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Ser pobre y tocar la flauta son dos cosas que no puede hacer un rico, ni un hombre que no tenga flauta. Y además es un símbolo de felicidad.

 Cualquiera puede ser pobre. Incluso vosotros, queridos compañeros de GB, a pesar de desconfiar de las cosas. Pero ¿y tocar la flauta? ¿Quién puede tocar la flauta? ¡Ah, no, no! Eso ya es más difícil. Porque tocar la flauta no consiste precisamente en apoyar los labios en ese instrumento alargado y lleno de agujeritos, con mayor o menor maestría, técnica o gusto. No. La flauta se puede tocar sin flauta. Es más, hasta me atrevería a decir que para tocar la flauta es imprescindible no disponer de una flauta.

 Conocí a un hombre que desistió de ser rico. Entre otras razones porque no pudo conseguirlo. Se casó, tuvo dos hijos, hambre, barba de 6 días (lo extraño de este hombre es que siempre tenía barba de seis días), un zapato y una alpargata, dos cigarrillos negros y un sombrero hecho jirones. Pero tocaba la flauta. Dormía bajo los puentes y al despertar veía a un pájaro y le decía:

 -¡Hola, pájaro!

-¡Hola, hombre!

 Y hablaban de sus cosas. ¡Qué bello sonido el de la flauta suya!

Después tiraba una piedra al río, salía una trucha y le decía:

 -¡Hola, trucha!

-¡Hola, hombre!

 Y hablaban de sus cosas. ¡Qué bien sonaba la flauta!

Más tarde empezaba a caminar. Si el sol era fuerte, aquel hombre se sentaba bajo un árbol y decía:

 -¡Hola, árbol!

-¡Hola, hombre!

 Y hablaban de sus cosas. ¡Oh! ¡Qué sonido el de la flauta!

 Hasta que un día, así, sin apenas darse cuenta, se quedó dormido bajo un almendro. De pronto se despertó y dijo:

 -¡Hola, muerte!

-¡Hola, hombre!

 Y hablando de sus cosas, se marcharon cogidos de la mano.

 ¡Cómo sonó la flauta aquel día!