Puntuación:

 "For this hour they shall lead away

  By the Winds

  The birth of death

  The everlasting life for those who have

  Souls attached..."

                              Astarté (Everlast)

 

Cuando llegaron, no eran más que una mancha borrosa en el horizonte.

Nadie les llamó. Nadie les esperaba. Pero vinieron.

Trajeron con ellos el odio y el fuego, filos de bronce forjados al calor de una noche aletargada; nacieron para morir, nacieron muertos. La sangre de sus venas se había paralizado el mismo día de su derrota, esperando bajo el ala de los siglos venideros para despertar en un maremoto de fuerzas tectónicas, como si el propio flujo sanguíneo arrastrara los despojos de la espera. Habían nacido esclavos, habían de morir libres, escribiendo a cuchillo una feroz impronta en los márgenes de la intrahistoria.

Magma en sus ojos, promesas de venganza en su silencio. Condena funeraria en sus destinos. Olvidados como estaban, quién había de esperarlos.

Pero vinieron. En representación de la impotencia y el inconformismo, ministros de la discordia y de la sedición, estandartes de un miedo antiguo. Cabalgando entre el polvo que levantaban sus coléricas irreflexiones. Una última carga, en aras de la mortalidad y sus dones, en la que apuntaran sus hachas y alabardas hacia los nimbos rojizos de un cielo ensangrentado, simulacro de una oración pagana por la asunción de sus actos devastadores. Cuando llegaron, ya habían atado sus almas a un ocaso definitivo. Su soflama guerrera era la misma pronunciación de los truenos que anunciaban la tormenta, como si hubieran perdido las palabras en el ánimo de prevalecer sobre toda sumisión, sobre toda cobardía.

El temor es síntoma de vitalidad; el dolor, indicio inequívoco de la cuenta atrás de los días. En el término de las horas, el dolor acaba pesando más que cualquier temor. Axioma irrefutable de la fortaleza y la desaparición. La mortalidad y sus privilegios.

La valentía como manifiesto desesperado de las postrimerías.

Su grito en la batalla era el exabrupto geológico de un anciano juramento que jamás fuera cumplido, promulgado por aquellos espíritus tumularios que clamaban al viento en pro de su desagravio. O bien podía ser un simple llanto de pánico ante la violenta visión de la muerte.

La tarde olía a lluvia y a sangre. La hierba se tiñó rápidamente de escarlata, y esa nueva tonalidad se mimetizó con la naturaleza del combate y la barbarie como si nunca hubiera tenido otro color. El crepúsculo se alimentó de gemidos luctuosos, de cornejas de mal agüero, de miembros cercenados. Ellos habían llegado para ofrecer la consumación de un legendario apocalipsis.

No eran héroes, no eran dioses. Tampoco eran, en el curso de su metamorfosis, humanos. No en el sentido estricto de tal adjetivación. Apenas podían aspirar a ser animales, abriéndose paso a dentelladas, hacia una vigencia mitológica. Acaso fueran fantasmas. Eran seres doblegados desde tiempos inmemoriales, sojuzgados y confinados a un olvido indiferente. Quién podía esperar que despertaran de su melancólico letargo. Sólo dibujaban una borrosa mancha en los horizontes históricos.

No eran, desde luego, grandes guerreros. Pero estaban henchidos de rabia, y había llegado su hora.

Su rebelión duró poco. El crepúsculo se alimentó de sus cadáveres, y al caer la noche todo había terminado. Ninguno de ellos sobrevivió para ver el nuevo amanecer. Al poco tiempo, su gesta monstruosa se perdió en las recónditas ensoñaciones de la memoria del tiempo. Pasarían ascendencias, caídas y nuevos orígenes, milenios inciertos en la piel de la experiencia universal; pasarían evos insondables antes de que el cosmos transcribiera estos hechos pretendidamente legendarios.

Hoy ya nadie se acuerda de ellos. Pero eso es porque ya no queda nadie. Porque, cuando vinieron, trajeron consigo el fin de los días.