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Capitulo 1
El techado celestial anunció lluvia desde primera hora de la tarde. Frío invierno que nada tenía que envidiar de los países herejes del norte, y donde anochece antes de lo deseado.
Una boca inocente, de cuyos temblorosos labios brota el vaho, susurra un amén.
Pedro Hernando, conocido en las calles como “el gato”, apenas era una pequeña sombra más de las que parecían moverse en el largo paseo de cabestreros.
Temblaba. No era por miedo se decía a si mismo.
Desde que tuvo uso de razón sabía que un español no debía tener miedo, pero el miedo no conoce de nacionalidades.
Eran las negras aguas del Tajo y su humedad las que se hacían paso a través de sus enclenques músculos y roían sus huesos, como las ratas de la rivera, se decía.
Ajustose el sayo y continuó su camino hacia la taberna del portugués, allá en la cuesta del pozo amargo.
Tenía un legajo sin sello en la mano y una misión en la cabeza.
En la bajada de doce cantos el fraile Juan mandó su primera tarea, hace a penas unos minutos.
No eran horas de buenos cristianos, pero tampoco Pedro conocía el calor de un hogar. Tenues luces filtradas a través de ventanucos y celosías moriscas, dejaban entrever la fauna amenazante de las angostas calles de Toledo. Ladrones, matones, fulanas y mendigos cuyas caras, en su mayoría, le eran familiares, de compartir calle y cama.
Sólo miraban a ese niño paseando sin miedo. Algunos extrañados, otros saludaban con ronca voz. Pocos intuían que Pedro cumplía con una tarea y pobre de aquel que se interpusiera en su camino, so pena de amanecer entre los juncos del regato.
Templó su caminar. La humedad hacía resbaladizo el suelo de las calles y tuvo que hacer apoyo en la pared en más de una ocasión para no acabar con los dientes clavados en los cantos de la calzada.
De momento sólo era un mensajero, pero se sentía tan integrado y protegido, que su bravura le haría dispararse a la menor felonía.
Soñaba con llegar a floreador o punteador. Soñaba, pero tiempo al tiempo.
Recordó entonces su entrada.
- Nueve años vuased, pero no temblará mi mano si tengo que usar acero. – Sin embargo todo su cuerpo tembló al responder la pregunta del punteador.
- Demasiado joven.- Gruñó el matón mientras escupía al suelo y miraba al clérigo.
- La juventud es la virtud de la inocencia.- Contrapunteó el santo hombre.
- La inocencia está excluida de todo esto. No tardará en delatarnos.
- No lo hará.
- ¿Quién lo asegura?
- Hagamos de su inocencia nuestra baza. El Gato será útil.- Sentenció el fraile tapado por la capucha de su hábito, dejando entrever una descuidada barba blanca. –Así lo quiere el señor. Amen.
En un susurro vuela el amen, y siendo amen, así será.
Atajó por el angosto callejón de cepeda doblando esquina y saliendo a la boca calle del pozo amargo frente a un pequeño portalón, entrada de la taberna.
José, el portugués, se atusó el bigote cuando Pedro cruzó el pórtico de la bodega. Sus manos esqueléticas y curtidas recordaban a los sarmientos que crecen en las vastas llanuras castellanas. Imaginose el motivo por el que el Gato hiciera tal visita y tomó un modorro considerable para guardarlo en la alacena no sin antes verter al suelo unas gotas de la sangre de Cristo.
Pedro echó una ojeada de izquierda a derecha analizando toda la estancia. Ya quedaba poca gente y la mayoría lucían los colores de Baco en sus mejillas y nariz.
La canalla siempre será canalla, por mucho que se traten de vuased.
Se acercó a la tenada junto a la cual en una mesa Cristóbal Santos hacía cuenta de un currusco y una cuarta de vino. Cristóbal, el mismo punteador que meses atrás inició al Gato, junto con fray Juan, en un recodo de la calle de Bulas.
La presencia del chaval sólo significaba una cosa.
Con el mentón en alto, el tosco y barbudo Cristóbal, parecía aún más amenazador por el juego de luces y sombras que se proyectaba en su rostro.
Extendió la mano para recibir el recado. Una mano callosa donde resaltaban tres puntos tatuados en la palma.
- De parte del señor capataz.
- Gracias zagalejo, dile a José que te ponga algo de comer y ya arreglaremos cuentas.
Cristóbal era un hombre alto y delgado en extremo. Sus pómulos se hundían tras la rala barba dejando intuir un físico donde hueso y pellejo estaban más cerca uno de otro que la vejez de la muerte.
No obstante su altura imponía respeto. Su sempiterna expresión de calma tensa daba la impresión de que podía cambiar su estado de ánimo en un santiamén.
Nació en Madrid, en la capital y no tardó en buscarse la vida en sus calles. Temas cuales le hicieron topar con los huesos en la cárcel de Toledo. De esa manera llegó a la ciudad imperial. De esa manera se ganó la fama que le precedía. De esa manera obtuvo los tres puntos tatuados en su mano.
Abrió el legajo en la mesa no sin antes cerciorarse que nadie se entrometía en su lectura. Tardó unos minutos en alzar su mirada y observar el infinito, como tratando de asimilar lo que aquella nota escondía. Releyó el manuscrito y posteriormente lo arrojó dentro de la lumbre del hogar.
Estiró su cuello hacía el techo dejando al descubierto una sobresaliente nuez y una enorme cicatriz que cruzaba pescuezo de uno a otro lado, mientras dirigió su mirada a la barra donde José servía al Gato una cuarta de vino y un pedazo de queso.
Con parsimonia apuró el vino y levantose del asiento haciendo sonar sus hierros.
- José, que no le falte al chico lo que pida.- Una sonrisa macabra donde tres dientes ausentes dejaban una oscura entrada a la boca.- Mañana nos veremos.
- Si Dios quiere.- Apostilló el portugués, mientras estrechaba la mano de Cristóbal, devolviendo la sonrisa.
- No blasfemes José.- Alzó su barbilla.- Hasta mañana. – Golpeó la barra con la palma de la mano, dejando bajo ella dos monedas.
Ajustó su sombrero sobre el pañuelo por el cual se veía una sucia melena castaña y salió de la taberna cojeando levemente.
Pedro le observó inquisitivo. Tal vez se preguntaría sobre la amistad de ambos personajes, tal vez sobre las cicatrices que lucía.
- Le rajaron el “pescozo” en la prisión. A la vez que otro preso le apuñaló en la pierna. A pesar de todo salvó su vida, rapaz. No así los otros dos “prisioneiros”. – José no podía disimular su acento portugués entre blasfemia y blasfemia.- Me cago en la virgen santísima, acábatelo ya. ¿No tienes casa?
El gato movió la cabeza con negación como respuesta y con sorpresa ante el cambio de humor del tabernero.
- Pues a la puta callé rapaz, que yo tengo una cama que me espera, por los clavos de Cristo.
El niño tomó un pedazo de currusco de la hogaza, apuró el néctar dionisiaco con un fuerte sorbo y salió de la bodega mirando de soslayo y mala gana a José.
El cambio brusco de temperatura hizo que el ralo vello de sus prepúberes brazos se erizara al instante.
Miró a un lado y a otro y escogió el hueco de un soportal a pocos metros como dormitorio improvisado.
Acomodado, royó el pan con calma, degustando un alimento que para algunos se convertía en un tesoro. Su mentón temblaba, mientras, del frío y a pesar de las circunstancias los parpados pesaban como la cúpula celestial sobre la espalda de Atlas.
Un golpe sonó a lo lejos. Otro golpe sonó más cercano y claro. El gato parpadeó y con un sigilo característico en él, asomó su cabeza por el pórtico del soportal donde dormía mientras restregaba sus ojos para disipar la neblina del sueño.
Un hombre vestido de negro llamaba a la puerta de la taberna del portugués. Un hombre tan alto y delgado que más que humano parecía una sombra más del paisaje. Si no fuera por el brillo de su espada asomada por debajo de la capa habría jurado que sólo era una sombra.
La insistencia en la llamada provocó que José abriera la puerta con su pelo tan alborotado como sus modales.
- Me cago en San Dios. ¿Quién cojones…?
- No blasfemes José.
El seco acento castellano de Cristóbal cortó la respiración del portugués, que permaneció con la boca abierta hasta que nuevamente retomó la palabra.
- José. Tengo que hacerte una pregunta y necesito que seas sincero por tu bien.
- Cristóbal, estas loco, estas no son horas, Mãe de Deus. – Se le veía claramente nervioso ante la visita de su amigo.
- No blasfemes José. Hace dos años abriste esta taberna. Dime ¿Dónde vivías antes?
- Pues ya lo sabes, foder, en Lisboa. ¿Para esto me despiertas?
Cristóbal miró al suelo pensativo, como poniendo en orden la respuesta de su amigo. Acto seguido le miró a los ojos, giró su cabeza hacia uno y otro lado de la calle y acercándose con cautela a José le instó.
- Bien, pero dos cosas antes de marcharme José. Te pedí que no blasfemaras pero antes te pedí que fueras sincero.
El estertor de la muerte hizo eco en la madrugada, cuando la daga atravesó el vientre del tabernero.
Se miraron a los ojos. El portugués incrédulo, el punteador altivo y retador.
- Hijo de mil leches.
Dejó caer el cuerpo inerte al suelo.
El golpe del cráneo sobre el empedrado resonó en el silencio de la calle.
Cristóbal entró en la taberna. Se oyeron golpes secos y rápidos pero no tardó en salir guardando bajo su capa un pergamino, mirando nervioso a uno y otro lado de la calle.
Se paró frente al cadáver de su amigo y observándole masculló para sus adentros justo después de propinar una brutal patada en su rostro.
- Hijo de la gran puta.
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