General Miercoles, 24 de Febrero de 2010
DON JULIO
Diariamente van sucediendo cosas a nuestro alrededor, y a los que nos da por escribir lo que veamos, lo que sentimos, lo que observamos, lo que vemos que se vive a dos palmos de nuestras narices, le solemos dar o prestarle una atención especial.
En la residencia donde está ingresado mi padre y diariamente, en el comedor, hay un compañero de mesa a quién, como a los demás, le he cogido cariño y muchísimo, mucho respeto. Respeto rendido entre el que se debe de tener a las personas mayores, y el que se desprende de las circunstancias propias de una enfermedad, situación familiar, o estatus de la persona.
Julio es un señor de unos 86 años que apenas habla, y sus ojos, ya cansados, te miran y te hablan al mismo tiempo. Debió ser alto en sus tiempos mozos. Sus manos son muy torpes y quietas como el resto de su cuerpo. Lleva un gorro de lana para tener siempre calentita su cabeza. Cuando le ayudo a comer es apacible, quieto, observador pero con una mirada muy lenta y casi adormecida. Nunca un mal gesto, nunca una mala mirada. Por una de las asistentes supe que fue profesor de instituto, y que ella misma fue alumna suya. Otra interrogante más sobre la vida y sus circunstancias. Sobre el devenir de la vida. Sobre el caminar de ésta sobre nosotros mismos.
Ya hacia días que, desde su habitación, no bajaban a Julio al comedor principal. Alertado sobre su indisposición aproveché para subir y visitarlo en su habitación. Quería saber de él, necesitaba de alguna manera verle y confortarle para que se mejore y pudiese bajar al comedor con los demás y hacer un poco más llevadera su estancia diaria.
Me conmovió enormemente la escena que observé. Estaba sentado en su silla de ruedas al lado de su cama. Delante, en paralelo y en otra silla de ruedas, mirando hacia él, había una mujer muy mayor. Era su esposa. Ambos tenían las manos cogidas sin apenas moverlas. La señora muy bien arropada y sin poder decir palabra alguna debido a un reciente ataque maligno, había venido de visita ayudada por su hijo. Esto la llevó a ser ingresada en otro centro para mayores, distinto al de su marido, y acababa de llegar a visitarlo. No se veían desde el verano pasado por razones que desplazamiento y movilidad.
Lloraba de una forma muy desconsolada. Jamás había visto llorar de esa forma a una persona mayor, jamás. Mientras las lágrimas corrían a raudales, con la mano cogida y mirando directamente a su marido, éste, al advertir mi entrada, me miró fijamente, y sentí que me dijo todo lo que me quería decir en una milésima de segundo. Debo confesar que se me encogió el corazón.
Me presenté a su hijo y éste me explicó la situación de los dos y que estaba en trámites para juntar a ambos en una misma residencia para que puedan vivir juntos en la misma habitación. Y eso que me dijo su hijo me tranquilizó. Sí, me tranquilizó, pues Julio, el profesor, necesitaba a todas luces estar al lado de aquella mujer. Aquélla mujer que lloraba y de la que, de sus ojos ya cansados, emanaba una desgarradora tristeza, pero también amor, muchísimo amor.



salute!
Procesando tu solicitud...
Un gran abrazo.
Que se encuentren prontamente esos dos seres que se aman, y puedan estar juntos y tomados de la mano.
Besos.
Sé que estos escritos son verídicos y le pido a Dios que el destino o la burocracia los vuelva a juntar.
besitos
soni
Un fuerte abrazo, amigo Manuel. Gracias por compartir esta experiencia tan conmovedora con nosotros.