen que es el centenario de este día especial. ¡¡¡Cien años ya!!!. Pues no parece que sea para tanto, si en cien años aún están celebrando el “Día de la mujer”, será que no se ha logrado mucho ¿NO?. 

Lo cierto es que seguimos tan discriminadas, sometidas, maltratadas, explotadas, vilipendiadas, depreciadas y muchas otras cosas, aún menos bonitas como hace cien años. Sería mejor que nos pusiéramos de verdad a eliminar toda esta desigualdad en lugar de tantas felicitaciones. A ver si llegamos a eliminar de verdad las diferencias y no nos tienen que dedicar un día especial, como si fuésemos una especie a la que hay que proteger, como a las ballenas, el asno, las ranas y otras especies en extinción. 

Yo propongo que en lugar del “Día de la mujer”, se cambie por el “Día de la igualdad”.

O mejor aún, que no sea necesario recordar las diferencias, solo para el amor. 

Pero eso seguirá siendo toda una utopía, mientras siga habiendo hombres que ven en las mujeres una hermosa especie a proteger o un objeto para su uso y disfrute o una bestia de su propiedad y mujeres que se lo consientan.

 

 

Fefi B.    9 de Marzo, 2010


La nieve

Martes, 16 de Febrero de 2010
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Adaptación libre de la letra de la canción de Jose Luís Perales, a quién pido perdón por el atrevimiento.

 


 

 

Mirando como nieva se diría

Que fuera hace un frío de pelarse

Decídete mujer ponte las botas

Abrígate y vete pa  la calle

Abrígate y vete pa  la calle.

 

La nieve es

Un elemento chachi para pasear

Y patinar

Y practicar la caída libre.

 

La nieve es

En la ventana hermosa de mirar

Es ideal

Pa estar calentita en la cama.

 

Hasta los niños ya se han aburrido

De tirarse pelotitas de nieve

Este año tanta nieve ha caído

Que ni los resbalones me divierten

Que ni los resbalones me divierten

 

La nieve es

Para los esquimales ideal

Que pare ya

Que estamos en febrero.

 

Fefi B.   Febrero, 2010 


LA ASPIRANTE

Domingo, 24 de Enero de 2010
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Filomena salió de su casa y estiró los brazos mientras respiraba hondo el aire fresco de la tarde de invierno. Miró al cielo y pensó que no tardaría mucho en llover, quizás no había sido tan buena idea salir a correr, pero su cuerpo estaba tan acorchado después de tantas horas sentada delante del escritorio, que necesitaba estirar los músculos y despejar la mente, así que comenzó su recorrido habitual con una carrerita ligera.

Al pasar por delante del kiosco la saludó Toño.
-         ¿Dónde vas con este tiempo, Filo? Te vas a mojar.

Ella lo saludó con un gesto de la mano y una gran sonrisa. “Está bueno este Toño, tendré que averiguar si está “pillao”, pensó y siguió corriendo a medio gas, había que dosificarse y ella no pretendía correr en las olimpiadas.

A lo lejos vio al señor Manolo, el de la mercería, que salía a la calle con el pretexto de limpiar alguna huella en el escaparate o recoger un papel que algún niño descuidado había tirado delante de su tienda, pero en realidad Filo sabía que salía solo para verla y mirarle el culo mientras corría. “El viejo verde… este si que sabe apreciar unas buenas curvas”, pensó mientras aflojaba la marcha un poco e imprimía a sus caderas un poco más de vaivén y lo saludaba con una sonrisa picarona.

Llegó al parque por donde solía correr y comenzó su recorrido. Ya en la segunda vuelta unas gotas gordas y frías cayeron sobre su rostro.

“Vaya, me voy a mojar”. Pensó volver lo antes posible a casa, pero se sentía tan a gusto corriendo que continuó aún tres vueltas más, mientras la lluvia empapaba su pelo rizado y sus deportivos nuevos.

La vi desde mi ventana volver a casa con una sonrisa y un gesto de bienestar. Después de secarse volvió a su escritorio, acercó el temario y situó al lado el libro de la Constitución Española, por si tenía que consultar algo, y continuó estudiando.

“Mírala ahí, rema que rema, ésta llegará a funcionaria” pensé.

 

 

Fefi B.   Enero, 2010 

 


CORRER HASTA EL ARCO IRIS

Martes, 7 de Abril de 2009
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   Andaba yo por los cinco o seis años cuando oí por primera vez decir a alguna de mis amiguitas que si corría hasta ponerme debajo del Arco Iris me convertiría en niño. Creíamos, en nuestra tierna candidez, firmemente en aquella leyenda, superstición, o simplemente tontería, que me tuvo durante años deseando hacerme lo suficientemente mayor y fuerte como para poder correr tanto que alcanzase el Arco Iris. 

   Creo que, ya a tan corta edad, me daba cuenta perfectamente de la gran diferencia que había entre ser niña o niño. Veía el trato tan desigual dado a los varones, la gran cantidad de prohibiciones, tabúes y obligaciones que suponía la diferencia de sexo en una España donde la mujer estaba totalmente subordinada al hombre. En realidad no quería ser niño, lo que de verdad quería era ser considerada igual que ellos.

   Leí, no hace mucho, en el dominical de un periódico un artículo sobre las mujeres empresarias o con altos cargos de responsabilidad en empresas o en política. 

   Aparecían aquí mujeres de empresa como Amparo Moraleda, expresidenta de IBM España y actualmente responsable del área internacional de Iberdrola, Belén Amatriain, responsable de marketing de Telefónica en el mundo, sin olvidar a Ana Patricia Botín, presidenta de Banesto. Políticas como Carme Chacón, ministra de Defensa, Leire Pagín, secretaria de organización  del PSOE, Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del grupo popular en el congreso, y, como no, Ángela Merkel, Hilary Clinton o Mª Teresa Fernández de la Vega. Todas ellas, y algunas más, luchadoras que han llegado a ocupar puestos de responsabilidad en sus carreras. Me congratulé al ver que las mujeres avanzamos en la lucha por la igualdad, aunque el porcentaje de las mujeres que ocupan puestos de máxima responsabilidad  no sea mas que el cuatro por ciento aproximadamente. 

   Hace unos días, mientras esperaba que me subiera el tinte en la peluquería en mi afán por volverme rubia, hojeaba una revista de las llamadas del corazón y encontré un artículo sobre la relación de una famosa actriz, ya cercana a la cincuentena, con un joven actor de treinta. En ese artículo se cuenta con todo detalle, en un tono cínico y hasta jocoso, dicha relación,  considerando  algo risible y hasta fuera de lugar,  el hecho de que una mujer madura tenga relaciones con un hombre joven. 

   Unas páginas mas adelante otro artículo mostraba a un actor español, cuya edad pasa los setenta, con su última novia de poco mas de treinta,  como algo natural. Aún me pareció percibir un aire de admiración hacia el personaje, no por ser un gran actor, que lo es, si no por el hecho de haber conquistado a esta mujer tan joven… tanto que su edad es, con mucho, menor que la de los hijos de él. 

   Me sentí indignada, por el trato tan desigual dado a una mujer que se relaciona con un hombre quince o veinte años menor con respecto a un hombre que sale con jóvenes a las que lleva cuarenta años , que podrían ser, no ya sus hijas, si no sus nietas. 

   Hoy he leído en el diario que en Afganistán se prepara una ley por la cual las mujeres necesitaran permiso de sus maridos para salir a la calle, trabajar fuera de casa, para estudiar, viajar e incluso ir a consulta médica, es decir, para cualquier cosa que no sea estar en casa atendiendo a su dueño ya sea marido o padre. Ante este atentado contra el respeto y la libertad de las mujeres, los políticos reunidos hace unos días en la Conferencia de Alto Nivel sobre el futuro de Afganistán han guardado silencio y miran hacia otro lado, no deben considerar de primer orden ni el más elemental cumplimiento de los derechos humanos con las mujeres. Si bien en la cumbre G20 que se celebra en estos días en Londres se le ha pedido al presidente Karzai que retire esa ley, a lo que ha respondido con un tibio “Revisaré a fondo el texto”.

   En Arábia Saudí las mujeres son incluidas en el documento de identidad de sus padres hasta que se casan, que pasan a estar en el de los maridos. Es decir, no tienen identidad propia. Son, como la casa, los muebles o los animales, propiedad del hombre. No solo no tienen identidad ni derechos, no pueden votar, viajar sin autorización de su marido o tutor, conducir vehículos ni trabajar en las dependencias del Estado. Y aunque son mayoría en número de licenciadas universitarias, les está prohibido el acceso a carreras “masculinas” como derecho o ingenierías. 

   En Nigeria una adolescente fue condenada a 100 latigazos por haber tenido relaciones sexuales antes del matrimonio, a consecuencia de las cuales quedó embarazada, Durante el “juicio”, la niña acusó a tres hombre mayores, casados lo tres, de haberla violado. Como el adulterio esta penado en dicho país con la pena de muerte, los tres hombres, como es lógico, negaron tal acusación, por lo que la chica recibió 80 latigazos más por “mentir”. 

   En Turquía un hombre mantuvo relaciones sexuales con una mujer sin estar casado y como compensación a la ofensa hecha a los varones de la familia de la mujer, la joven hermana del hombre es violada por todos los miembros varones de la familia agraviada, con el consentimiento de su familia. Ni que decir tiene que las mujeres de su familia no tienen voz ni voto en este asunto, ni casi en ningún otro. 

   Miles de niñas de países asiáticos y africanos sufren hoy en día la tortura de la ablación. La circuncisión femenina está destinada, principalmente, a impedir que la mujer sienta placer sexual y evitar que se convierta en una mujer “ligera” y así ser controlada mejor por sus padres y por sus maridos. Nada importa que sean también miles las que mueren al practicarles tal mutilación, pues la vida de las niñas no vale nada. 

   Solo son algunos ejemplos de violencia y discriminación, pues sería interminable recoger aquí, todos los países donde se pisotea la dignidad y los derechos de las mujeres. 

   Mientras tanto, en nuestro país, cada día siguen apareciendo en las noticias caso tras caso de violencia machista. Mujeres que mueren a manos de sus parejas o exparejas por no ceder a ser el objeto de descarga de sus malos humores, o por no querer seguir conviviendo con ellos, o por celos o cualquier otro “motivo”. Es decir, por no seguir consintiendo ser propiedad de un hombre o plegarse a sus caprichos. 

   Me indigna ver tantos abusos, tanto atropello. La mujer es considerada en gran parte del mundo menos importante que una bestia de carga, es violada, torturada, usada como moneda de cambio, o asesinada, solo por el hecho de haber nacido mujer. 

   Hoy, cuando ha pasado poco más de un mes desde que se celebró el estúpido e inutil “Día de la mujer”,  más que nunca y considerando toda la discriminación y la violencia  que se sigue practicando,  he recordado mi vieja creencia y me doy cuenta que, pese a los logros conseguidos,  aún nos queda a las mujeres una gran carrera, llena de dificultades y obstáculos, para poder alcanzar el tan deseado Arco Iris.

 

Fefi B.    Abril, 2008

 


FAMOSA

Martes, 27 de Enero de 2009
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   Había dejado pasar varios trenes ¿cuatro?... ¿cinco?, su mente estaba lejos de aquel andén, en realidad hacía tiempo que estaba lejos de cualquier lugar. 

   La muchacha más hermosa de su pueblo, elegida “Reina de las fiestas” en un septiembre ya muy lejano, creía que todo lo conquistaría su belleza, su figura, su sonrisa. 

   Pensó en sus padres, tan religiosos, tan buena gente. Los había decepcionado, lo sabía, cuando decidió marcharse a la capital buscando la fama, la fortuna y una vida diferente, de fiestas divertidas, de viajes fantásticos y ropa carísima. 

   Pero ella quería ser famosa. Quería conocer a todos aquellos personajes que salían en las revistas que compraba cada semana, vestir como aquellas mujeres, siempre sonrientes, salir con aquellos hombres tan guapos, ir de fiesta en fiesta y de yate en yate. 

   Con su maleta marrón con  adornos de color café con leche repleta de sueños, se despidió de su madre y subió a aquel tren que la llevaría hasta la gloría. Su padre no había querido ir a la estación, él se hacía el duro, pero ella sabía que le estaba haciendo daño, había soñado otra vida para ella, una vida de mujer decente, con hijos y un buen marido que la cuidara y la quisiera tanto como él la quería. Y llegó a Madrid para comerse el mundo.

   Cambió su nombre de muchachita de pueblo por otro más sugerente, más glamuroso y al bajar de aquel tren ya era “Vanessa”. 

   Al principio creyó que de verdad se cumplirían sus sueños. Consiguió entablar amistad con gente que conocía a otra gente amigos de algunos famosos. Pero muy pronto empezó a darse cuenta de que cada paso, cada favor, había que pagarlo. Y la única moneda que ella poseía era su belleza. 

   Trabajó en alguna representación como simple corista. Salió en algún programa de televisión  acompañando a algún cantante más o menos famoso y se movía en el mundillo que ella quería, pasando los años entre amantes pudientes y famosillos que lo único que buscaban en ella era un par de noches entretenidas. Y probó el mundo ficticio del alcohol y las drogas. 

   Al mismo tiempo que la decadencia de su cuerpo y las arrugas de su rostro comenzaron a aparecer, los amantes pudientes y los famosillos fueron desapareciendo. Cada vez era más difícil conseguir trabajo, invitaciones a fiestas o copas y rayitas. Pero no quería renunciar, necesitaba seguir con aquel tren de vida demasiado costoso. Y finalmente no tuvo otra salida. 

   La primera vez que se prostituyó no notó diferencia con lo acostumbrado, aquel caballero elegante y bien parecido, algo mayor, no se diferenciaba de sus amantes ricos y era más educado y atento que la mayoría de famosillos con quienes se había acostado. Además la cantidad cobrada era sustanciosa. 

   Después hubo de todo, tantos y tantos… 

   Ahora, después de tantos años,  miraba el andén de enfrente sin verlo, con el informe médico, su sentencia, guardado en aquella carpeta, de plástico transparente, que apretaba contra su pecho. En él se condensaban todos los años de excesos, todas las noches de fiesta, todo el alcohol, toda la coca, todos sus amantes, todos sus clientes… Aquel informe era su condena por haber soñado con volar. 

   Oyó el ruido ensordecedor del tren que llegaba a la estación y se aproximó al borde del andén. Cuando lo vio llegar cerró los ojos y apretó más la carpeta contra su pecho. 

   Saltó un segundo antes de que su cuerpo impactara con la máquina y aún pudo pensar: “Por un día seré famosa”.   

 

Fefi B. Enero, 2008


El recuerdo de Beatriz

Lunes, 19 de Enero de 2009
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      Los dos hombres se habían sentado en el banco situado en la orilla de la acera, a  mitad de la empinada cuesta, para descansar. La edad de ambos no les permitía hacer de una sola vez el trayecto desde el centro de mayores, donde cada tarde pasaban unas horas entre conversaciones, café (por supuesto descafeinado) y, como no, la partidita de mus, juego al que los dos eran muy aficionados desde muy jóvenes, hasta la calle donde los dos vivían desde niños.   

   Cipriano cerró los ojillos azules, en otros tiempos hermosos y vivaces y ahora rodeados de pequeñas arrugas y algo acuosos a causa de unas incipientes cataratas, para protegerlos del sol del atardecer, que al pasar, ya bajo, se colaba por debajo de la visera de su gorra y le hacía lagrimear. 

   -       ¿Qué te pasa, te vas a dormir ahora?.   

   Su amigo Marcelo, con la cabeza apoyada en el mango del bastón con el que se ayudaba a caminar, lo miraba y pensaba en la crueldad del tiempo, que así deteriora a las personas. Cipriano había sido un hombre guapo, a decir de las mujeres, con unos ojos que hacían suspirar a todas las chavalas del barrio y ahora… Marcelo observaba la cara de su amigo y recordaba su pasado, en el cual él siempre había estado presente, desde que se conocieron en la escuela. 

   Cipriano abrió los ojos al oír risas femeninas acercarse por la acera. Se trataba de dos chicas jóvenes, una de ellas vestida con pantalón vaquero y camiseta ajustada que apenas le llegaba a la cintura, dejando ver el gracioso ombligo. Pero la otra, la rubia, llevaba un vestido blanco, vaporoso y el cabello suelto y caminaba como flotando en una nube. 

   -       Marcelo… ¿A que no sabes a quien me recuerda esa chica, la rubia del vestido blanco?. 

   Marcelo sonrió, asintiendo con la cabeza. ¿Cómo no iba a saberlo?... No contaban más de catorce o quince años y trabajaban los dos en el mismo taller mecánico del barrio de Salamanca, como aprendices, primero había entrado Cipriano y después él mismo recomendó a su amigo, felices de poder así continuar juntos, como en la escuela, a la que tan poco tiempo habían podido asistir, solo lo imprescindible, hasta que tuvieron edad de trabajar, o sea once o doce años. La guerra civil, aquella guerra que ellos apenas recordaban, pues aún eran muy jovenes, había dejado al país sumido en la hambruna y los muchachos de su generación, hijos de obreros, habían tenido que buscarse la vida desde muy jóvenes.

   Ellos se consideraban afortunados, después de trabajar en diversas cosas, ahora trabajaban en algo que les permitiría labrarse un futuro. Además, les gustaba aquel barrio de gente rica que les daban buenas propinas cuando recogían sus coches, les gustaba ver pasar a las criaditas con sus uniformes de paseo, negros con sus cofias y delantales blancos, almidonados y resplandecientes, las señoras con sus bonitos vestidos, estampados y vaporosos, en verano y sus abrigos de piel, que ellos intuían carísimos, en el invierno. Y a Beatriz… 

   Ella fue el primer amor de los dos. Era rubia y algo mayor que ellos. Cada día buscaban una excusa para salir a la puerta del taller para verla pasar camino del colegio, (porque, aunque ellos no sabían muy bien por que, las escuelas donde iban los niños ricos se llamaban colegios). Salía acompañada de una criada vieja que le llevaba los libros, con su uniforme de falda tableada y camisa blanca y sus zapatos negros con calcetines blancos y con su rebequita azul marino. ¡Era preciosa!, caminaba como si flotara, parecía que no pisaba el suelo, como los bailarines de las películas que los dos amigos veían los domingos en el cine de su barrio obrero, cuando las propinas que habían recibido les llegaba para pagar la entrada. Y los dos suspiraban y se quedaban en la puerta embobados hasta que ella desaparecía al doblar la esquina. 

   Pero el remate fue cuando llego el verano y se acabó el colegio, aquel primer día de vacaciones para ella, la vieron aparecer a media mañana, había sustituido el uniforme por aquel vestido blanco, vaporoso, los zapatos negros por unas sandalias blancas y sus pies, sin calcetines, aparecían desnudos por debajo de las tiritas que formaban aquellas sandalias. Y el pelo… rubio, libre de las trenzas con las que siempre la habían visto peinada, flotando alrededor de la preciosa carita y derramándose por la espalda… parecía una diosa. Y ella, quizás consciente de la admiración que despertaba en aquellos dos chiquillos, los miró y les sonrió. 

   Pasaron buena parte del verano fantaseando con aquella sonrisa, que se repetía cada día, cuando ella salía de su portal vestida con aquella ropa de colores pastel; rosa, azul, amarillo, blanco… cada uno creía ser el destinatario de aquellas sonrisas, y llegaron a pelearse por ella, acabando Marcelo con una ceja rota, cuya cicatriz llevaría ya para siempre y Cipriano con un chichón y el labio inferior sangrando profusamente. 

   El enfado de los amigos fue breve. Se acabó de golpe, cuando vieron a Beatriz pasar del brazo de un apuesto joven y enterarse, por el portero de la finca, de que la señorita se había prometido a aquel muchacho, de buena familia y gran fortuna. 

   Después, a lo largo de los años, discutieron, de mujeres y por mujeres, muchas otras veces, pero nunca más llegaron a las manos. Aprendieron pronto la lección. Ahora, pasados tantos años, los dos amigos recuerdan aquel primer amor, a los que seguirían tantos otros, con una sonrisa y algo del embobamiento juvenil, al ver pasar a aquella muchacha. 

   -        Bien que nos dejo con un palmo de narices ¡Y nosotros pegandonos por ella, como dos idiotas!. 

   Los dos ríen de buena gana y a Cipriano le da un acceso de tos impertinente. 

   -        Anda, toma un Ducados, a ver si te quita esa tos. 

   Fuman en silencio, volviendo a sonreír, de vez en cuando, con un brillo pícaro en la mirada, los dos saben qué les hace sonreír. El recuerdo de Beatriz.   

 

Fefi B.    Enero, 2009



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