3.- Resurrección
He pasado la tarde haciendo cosas en casa, a ratos limpiando, planchando, holgazaneando ante el televisor. He cambiado de estantería algunos libros que estaban mal colocados. He releído algunos poemas de Gonzalo Rojas, tratando de encontrar cierto tipo de revelación distinta, a la luz de mi actual situación. La poesía siempre ofrece matices, siempre es diferente aun siendo la misma.
Escribo con mi portátil en un bar próximo a mi casa, en una mesa junto a la entrada, refugiado tras una de las puertas. He pedido una Heineken y una cajetilla de Camel mientras el portátil se conecta a la red wifi. Cuando busco algún mechero sobre las mesas descubro que prácticamente todo el local está lleno de chicas jóvenes sentadas en grupos y hombres maduros que leen los periódicos. Suena música, pero no demasiado alta. La decoración es moderna, aunque aburrida, con focos que lanzan una luz azul-violeta contra el techo.
Me he decidido a salir de casa animado por el sol de la tarde, que finalmente ha vencido a la lluviosa mañana. De un modo constante ha permanecido en mi cabeza la idea de resurrección, alimentada sin duda por los documentales que he estado viendo a ratos. Uno de ellos analizaba la figura histórica de Jesucristo, otro hablaba sobre los mitos subyacentes a la idea del Mesías Hijo de Dios. La referencia al mito de Osiris resultaba demasiado evidente y conocida. Aun así permanecí pegado al televisor escuchando las ya consabidas similitudes entre los enterramientos egipcios y la disposición estelar de Sirio.
Por si a alguien le resulta ajeno algo tan básico, basta con resumir que ya los egipcios habían tenido su propio hombre-dios asesinado y resucitado. En esa ocasión, el dios Osiris, disimulado como hombre, había acabado despedazado. Fue su esposa la que logró reunir todos los trozos, aunque al final no pudo encontrar su pene. El pene erecto representa la resurrección en la cultura egipcia, el falo era el instrumento que permitía a los faraones muertos fecundar a la diosa y cumplir con su misión terrenal antes de viajar al otro mundo.
La idea no es única porque el culto a Dionisos también establecía paralelismos con la que luego se convirtió en la historia de Jesucristo. El resto del documental pasaba por territorios comunes y sorprendentes revelaciones que, en realidad, no lo eran tanto por tratarse de historia bastante conocida.
Otro de los documentales pretendía revelar la verdadera historia de Troya a la luz de las recientes excavaciones, otro más se preguntaba por la veracidad de aquellos que dicen haber vivido otras vidas, y otro, -al que apenas presté atención porque entonces estaba planchando la última colada- estudiaba el mito de la Atlántida para acabar concluyendo que cabía la posibilidad de que los indios americanos hubiesen alcanzado el Mediterráneo, dado que en algunas momias egipcias se habían hallado restos de tabaco y de coca. Como escribo de memoria, es posible que alguno de estos datos, si no todos, sea falso.
Hay ante mí un grupo que intenta organizar una despedida de soltera. Siete chicas y un chico intentan pensar algo divertido pero que, al tiempo, no hiera la sensibilidad de la novia. No habrá boys, ni nada demasiado obsceno. Algunas sopesan la posibilidad de viajar a la capital, aunque otras prefieren quedarse.
-No, por Dios; organizar aquí una despedida es supercutre- dice la chica que me da la espalda.
El muchacho, consciente de que está rodeado de mujeres (aunque seguramente una de ellas será su chica) hace una auténtica exhibición de gilipolleces que ellas ríen y celebran. Luego charlan sobre la serie “Millenium”, que se recomiendan vivamente sin caer en la cuenta de que el libro no es más que una mierda que se vende bien, empaquetada con una historia maldita.
-Está muy bien, es un bestseller- dice una chica morena de pelo largo que habla como la letrada del grupo y que, dice, tiene entre sus alumnas a una chica polaca.
-¿De Cracovia?- pregunta de inmediato el chico, tratando de ser gracioso con alguna referencia al holocausto nazi.
Cuando el grupo se levanta para irse y comprueba, asombrado, que la cuenta asciende a 22 euros, queda evidenciado que el chico es el novio de una de ellas.
-¿Quieres que Fermín y yo te acerquemos a casa?- dice la chica.
-No, no- responde la otra.
Pienso en que Fermín es un nombre absurdo para alguien tan joven de ahí que intente compensar la estupidez de su circunstancia con una aplaudida capacidad para el ingenio; y pienso en Fermín de Pas, el protagonista de La Regenta, y en Fermín, el hombre del pueblo de mis abuelos que siempre tenía un palillo en la boca. Una vez, de niño, me acerqué fascinado a preguntarle si lo tenía clavado en el paladar o en la mejilla.
-No, chaval, no seas tonto- me dijo sacándose el palillo.
Creo que ha muerto, pero no estoy totalmente seguro.
De camino al bar donde me estoy tomando una cerveza, he telefoneado a mi madre. Le he preguntado si mi abuelo estaba mejor tras la caída que le ha llevado al hospital. Ella dice que sí, y me pregunta si he ido a ver a mi tío, al que recientemente han operado y cuya convalecencia se ha complicado obligándole a ingresar de nuevo. Le digo que iré mañana, que hoy la mañana lluviosa me ha quitado cualquier gana de coger el coche.
Antes, mucho antes, mi ex mujer ha vuelto a telefonearme para decirme que ha pedido a nuestro abogado que tramite ante mi empresa la retención judicial de la pensión que debo pasarle por las niñas cada mes.
-Bien, está bien, no me importa- le digo.
-Ya, es que si no llamo yo al abogado, no lo hacía- suelta ella-. Es mejor, no sé, no sea que alguna vez se te pase.
-Si se me pasa ese pago iría a la cárcel. Creo que sabré acordarme, pero si tú quedas más tranquila, adelante- le digo.
Al rato me llama nuestro abogado, a quien esta vez sí descuelgo el teléfono y que vuelve a contarme la misma historia.
-Ya la conozco- le digo.
-Le dije que tardaría unos meses en formalizarse, pero que estaba seguro de que le pagarías.
Sonrío ante la exhibición de torpeza de mi ex.
-No te preocupes. Creo que incluso hasta me beneficia fiscalmente que sea así- le digo.
-Sí- dice él- Adiós.
Y cuelga.
Mi abogado es un tipo extraño, demasiado contaminado por un exceso de literatura gnóstica y una sobredosis de Paulo Coelho. Siempre creí que era virgen, pero alguien me contó en cierta ocasión que las malas lenguas decían que se había liado con la ex mujer de alguien cuyo divorcio había tramitado. Sonrío pensando en la posibilidad de que pudiera enrollarse con R., lo cual introduciría, sin duda, un giro divertido a esta trama deslavazada.
Pero ahora alzo la mano para llamar la atención de la camarera y le pido otra Heineken.
-Esther, una Heineken para la ocho- dice a la otra chica que permanece tras la barra.
Pienso que el ocho es el número de la bola negra en el billar, el cubo de dos, la dualidad del bien y del mal elevada a la Santísima Trinidad. Al rato aparece la chica con la cerveza, y entonces le pido fuego. Luego, en casa, me prepararé una ensalada y acabaré viendo alguna película, aunque aún no he decidido cuál. Me he cansado de los documentales, aunque me quedan bastantes por visionar, en especial varios sobre aceleradores de partículas y otros acerca de la vida extraterrestre.
Curiosamente, este ritmo de escritura -un tanto frenético e inconsciente, anotando de un modo automático lo que ocurre sin apenas pensar demasiado en ello o en el significado que pudiera encerrar a medio plazo- me resulta cómodo. Tampoco sé si podré aguantar esta cadencia una vez que vuelva al trabajo, pero al menos ha conseguido establecer una prioridad en mi pensamiento, alejar incluso la pretensión de que alguien lo lea. Tan sólo seguir, seguir, seguir adelante. Igual que quien se abre camino en una selva mientras escucha los tambores de la tribu dispuesta a arrancarle la cabeza y silban las cerbatanas a su alrededor. No se trata de establecer una hermosa senda, sino de sobrevivir. Y a eso me dedico.
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Procesando tu solicitud...
Me siento cómoda en las descripciones de detalles cotidianos, porque precisamente es en la cotidianeidad donde todo el mundo está instalado.
Y me encuentro a gusto en tu forma limpia y directa de escribir.
Si no te importa, tomaré apuntes.
Un saludo.
(Espero ansiosa, que nos narres tu próximo finde
Un placer...