Puntuación:

Ha sido impresionante. Dos amigos me han dejado en Gran Vía, en la puerta del taxi para más seguridad. Desde que me he montado el chico que lo conducía, bastante guapo, por cierto, no ha dejado de mirarme fíjamente por el retrovisor. Me costaba mirar para otro lado. Me estaba diciendo "me gustas", sin una puñetera sonrisa ni palabra, sólo con unos ojos serios que no se retiraban de los míos y que yo intentaba esquivar, a través de ese estrecho espejo.
Era uno de esos coches con mampara antirobo. En un semaforo en rojo, de repente, la ha abierto bruscamente, se ha vuelto hacia mí mirándome de frente y me ha dicho: ¿tú qué haces cuando ves a un hombre que te encanta?
Me he quedado sin saber qué decir. Creo que he respondido, -pues nada. -Hoy es mi cumpleaños, ha seguido diciendo, cumplo 30. Yo, para salir del paso, le he contestado -pues te llevo un montón. -Me encantan las mujeres mayores, ha dicho medio sonriendo por el retrovisor, para acabar de asustarme diciendo -yo, cuando alguien me encanta se lo digo e intento pasar la noche con ella.
Glup, trierra trágame, aún quedan al menos diez minutos en coche hasta llegar a casa. Este me viola antes de llegar, y yo que me cojo un taxi porque es más seguro que el metro...
-Pues yo no hago esas cosas, fíjate. Además llevo veinte años casada y tengo dos hijos (es lo mejor que se me ha ocurrdo decirle, y además es cierto), dios, ¿cómo le voy a decir que me baje aquí mismo si estamos en plena M-40?
En fin...he conseguido hablar de cualquier otra cosa y llegar a casa sana y salva, no ha habido problema. Incluso, cuando hemos llegado me ha dado como penilla dejarle con el jarro de agua fría y le he regalado, por eso de que era su cumpleaños, una rosa de madera que llevaba en la mano. -Anda, muchas gracias, al menos dame dos besos por favor, me ha pedido con carita de pena. He pensado, pobrecillo, venga vale, a sus 30 y persiguiendo cuarentonas. Me he asomado por el hueco de la ventanilla y...aún no me lo creo, el tío cara, guapo, ligón y persistente donde los haya, ha esquivado vilmente mi mejilla para darme un beso suave, humedo y profundo en los labios que he cortado en cuanto he sido capaz de recuperar mi consciencia. Han sido instantes pero perfectos, la verdad. -Dame tu teléfono por favor, han sido sus últimas palabras, que he oído mientras salía corriendo hacia mi calle, muerta de risa, mirando hacia atrás de vez en cuando.
¿Será posible...será porque, ayer, también fue mi cumpleaños?