Deseo

Puntuación:

Lo sabes.
Sé que lo sabes.
Desearía ser el artesano que moldea la arcilla que representas.
Te miro y en cada exhalación de mis pulmones lanzo un silencioso grito que rompe la constancia del palpitar de mi corazón. Te miro y lo que siento es pasión.
Te miro y lo sabes. Sé que lo sientes.
Sé que deseas ser la arcilla que gira en el torno.
Deseas y deseo mis manos dando forma a tu cuerpo. Deseas mis fuertes manos moldeando tu piel. Empapar mis dedos con el sudor expulsado por tu dermis. Deseo el calor de tu cuerpo incendiando la yema de mis dedos.
Deseas tus caderas siendo circundadas por mí.
Reinventadas por las caricias expertas de dedos versados que saben trabajar una obra de artesanía contorneando curvas, creando huecos, modelando tus pechos, cintura y muslos a placer.
Tu cuerpo, ondulante y voluble como la arcilla. Tu agua más profunda rezumando por cada oquedad explorada por mis manos.
Deseo notar como resbalas entre mis manos en un girar eterno, donde tu físico condiciona mis gestos y caricias.
Deseo.
Cuanto te deseo.



                                      
Agregado en: General, Sodoma

Ilusiones 2

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No puse reparos en su desidia. Simplemente no di importancia. Estaría cansada tal vez. Si, sólo fue eso.

Con el paso de los días la rutina comenzó a romperse aquellos fines de semana. Ya no asistía a nuestros partidos y para más confusión, ni siquiera se molestaba de quedarse sola en casa.

Hubo días en los que visitaba a la pareja de uno de mis amigos, cosa que compensaba al saber que por lo menos, ella no pasaría esa tarde sola
 Y como todo en la vida, una rutina sustituye a otra.

Ahora eran las visitas de lo que comenzaban a ser buenas amigas, por los aburridos partidos de fútbol, la rutina de las tardes de fin de semana.

Agradecí enormemente esa nueva amistad. La veía más feliz, menos alicaída, más activa al saberse poseedora de una amistad.

Quedamos un sábado como de costumbre en el bar que nos patrocinaba antes de ir a las canchas. Los ánimos se contagiaban como una pandemia. Jugábamos contra los últimos de la tabla y nos sabíamos superiores. Hoy no seríamos derrotados. Y así fue. El contrincante no se presentó. No restamos importancia a nuestra victoria por ausencia, ya que como bien dice el refrán, a enemigo que huye puente de plata.

Por otro lado, quedé aliviado a librarme de la obligación de jugar ya que sufrí ciertas molestias estomacales y hoy decidí no acompañarles al bar y retornar pronto a casa.

De tal manera crucé la calle de la estación internándome en la nueva zona de apartamentos y viviendas de protección oficial camino de mi casa. Una zona aún poco habitada y como es obvio con pocos servicios. El único bar de la zona estaba abierto y también desierto viéndolo desde fuera. Fue un acierto el pasar ya que necesitaba comprar tabaco.

Entré, saludé y señalé al expendedor. El camarero pulsó un botón e introduje el dinero.

Mientras apreté el pulsador y caía mi ansiado tabaco observé a una pareja de chicas que reía desde el fondo del largo local, medio escondidas entre las columnas.

Eran ellas. Sabía que habían quedado pero no imaginé que vendrían a este desconocido bar. Cuando fui a llamarlas mi brazo a mitad de camino de ser alzado se congelo fruto de la visión.

Se besaron. Se besaron en la boca.
No era un simple beso de amigas. Sus lenguas jugueteaban en el aire. Se deslizaban entre los labios de la otra mientras podía intuir como sus manos se acariciaban debajo de la mesa.

Tragué saliva y me giré. En ocasiones la realidad difiere mucho de las expectativas.

El camarero me miro con una amplia sonrisa en la boca señalando con su enorme melón a la pareja de chicas. Asentí y me marche del local exhalando el humo que acababa de aspirar.

Cuando llegué al calor de mi casa puse la ducha a máxima presión y desnudo frente al espejo rememoré la escena.

La situación me turbó. Me excitó sobre manera recordar lo visto. Mi propia novia abrazada y besando a una preciosa amiga, haciendo realidad sus propias fantasías.

El barco comenzaba a zozobrar. Mientras noté el calor del agua cayendo por mis hombros un tornado de ideas asolaba mi cabeza como el rancho de Dorothy.
¿Y si no era la primera vez? ¿Y si eso no fuera lo único que han hecho? ¿Seguro que no es lo único? ¿Seguro que han compartido mejores ratos en mi propia cama?

Esa imagen imborrable en mi mente despertaron los instintos de mi propio sexo. Me enjaboné lentamente imaginando sus preciosos cuerpos desnudos, acariciados por las manos suaves de cada una. Fantasee con bocas femeninas devorando sexos de mujer mientras furtivamente y sintiéndome un espía, acariciaba mi erguida polla. Dura y suave resbalaba con el jabón entre mis manos. Era tal la excitación que podía notar las pulsaciones de cada vena. Deje escurrir mis manos enjabonadas por toda ella hasta llegar al éxtasis al mismo tiempo que ellas llegaban.

No dije nada, cuando la vi aparecer a través de la puerta. Esa noche no hubo sexo tampoco.

Fue a la jornada siguiente cuando llamé a mi amigo y le indiqué que este fin de semana me dolían las rodillas y no podría asistir al partido.

El sábado después de comer, preparé el petate con las botas y el equipamiento de cara al partido que se jugaría esa misma tarde. Conversé levemente con ella.

Me dijo que quedó con nuestra amiga para ir de compras.

Me despedí con un leve beso, justo antes de que ella entrara en la ducha. Momento preciso para poder esconder el petate en un armario y salir por la puerta fingiendo mi marcha al partido.

Salí del portal y esperé.

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La paciencia es una virtud en forma de árbol que siempre da frutos.

Vi aparecer a nuestra amiga al final de la calle. Hablaba por el móvil. Estaba tan concentrada que no se percató de mi presencia en la otra acera. Llamó al portero y el portal se abrió.

Hubiera deseado salir corriendo detrás de ella, pero debía dar dos cigarros de margen. Además tal vez habría dicho la verdad y en diez minutos podrían estar saliendo de casa para ir de compras.

No fue el caso, dos cigarros después saqué las llaves del bolsillo y me dirigí al portal. Subí parsimonioso las escaleras hasta llegar a la altura de la puerta de mi casa.

Notaba el corazón desbocado. No sabía si deseaba conocer la verdad o dejar todo y marcharme.

Al filo del palo de trinquete desafiaba a la tormenta notando en mi cara la fuerza de la galerna que se estaba a punto de desatarse. Este barco no tiene gobierno. Manejado por el azar y los vientos de la pasión, abrí silencioso la puerta de entrada y me deslicé como una sombra a través del pasillo mientras escuchaba jadeos y risas al otro lado de la puerta del dormitorio principal.

Jadeos, aullidos, palabras de deseo de la una a la otra. Sabía diferenciar sus voces. Quien gozaba ahora de los besos de la otra.

Una voz rogaba que por favor hundiera su boca y su lengua como la semana pasada. La otra obedecía y los jadeos se alzaban como la voz de una soprano en una tragicomedia.

Noté como mis pantalones se abultaban a la altura de mi propio sexo.

La puerta estaba debidamente entornada y fue a través de ese pequeño resquicio por el cual espié como en mis sueños a esos dos preciosos cuerpos deshacerse en caricias y besos.

Era nuestra amiga, ávida de sexo, la que deslizaba salvajemente su lengua por la entrepierna de mi novia. Ésta bufaba en cada lance. Sus labios estaban inmensamente abultados. Los traviesos dedos de nuestra amiga jugaban complementando las caricias de su lengua….

 



                                      
Agregado en: General, Sodoma

Ilusiones

Puntuación:

En ocasiones la realidad difiere mucho de las expectativas. Lo que crees y lo que es, simplemente no conjugan.
La fantasía cumplida tiene un gran defecto, que es la propia realidad de los hechos. Cierto es que esa realidad puede superar las perspectivas que se calcularon en cuestión de gustos, pero hay un defecto que la consecución de la fantasía trae de forma irremediable y sin vuelta atrás.

La fantasía te permite volar, navegar un calmado mar donde dirimes los avatares a placer, ya que tú eres la única persona que decides, incluso por encima de la propia casualidad o el cruel destino.
Si rompes la barrera y das ese temido paso en pro de la consecución del mismo, fracturas las decisiones en infinidad de encrucijadas y caminos ya que ese barco en el que navegas, ahora está ocupado además por las personas que invites a él y como dijo aquel, también a sus circunstancias, y obviamente dejas de tener el control de todo ello.  

No con ello quiero aconsejar que jamás lleves a cabo tus fantasías. No seré yo

Ella me solía confesar sus fantasías. Fantasías prohibidas dentro de nuestra alcoba. Fantasías que se deslizaban del cerebro a la boca en el tobogán del sexo.
Sin una excitación previa jamás se atrevía a decir aquello que su mente rememoraba una y otra vez entre mis caricias y besos.
 Me hacía recitar mil y unas situaciones en susurros relacionados con esas fantasías, las cuales giraban una y otra vez con la curiosidad de ser la exploradora de un cuerpo femenino, corrijo, ser ella la explorada por manos femeninas, por la lengua y labios de una o varias mujeres.

Así de complaciente tornaba mi actitud en favor de sus calidos orgasmos. Hoy era ella protagonista en los vestuarios de un gimnasio, mientras mi mano acariciaba su entrepierna. Ayer y en las mismas circunstancias era una clienta de una boutique de lencería regentada por una traviesa adoradora de Safo.

He de admitir que sus fantasías las recibía siempre complaciente, al compartir sus gustos. Frecuentemente la imaginaba en brazos de una mujer, no siendo yo participe en absoluto de aquella tragicomedia. Sólo como un espía cuya presencia era ignorada.

En la vida cotidiana era una chica tímida en diversos temas. En lo relacionado al sexo sobre todo. Dejó a sus amigas por pérdida de práctica y casi relegó su vida al ámbito familiar y a las parejas de mis propios amigos.

Las novias de mis amigos pasaron a ser sus amigas por asociación y aunque parecía muy integrada, yo seguía notando cierto distanciamiento. El sucedáneo de cacao nunca será chocolate.

Y aún siendo así, el tiempo pareció cerrar ciertos lazos de unión y cada vez se la veía más cómoda en el grupo.

Solíamos quedar los fines de semana para jugar el partido. En ocasiones las chicas nos acompañaban y al finalizar nos íbamos todos a tomar algo. Ella era la única que en ocasiones faltaba a la cita.

Por las noches, después del partido, cuando llegaba a casa, descargábamos adrenalina a raudales revolcándonos entre las sábanas mientras mi imaginación te dictaba otros entornos, otros paisajes, otras protagonistas.

En cierta ocasión no pude más que ser solícito y decírselo. La insté a cruzar el umbral. Confesé que a mi también me gustaría que cumpliera sus fantasías, aun no siendo yo participe de ellas. Ella siempre lo acababa negando. Su vergüenza era mayor que su deseo y he de admitir que este último era realmente ansiado.

Tal vez fue mi gran error, pero no podía evitarlo y una y otra vez buscaba la oportunidad de acentuar la posibilidad de que cumpliera sus sueños.

No podría decir cual fue el punto de inflexión. Ese momento en el que el barco cambió de capitán y comenzó a navegar por aguas extrañas, jamás navegadas por mí. Ese momento donde aquella mujer nacida de nuestra imaginación cobró más protagonismo para ella que yo mismo. Aquella cuya lengua sustituía a la mía. Aquella cuyas manos suplantaban a las mías.
No podría afirmar cual fue ese punto de inflexión pero puedo recordar el día en el que la situación tornó para siempre.

Fue un sábado. Me fui al partido sólo. Ella se quedó en casa como solía hacer últimamente. Ese día perdimos, como era habitual. Bebimos, para continuar la tradición. Y cuando regresé, ella no deseaba jugar en la cama, para variar…





                                      
Agregado en: General, Sodoma

Esclavo de ti

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Desperté un día cualquiera con la memoria empapada del húmedo sueño que regó mi calurosa noche. Como gotas dispersas en el chispear del preludio de una tormenta de verano, recordaba imágenes, momentos y personajes, pero no una acción.
Más parecía un álbum fotográfico que una película. Un sueño fragmentado del cual extrapolar mis propias conclusiones.

Sabía que la protagonista era aquella mujer de la que recibiría órdenes en menos de dos horas. Una mujer pelirroja, una mujer altiva. Una mujer cuyas curvas eran infinitas. Una mujer muy mujer.

Tal vez era el saberme su subordinado laboral despertaba cierta inquietud y tensión sexual hacia su persona.

No recuerdo del todo, es verdad, pero sé que soñé con ella.

Encendí el ordenador de la oficina con un pensamiento a la deriva a punto de zozobrar, sabiendo que ella estaría a punto de cruzar la puerta del despacho y tal vez, el chispear de mi memoria se convertiría en un cubo de agua lanzado por una ventana y me bañaría en una turbulencia de recuerdos que no estaba seguro de evocar.

Como el peor de los presagios ella llegó. Se cumplieron mi temores de una forma desmedida, un elefante en una chatarrería no habrían causado tanto alboroto y estridencia.

Hoy estaba radiante. Demoledora. Un corto vestido a mitad del muslo, a colación de un verano duro como el que afrontábamos.

La tela de algodón se ceñía a sus curvas inmensas regalando un espectáculo digno de la locura de Baco.

Caminaba con decisión hacia su mesa, mientras yo hipnotizado por el bambolear de sus pechos y caderas, daba los buenos días de la forma más cortes y serena que me permitía la situación. Su mirada de ojos claros se clavó en los míos con la respuesta al saludo.
Un saludo seco, imperativo,  correcto y escueto al extremo. No obstante un saludo lleno de calor, al atravesar esos carnosos labios, decorados con el carmín de un afortunado pintalabios.

Cuando pasó de largo, con su actitud de superioridad, me deshice ante la cadencia y acompasado movimiento de sus nalgas, tan rítmico como las olas de una marea infinita del cual ansiaba ser marinero y navegarlas con mis caricias.

Algunos resaltaban sus grandiosas curvas como un defecto, pero la armonía de sus formas era lo que realmente me hacían pensar en ella como una mujer deseable. Tal vez incluso su madurez, tal vez incluso su estatus.

Un suspiro alto y claro fue la respuesta al recordar todas las reuniones dentro de su despacho. Cada uno a un lado de la mesa. Sus ojos fijos en mí. Retadores, reflejo de un alma indomable, libre para hacer lo que desea cuando lo desea.

Cientos de conversaciones. Algunas incluso personales, pero siempre marcando claramente el limite con nos separa. Ella era la jefa.

Hacía lo que deseaba, cuando lo deseaba. Encendía un cigarro y exhalaba el humo con la misma actitud con la que me miraba. Era su despacho. Era su casa. Era su territorio y en él, ella era quien dominaba.

Soñé con ella despierto durante la siguiente hora y media.

Soñé siendo yo esclavo de sus inquietudes. Me soñé siendo su criado y obedeciendo cada uno de sus deseos.

Un baño enorme de un color blanco inmaculado. Una banqueta cerca del bidé yo erguido en medio del mismo y observado su entrada con el mismo vestido que esta misma mañana engalanaba su cuerpo.

Su gallardía, su saber estar, su poder… su chulería. Si, es chula y eso me gusta.

Delante de mí reta a mi paciencia y a mi ritmo cardiaco. Desliza sus manos debajo de la falda y deja caer al suelo una ropa interior que miro descaradamente con envidia.

Abre un grifo del bidé y comienza a gorgotear el desagüe del mismo, mientras espera a que la temperatura del agua adquiera los grados deseados.

Pone el tapón, cuando así lo considera y comienza a llenarse del líquido elemento. El nivel idóneo, la temperatura ideal.

Se sienta a horcajadas.

Sólo puedo imaginar lo que siente. El calor que emana del agua acariciando el interior de sus muslos, besando esa entrepierna cubierta únicamente por la falda del vestido.

Me pide que tome el jabón con mis manos y así lo hago. Ella ordena. Yo obedezco. Como siempre ha sido. Como siempre debe ser.

Introduzco mi mano entre sus muslos para sumergirlos en esa agua tibia y como un pez navegarla hasta encontrar al salir los carnosos labios de tu sexo.

Suspira ante el calor de mi mano deslizándose por el calor de su sexo. Lo limpio meticulosamente con el jabón haciendo espuma en su propia piel.

Observo como el vello de todo su cuerpo se eriza y cierra los ojos para disparar el sentido de su tacto, ante mi tacto.

Noto su voluptuoso cuerpo temblar ante mis caricias. Mi mano apenas abarca su imponente y carnoso sexo. Mis dedos resbalan por entre sus labios, entre los pliegues de su sexo, hasta la frontera sur de aquel secreto rincón dilatado por el calor del agua, por la excitación de mis caricias.

Mis dedos no encuentran obstáculo alguno para investigar. Para bucear primero en el agua y después dentro de ella. Delante o detrás o en los dos lugares a la vez.

Ella me besa. Penetra mi boca con una lengua ávida de placer. Ávida de mí, de mi boca, de mi lengua, de mi saliva, de la calidez de mí aliento.

Con un gesto rápido se deshace del vestido arrojándolo al infinito y mostrándome a mi como único testigo la grandiosidad de un cuerpo tantas veces anhelado.

Me sorprende descubrir que si cabe es un poco más curvilínea de lo que aparentaba. Pero mi sorpresa es de agrado. Su cuerpo es más excitante. Sus pechos plenos casi desafían a la gravedad ante su enormidad. Los beso. Hundo mi boca en su generoso pecho mientras mis manos siguen explorando el interior de sus muslos.

La deseo. Lo sabe.

Noto el jadeo rítmico con el que me otorga el placer de ser oyente. Pero quiere parar y así lo hace.

Ella ordena. Yo obedezco. Como siempre ha sido. Como siempre debe ser.

Se incorpora dejando resbalar enormes gotas de agua por el interior de sus muslos. Toma una toalla y me pide que la seque.

Acepto la orden y deslizándola con suavidad por su sexo comienzo a secarla. Mi lengua también ayuda. Desde sus gemelos recorre el camino inverso tomado por aquellas gotas.
Camino que acaba entre sus nalgas. Camino que deshago y hundo mi lengua entre ellas para buscar aquel pequeño agujero circundado por pliegues de piel dilatados por la excitación.

La saliva de mi lengua es el principal afluente del manantial que brotaba de tu sexo. El aliento de mi boca, es la brisa africana que barre las calles en el calor de Agosto, a través del valle de tu coño.

El teléfono suena. Despierto. Vuelvo a la realidad. El teléfono vuelve a sonar. Es ella. Me llama a su despacho.



                                      
Agregado en: General, Sodoma

GARDUÑA 2

Puntuación:

LEER CAPITULO PRIMERO

CAPITULO 2

No hay día que no recuerde su ausencia.
El día que la despedí con un simple beso en la puerta de casa.
El día que en comisaría, me dieron el aviso.
El día que yo mismo tuve que responder por radio al mensaje de un atraco en el centro.
El mismo día que murió entre mis brazos mientras esperé la eternidad que duró la llegada de la ambulancia.

Siento aún el calor de su sangre rebosando el dique que formaron mis manos en su herida. Impotencia y lágrimas. Camisa, pantalón y placa teñida como mi cara por una hemorragia imparable.

Un atraco, avisaron. Coincidencia cruel de un destino inescrutable. Tuve que ser justamente yo quien recibiera el aviso y acudiera a la llamada.

Un yonki me dijeron.
Un jodido toxicómano con el mono y salió corriendo en cuanto su navaja acarició un cuello ajeno.

La investigación quedó archivada e inconclusa. Un atraco donde no robaron nada más que su vida. Ni dinero, ni joyas, pero si lo más valioso y que menos les hacía falta.

Los recuerdos son como un embalse. Permanecen estáticos. Están anclados en algún punto entre mi cerebro y mi corazón.

La presa se abre y mis lágrimas caen por mis mejillas mezclándose con el agua de la ducha, ahogando un “me quiero morir” que quiere salir de mi boca haciendo daño. Pero ella no volverá por muchas lágrimas que se escapen de mis ojos.
Lo que no impide que desfogue el dolor que reprimo fuera de los muros de un hogar, que cada vez se parece más a una cárcel.

Nunca me vio llorar. Nunca tuve motivos para hacerlo teniéndola a mi lado.

A falta de tres meses de nuestra boda, esa misma mañana, fallecí con ella.

Y mientras las ardientes gotas de agua estallan en mi espalda.

Ni tan siquiera tapar mi cara impide que siga viendo su rostro angelical salpicado de sangre.

Me flaquean las piernas y caigo al suelo de la ducha, gimiendo como un niño desconsolado. Desnudo, indefenso, impasible, inerte en vida.

Casi un año después, la casa se me hace enorme a pesar de tener la constante sensación de residir en un nicho.

El comisario me cambió de destino tras la baja forzada.

Narcotráfico.

Llegó a la estúpida conclusión que sacarme de la rutina del coche patrulla me ayudaría a superarlo.

Policía secreto mezclado entre los camellos y drogadictos de las afueras.

Una toalla áspera seca mi pelo y mi cuerpo.

El espejo solo me devuelve una silueta desaliñada. Un bigote extenso circundando mi boca hasta casi cerrarse en mi mentón y el pelo enmarañado. Hoy no me afeitaré tampoco. Mañana.

Tengo que apretar un nuevo agujero del cinturón.
He perdido peso y la sudadera me queda grande.

Dos enormes ojos enrojecidos por falta de sueño se  incrustan en dos cavidades oscuras. No es por insomnio, sólo son recuerdos que pinchan mi corazón y amargan mi cerebro.

Ya no me importa una mierda nada.

Querían que pareciera uno de esos jodidos yonkis y lo han conseguido. Es más, esa mierda de la heroína es lo único que me impide ser asaltado por los recuerdos.

Soy un jodido yonki con placa.

Tengo las manos despellejadas porque ayer me peleé con un payaso colocado para quitarle unas micras. El mono es terrible. Debería dejárselo y que se fueran al otro barrio de un infarto.

¿Que sabrán esos hijos de puta lo que es el dolor?

Salgo del portal a la calle del Calvario camino de comisaría.

Tiene gracia la coincidencia.

Volver al trabajo solo me trae una marea de recuerdos que se clavan en mi cabeza como una corona de espinas y tengo que hacerlo a través del Calvario.

Saludo a dos tirados con un movimiento de cabeza.

- Hola Dani. Amaneció frío hoy ¿Eh? – La voz ronca no deja de ser amable.

Asiento con la cabeza, mientras miro al infinito.

- Si.- Tengo las manos heladas.- De cojones.

Ajusto mi gorro de lana negro.

El cielo no puede ser más gris que mi mirada pero se acerca. Parece que se desplomará en cualquier momento y nos mandará a todos a la mierda. Espero que sea lo más pronto posible y sin previo aviso.

Un rayo cruza de norte a sur el reino de algún Dios, para iluminar toda la basura que se acumula en las calles.

Putas que regresan a sus hogares se cruzan conmigo y me saludan.

- Hola Dani. Estás más delgado. A ver si quedamos un día y nos tomamos algo. Cuídate corazón.

Bla, bla, bla. Bonitas palabras, bonitas piernas, bonitas caras a unas horas inadecuadas de trabajo. Demasiado temprano o demasiado tarde para currar, según se mire.

Compartí clase con alguna en el instituto y la mayoría eran chicas demasiado inteligentes como para tener un buen curro, un buen coche y una buena casa en el norte.

Pero esto es el centro. La profundidad del Madrid tan cerca de la Castellana y del Congreso y sin embargo tan lejos de alcanzar metas que en sueños alguna vez tuvimos.

Cae una primera gota de fría lluvia resbalando por el cuerpo de mi cazadora. Me despierta. No entiendo porque pero me gusta.

Siglos me observan en estas viejas calles, y mientras enciendo un cigarro miro al cielo y me evado.

Bye, bye, Vietnam.

Hoy no me afeitaré.

Mañana



                                      
Agregado en: General, Flegeton

GARDUÑA

Puntuación:

Capitulo 1

El techado celestial anunció lluvia desde primera hora de la tarde. Frío invierno que nada tenía que envidiar de los países herejes del norte, y donde anochece antes de lo deseado.

Una boca inocente, de cuyos temblorosos labios brota el vaho, susurra un amén.

Pedro Hernando, conocido en las calles como “el gato”, apenas era una pequeña sombra más de las que parecían moverse en el largo paseo de cabestreros.

Temblaba. No era por miedo se decía a si mismo.
Desde que tuvo uso de razón sabía que un español no debía tener miedo, pero el miedo no conoce de nacionalidades.

Eran las negras aguas del Tajo y su humedad las que se hacían paso a través de sus enclenques músculos y roían sus huesos, como las ratas de la rivera, se decía.

Ajustose el sayo y continuó su camino hacia la taberna del portugués, allá en la cuesta del pozo amargo.

Tenía un legajo sin sello en la mano y una misión en la cabeza.
En la bajada de doce cantos el fraile Juan mandó su primera tarea, hace a penas unos minutos.

No eran horas de buenos cristianos, pero tampoco Pedro conocía el calor de un hogar. Tenues luces filtradas a través de ventanucos y celosías moriscas, dejaban entrever la fauna amenazante de las angostas calles de Toledo. Ladrones, matones, fulanas y mendigos cuyas caras, en su mayoría, le eran familiares, de compartir calle y cama.

Sólo miraban a ese niño paseando sin miedo. Algunos extrañados, otros saludaban con ronca voz. Pocos intuían que Pedro cumplía con una tarea y pobre de aquel que se interpusiera en su camino, so pena de amanecer entre los juncos del regato.

Templó su caminar. La humedad hacía resbaladizo el suelo de las calles y tuvo que hacer apoyo en la pared en más de una ocasión para no acabar con los dientes clavados en los cantos de la calzada.

De momento sólo era un mensajero, pero se sentía tan integrado y protegido, que su bravura le haría dispararse a la menor felonía.

Soñaba con llegar a floreador o punteador. Soñaba, pero tiempo al tiempo.
Recordó entonces su entrada.

- Nueve años vuased, pero no temblará mi mano si tengo que usar acero. – Sin embargo todo su cuerpo tembló al responder la pregunta del punteador.

- Demasiado joven.- Gruñó el matón mientras escupía al suelo y miraba al clérigo.

- La juventud es la virtud de la inocencia.- Contrapunteó el santo hombre.

- La inocencia está excluida de todo esto. No tardará en delatarnos.

- No lo hará.

- ¿Quién lo asegura?
 
- Hagamos de su inocencia nuestra baza. El Gato será útil.- Sentenció el fraile tapado por la capucha de su hábito, dejando entrever una descuidada barba blanca. –Así lo quiere el señor. Amen.

En un susurro vuela el amen, y siendo amen, así será.

Atajó por el angosto callejón de cepeda doblando esquina y saliendo a la boca calle del pozo amargo frente a un pequeño portalón, entrada de la taberna.

José, el portugués, se atusó el bigote cuando Pedro cruzó el pórtico de la bodega. Sus manos esqueléticas y curtidas recordaban a los sarmientos que crecen en las vastas llanuras castellanas. Imaginose el motivo por el que el Gato hiciera tal visita y tomó un modorro considerable para guardarlo en la alacena no sin antes verter al suelo unas gotas de la sangre de Cristo.

Pedro echó una ojeada de izquierda a derecha analizando toda la estancia. Ya quedaba poca gente y la mayoría lucían los colores de Baco en sus mejillas y nariz.

La canalla siempre será canalla, por mucho que se traten de vuased.

Se acercó a la tenada junto a la cual en una mesa Cristóbal Santos hacía cuenta de un currusco y una cuarta de vino. Cristóbal, el mismo punteador que meses atrás inició al Gato, junto con fray Juan, en un recodo de la calle de Bulas.

La presencia del chaval sólo significaba una cosa.

Con el mentón en alto, el tosco y barbudo Cristóbal, parecía aún más amenazador por el juego de luces y sombras que se proyectaba en su rostro.

Extendió la mano para recibir el recado. Una mano callosa donde resaltaban tres puntos tatuados en la palma.
- De parte del señor capataz.
- Gracias zagalejo, dile a José que te ponga algo de comer y ya arreglaremos cuentas.

Cristóbal era un hombre alto y delgado en extremo. Sus pómulos se hundían tras la rala barba dejando intuir un físico donde hueso y pellejo estaban más cerca uno de otro que la vejez de la muerte.

No obstante su altura imponía respeto. Su sempiterna expresión de calma tensa daba la impresión de que podía cambiar su estado de ánimo en un santiamén.

Nació en Madrid, en la capital y no tardó en buscarse la vida en sus calles. Temas cuales le hicieron topar con los huesos en la cárcel de Toledo. De esa manera llegó a la ciudad imperial. De esa manera se ganó la fama que le precedía. De esa manera obtuvo los tres puntos tatuados en su mano.

Abrió el legajo en la mesa no sin antes cerciorarse que nadie se entrometía en su lectura. Tardó unos minutos en alzar su mirada y observar el infinito, como tratando de asimilar lo que aquella nota escondía. Releyó el manuscrito y posteriormente lo arrojó dentro de la lumbre del hogar.

Estiró su cuello hacía el techo dejando al descubierto una sobresaliente nuez y una enorme cicatriz que cruzaba pescuezo de uno a otro lado, mientras dirigió su mirada a la barra donde José servía al Gato una cuarta de vino y un pedazo de queso.

Con parsimonia apuró el vino y levantose del asiento haciendo sonar sus hierros.

- José, que no le falte al chico lo que pida.- Una sonrisa macabra donde tres dientes ausentes dejaban una oscura entrada a la boca.- Mañana nos veremos.

- Si Dios quiere.- Apostilló el portugués, mientras estrechaba la mano de Cristóbal, devolviendo la sonrisa.

- No blasfemes José.- Alzó su barbilla.- Hasta mañana. – Golpeó la barra con la palma de la mano, dejando bajo ella dos monedas.

Ajustó su sombrero sobre el pañuelo por el cual se veía una sucia melena castaña y salió de la taberna cojeando levemente.

Pedro le observó inquisitivo. Tal vez se preguntaría sobre la amistad de ambos personajes, tal vez sobre las cicatrices que lucía.

- Le rajaron el “pescozo” en la prisión. A la vez que otro preso le apuñaló en la pierna. A pesar de todo salvó su vida, rapaz. No así los otros dos “prisioneiros”. – José no podía disimular su acento portugués entre blasfemia y blasfemia.- Me cago en la virgen santísima, acábatelo ya. ¿No tienes casa?

El gato movió la cabeza con negación como respuesta y con sorpresa ante el cambio de humor del tabernero.

- Pues a la puta callé rapaz, que yo tengo una cama que me espera, por los clavos de Cristo.

El niño tomó un pedazo de currusco de la hogaza, apuró el néctar dionisiaco con un fuerte sorbo y salió de la bodega mirando de soslayo y mala gana a José.

El cambio brusco de temperatura hizo que el ralo vello de sus prepúberes brazos se erizara al instante.

Miró a un lado y a otro y escogió el hueco de un soportal a pocos metros como dormitorio improvisado.

Acomodado, royó el pan con calma, degustando un alimento que para algunos se convertía en un tesoro. Su mentón temblaba, mientras, del frío y a pesar de las circunstancias los parpados pesaban como la cúpula celestial sobre la espalda de Atlas.

Un golpe sonó a lo lejos. Otro golpe sonó más cercano y claro. El gato parpadeó y con un sigilo característico en él, asomó su cabeza por el pórtico del soportal donde dormía mientras restregaba sus ojos para disipar la neblina del sueño.

Un hombre vestido de negro llamaba a la puerta de la taberna del portugués. Un hombre tan alto y delgado que más que humano parecía una sombra más del paisaje. Si no fuera por el brillo de su espada asomada por debajo de la capa habría jurado que sólo era una sombra.

La insistencia en la llamada provocó que José abriera la puerta con su pelo tan alborotado como sus modales.

- Me cago en San Dios. ¿Quién cojones…?

- No blasfemes José.

El seco acento castellano de Cristóbal cortó la respiración del portugués, que permaneció con la boca abierta hasta que nuevamente retomó la palabra.

- José. Tengo que hacerte una pregunta y necesito que seas sincero por tu bien.

- Cristóbal, estas loco, estas no son horas, Mãe de Deus. – Se le veía claramente nervioso ante la visita de su amigo.

- No blasfemes José. Hace dos años abriste esta taberna. Dime ¿Dónde vivías antes?

- Pues ya lo sabes, foder, en Lisboa. ¿Para esto me despiertas?

Cristóbal miró al suelo pensativo, como poniendo en orden la respuesta de su amigo. Acto seguido le miró a los ojos, giró su cabeza hacia uno y otro lado de la calle y acercándose con cautela a José le instó.

- Bien, pero dos cosas antes de marcharme José. Te pedí que no blasfemaras pero antes te pedí que fueras sincero.

El estertor de la muerte hizo eco en la madrugada, cuando la daga atravesó el vientre del tabernero.
Se miraron a los ojos. El portugués incrédulo, el punteador altivo y retador.

- Hijo de mil leches.

Dejó caer el cuerpo inerte al suelo.
El golpe del cráneo sobre el empedrado resonó en el silencio de la calle.

Cristóbal entró en la taberna. Se oyeron golpes secos y rápidos pero no tardó en salir guardando bajo su capa un pergamino, mirando nervioso a uno y otro lado de la calle.
Se paró frente al cadáver de su amigo y observándole masculló para sus adentros justo después de propinar una brutal patada en su rostro.

- Hijo de la gran puta.

LEER CAPITULO SEGUNDO



                                      
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NECROMUNDA 2

Puntuación:

VIENE DE (Pulsa aqui)...

Rebuscando en el cuarto de la limpieza tomo una bolsa de basura. Vuelvo al pasillo y recojo todas las bolsas de comida y los refrescos con calma. Silencioso. No tengo prisa y medito sobre la soledad que me rodea. Sobre mi pasado, sobre el futuro. Sobre mi repentina amnesia.

Deposito el pijama en la ventana cuyos cristales adornan el suelo, para evitar cortarme cuando me apoye. Vuelvo a asomarme. Esta vez saco la cabeza pero la percepción es la misma. Mutismo, estaticidad, desorden, caos. Un ambiente tan pesado como el plomo, como el color del borrascoso cielo.

¿Cómo acabé en este hospital? ¿Por qué no hay nadie? ¿Qué ha ocurrido?

Lento. Parsimonioso. Paso a paso, recorro de nuevo el largo pasillo arrastrando la bolsa por el suelo. Me siento pesado, confuso. No sé quién coño soy, mucho menos a donde ir.

Se agudiza el dolor de mi antebrazo. Supura y esta inflamado. Rozo la zona con mis dedos y noto la fiebre que irradia. Duele mucho. Aprieto y ahogo un grito. Está infectado.

Me acerco a un carro de medicamento y examino cada frasco, cada caja. Tomo agua oxigenada, analgésicos, antiinflamatorios, vendas, antibióticos y vuelvo al cuarto de baño.

Una cara abotargada por los días que habrá pasado sin conocimiento, adornada de una barba espesa, es una cara desconocida para mí. Pero soy yo. O eso quiere hacerme creer el espejo.

Tomo jabón con una mano y abro el grifo con la otra. Sé que va a escocer y aprieto los dientes justo antes de deslizar la herida bajo el agua.

Arde. La taquicardia casi me deja sin respiración. Duele mucho durante el primer envite pero me acostumbro rápido. Derramo el agua oxigenada en el brazo y una espesa espuma blanca brota de la llaga.

Una vez seco lo vendo como buenamente me apaño. Guardo toda la medicación en mi improvisado petate excepto una pastilla de antibióticos que trago con un sorbo de agua. Me sabe amarga. Mis labios están cuarteados, resecos posiblemente por días sin probar agua. Lavo mi cara. El frescor me alivia la pesadez y esa sensación desagradable falta de higiene.

Creo escuchar un ruido en el pasillo, como si fueran pasos. Concentro mi oído en tratar de resolver si sólo fue parte de mi imaginación. Nada. Tal vez el viento a través de la ventana.
Tomo mi bolsa y salgo del cuarto de baño sin prisa.

Tuvo que ser el viento. Absolutamente nadie en el pasillo. Decido tomar el ascensor, creo que ya estoy listo para salir al exterior y saber que ha ocurrido.

A través de los ventanales descubro que comienza a chispear. Una finísima lluvia comienza a regar el asfalto de la calle. Decido volver a asomarme de nuevo por la ventana rota y recrearme con el perfume de la tierra húmeda. Pero las cosas no son como hace unos minutos.

Juraría haber dejado sobre el marco de la ventana el pijama para evitar cortarme. Ahora no está.

Noto como el vello de mi nuca se eriza extendiendo la respuesta a todos los poros de piel del resto de mi cuerpo y sólo siento el impulso de correr. De salir de aquí lo antes posible. Hay alguien, pero no quiero saberlo.

Corro hacia el ascensor tan deprisa como mis entumecidas piernas me permiten y siento el ruido de unas puertas abriéndose detrás de mí. No quiero mirar.

Llego al ascensor y aparto el banco que bloqueaba la puerta. Aprieto el botón de la planta baja dejando cerrar las puertas antes de que mi perseguidor si quiera pueda dejarse ver.

Un golpe seco en la puerta. Un puñetazo justo cuando comienza a bajar.



                                      
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NECROMUNDA

Puntuación:

¿Hay algo más terrorífico que lo desconocido?

Un intermitente pitido lejano en el espacio. Se acerca. Cada vez más constante y más próximo.

Siento frío. Me da la sensación de estar descansando en un témpano de hielo.
Un escalofrío trepa por la espina dorsal erizando mi piel en la oscuridad que me rodea.
Despego mis parpados con un esfuerzo sobrehumano y trato de enfocar la bruma que se apelmaza en mis ojos.

Una luz blanca me ciega. Parpadeo y noto como las lágrimas se deslizan por mis mejillas.
Seco mis ojos y miro a uno y otro lado.

Una habitación blanca. De una claridad cegadora.

El pitido más claro y monótono que antes procede de una máquina, a la que parece que estoy conectado. Varios cables pegados a mi pecho y a mis brazos.
Lentamente trato de incorporarme pero mi cabeza navega en una turbulencia que casi me hace caer de la camilla.

Respiro hondo y traro de analizar todo lo que me rodea.
Una pequeña sala blanca con varios aparatos electrónicos. Parece un quirófano. Dos puertas de abanico en una de las paredes con dos ventanucos redondos.
Un carrito metálico con lo que parecen medicamentos y material quirúrgico.
Definitivamente es un quirófano.

Un dolor agudo en el brazo. Tengo una vía clavada en el antebrazo conectado a una bolsa vacía. Debía estar llena de suero para alimentarme. Tengo hambre. El estomago arde en mis entrañas. Debe ser eso lo que me ha despertado.
Arranco sin esfuerzo la aguja y un pequeño cuajaron de sangre ennegrecida salpica mi bata blanca. Duele. Parece estar infectada.
¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Y que coño hago aquí?

- ¿Hola?

El eco seco me responde.

- ¿¡Hola!?

El mismo interlocutor, la misma respuesta.
Me incorporo. Mis piernas tiemblan. Apenas pueden soportar mi peso.
Pasos torpes como los de un potro recién nacido.

Abro sin dificultad las puertas y salgo a un pasillo largo y estrecho.
Varias puertas similares a estas a los lados y más carros con medicamentos. Esta vez están tirados por el suelo. Es como si un huracán hubiera pasado por aquí dejando claro que no venía con intención de mecer palmeras.

Apoyado en las paredes para mantener la verticalidad consigo con un titánico esfuerzo llegar hasta el final del pasadizo y acceder a otro pasillo más grande que debe ser uno de los generales.
Bancos de espera tirados en desorden por todos lados. Algunos incrustados en ventanas cuyos cristales se esparcen por el suelo como cientos de desordenadas piezas de un puzzle sin hacer.

Un caos absoluto en contraposición al pesado silencio que me rodea. Un silencio tan profundo que duele.

Hay una máquina expendedora volcada de cuyas tripas brotan bolsas de alimento basura. Chocolatinas y patatas fritas decoran con sus coloridos envoltorios el monótono y grisáceo panorama.
Sentado en una banqueta y observando el encapotado cielo, devoro sin remisión varias bolsas de M&Ms. Mi estómago me lo agradece. Mi mareo y aturdimiento se disipan a medida que asimilo el azúcar y trato de recapacitar sobre todo esto.
No sé quien soy. No sé como he llegado aquí.
Supongo que esto es un hospital, pero no hay nadie y no sé por qué está vacío y en este estado tan deplorable.
Me incorporo y asomo mi cara por una de las ventanas rotas. El aire frío acaricia mi rostro. Me recreo en la visión de las nubes grises. Un techo plomizo de infinitas dimensiones. Respiro profundamente un aire que parece puro. Limpio. Y es entonces cuando abro los ojos. Algo no concuerda. Algo no es habitual. El mismo silencio en el exterior. Una afonía que amenaza.
Vuelvo a mirar a mí alrededor y el espectáculo me parece aún más desolador. Observo detalles que antes pasé por alto. Algunas lámparas fluorescentes están descolgadas del techo produciendo un constante zumbido. Hay rastros de sangre en el suelo y salpicaduras en las paredes. Un ascensor intenta constantemente cerrar sus puertas obstruidas por algo.

En la calle hay contenedores volcados, coches estrellados con sus cristales rotos.No sé donde debo ir, pero no quiero estar quieto. Necesito cambiarme de ropa.
Caminado sin prisa y sin un rumbo en concreto, llego por casualidad a un pequeño almacén donde lo más parecido a la ropa corriente es el traje de celador. Me resulta más cómodo que el pijama que tengo.
Entro a uno de los servicios para aliviar la tensión de mi vejiga y una sombra al otro extremo de la habitación me asusta. Mi corazón cabalga en taquicardias por el susto. Hay alguien. Lentamente recompongo la serenidad y con cautela vuelvo a asomarme.
Un gran espejo sobre los lavabos. No reconozco al tipo que se refleja en él. Alto, extremadamente delgado, barbudo y greñudo. No me reconozco. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?

CONTINUA (pulsa aqui)...



                                      
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