General Martes, 3 de Noviembre de 2009
LAMENTO DEL HOLANDÉS ERRANTE
Conmigo, el vacío. Lo saben todos los que navegan conmigo.
Aquí, a la deriva, luna de plata en los reflejos de un noctámbulo escarceo, ya no queda aire que respirar. Todo lo que me rodea ha quedado viciado por la podredumbre. No hay más que mirarme a los ojos para descubrir cómo se corrompe la vida.
El sueño de locos era llegar al Cabo de Buena Esperanza. Para lograrlo, no quedó principio que no traicionara, vergüenza que no estimara ni orgullo que no quebrara. Los precios que impone la imprudencia son insoslayables. Supongo que quise rendirle un tributo a la epopeya del tiempo, como si el alma y sus dones no se descompusieran en los mil senderos de nuestra singladura. Invoqué a los mitos de manera impenitente, saludé a deidades abstrusas desde el castillo de proa como si de un altar babilónico se tratara y jugué a los dados con el porvenir. Tomé como juramento y palabra, en un perverso desafío a las alturas, el juicio final; sin darme cuenta me fabriqué el mío propio.
Secos los aljibes, carcomidas las jarcias, sordos los siglos que crujen en las cuadernas de quilla. Destrozadas las escolleras por plantar cara a la galerna que Poseidón me arrojaba. Pude haber dejado, como cualquier otro habría hecho, que los rigores de la naturaleza viva me convirtieran en pasto de los peces. Dormiría largamente en el lecho de las fosas oceánicas, más allá de líquenes y arrecifes coralinos, donde el conocimiento pierde su definición bajo el dictamen de una invidencia serena. Mi nombre habría permanecido inmaculado como gallardete de una homérica muerte. Podría haber aceptado las limitaciones que me mostraba el imposible y, con ello, haber caído con integridad.
Pero somos lo que somos. Insensatos, mezquinos, verdugos de nuestra suerte. Pecadores y fantasmas de un mundo que ha dejado de pertenecernos. Así lo ratifican todos aquellos que bogan en las tinieblas conmigo. Y, su pudieran hablar, también lo harían los cadáveres que he dejado a mi paso.
Abatido observa desde la cofa el vigía ciego, buscando en el horizonte el rastro improbable de alguna costa perdida; quién puede reprocharles a los desheredados su ilusoria demencia. Al fin y al cabo, esa misma locura ingenua fue la que nos trajo hasta aquí. Hoy somos hijos de la pleamar y la noche, condenados a vagar como almas en pena por los senderos de esa mínima esperanza. Así el ocaso definitivo nos hubiera visitado a todos. Así el buen Dios, si es que realmente existe alguno y cumple con el patrón de bondad, me hubiera conducido al cadalso arrebatándome toda expectativa, toda honestidad; la habría perdido en aras de una expiación instantánea y no por esa pretensión infame de la heroicidad. Héroes, nunca los hubo. Los así llamados no son sino perturbados ignorantes de su deshonor y de su cobardía. Embaucadores con el viento a favor. Somos, sin ambages, lo que somos.
Me queda, pues, observar desde el alcázar cómo la existencia cae hecha pedazos desde un firmamento impío y simula un cúmulo de estrellas irradiándose en las aguas oscuras. Mi propia historia se sumerge en los afeites oceánicos y descansa junto a los horadados esqueletos de goletas y bergantines. Yo, por una negligencia divina, he quedado aquí para testificar las aberraciones del mar y sus anárquicas leyes. No soy vivo, tampoco difunto; dirijo errático mi barco entre los dos mundos como un espectro, simulando que continúo en la búsqueda vana del Cabo de Buena Esperanza aun cuando tengo la certeza de que jamás lo hallaré. Soy escéptico de mis propios ideales, narrador de mis propias mentiras, enemigo de mi propia doctrina; en definitiva, un superviviente. Simplemente porque no tengo dónde caerme muerto. Y dicha afirmación me confirma como exponente de la más profunda indolencia. Al fin y al cabo, mi vida y mi muerte han dejado de concernirme. No es de extrañar que a aquellos que tienen la desgracia de tropezar conmigo les envuelva el manto del vacío. Todo lo que me resta por ofrecer es mi aliento contaminado y un canto fúnebre en la noche eternizada.
Así pues, si os encontráis con este bajel maldito, no dudéis en virar con presteza. El Cabo de Buena Esperanza no debe de estar lejos. Yo ya no lo veré, pero seguro que otros tendréis más fortuna. Si no perdéis el rumbo arribaréis pronto sus costas, acicaladas de alfombras de fynbos y majestuosas playas, donde los arrecifes se visten de espuma roja y el sol hace danzar sus rayos caracoleando entre los doce apóstoles rocosos; yo sueño con ello cada noche. Vuestra suerte será mi redención.Si lo lográis, llevad allí mi mensaje de nostalgia y decidle a la tierra virgen que yo sigo al otro lado, fantaseando con ella. Y no temáis; ante tanta maravilla, en breve mi imagen os parecerá un mal sueño de la madrugada confusa, hasta que se diluya en vuestra conciencia como si jamás hubiera existido. Afortunados vosotros, pues conmigo sólo queda el vacío. Pude ser un héroe; terminé siendo el fantasma de un miserable.
No obstante, podéis dormir tranquilos; no soy de carne y hueso, sólo un alma en pena. Por tanto, no hay más que mirarme a los ojos para descubrir lo fácil que resulta olvidarme.



Procesando tu solicitud...
La voz del alma en pena, la no presencia, la condena al olvido, la esperanza muerta reflejada en que quizá alguien más con todas las advertencias aquí plasmadas pueda encontrar lo deseado y no permanecer varado en la ambigúedad, en el limbo, o en la terrible nada.
Un gusto, volver a saber de ti, a través de tus escritos.
Saludos.
a.
Dejo mi felicitación más sincera. Con escritores así, da gusto leer, y es lo que necesita este portal.
Un cordial saludo.
Gregorio.
estupendo relato,mágico,lleno de sombras y penumbras,pero,con el brillo particular que le imprimes a tus letras.
Un alma en pena, errante y difuso.
Patrón del eco agorero y grillete de la inercia.
Miembro afiliado al club del lado oscuro.