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JULIO DE 1969 – UNA HISTORIA DE PURO AMOR.
En aquel tiempo las comunicaciones eran tan deficientes, que la separación era plena. Sin el consuelo de escuchar nuestra voz con la frecuencia que hoy solemos a través de la telefonía, sin medios de transporte ni posibilidades económicas, la distancia sólo era salvable, a través del recuerdo y la imaginación. Ambos sufríamos el dolor de la cruel amputación, de la mitad casi física, pero relista, de nuestras jóvenes y apasionadas esencias. Ambos sentíamos que la vida se apartaba, que agonizábamos en la distancia y que moríamos sin morir, para nuestra desesperación.
Al fin, después de siete meses de añoranza y tristeza, ella, con sus padres, pasaría unos días junto a mí, para después alejarse de nuevo. Durante unos días seríamos felices con sólo estar cerca, con mirarnos, con musitar -rehuyendo el asfixiante marcaje a que estaríamos sometidos- un simple “te quiero” y alguna esporádica caricia. Nos saludamos sin un beso, sin estrecharnos en un abrazo, con un simple “hola” que abarcaba todo un mundo de deseos, ternura y pasión. Así era la relación de los enamorados, en aquella gris y reprimida sociedad. Por entonces, todo era “pecado” y había que ahogar los instintos más naturales.
Bajó de aquel autobús con la majestad de su belleza, con sus cobrizos cabellos ondeantes y su delgada presencia, cual evanescente rayo de sol, abriéndose a través de un cielo borrascoso que daba paso a la más dulce armonía, después de la tormenta.
Su luz obscureció todo el entorno, concentrándose deslumbrante, en mis ansiosas pupilas. Todo parecía desvanecerse y dejaba de tener sentido, ante aquellos ojos cristalinos, almendrados y verdes, que me subyugaban y me hacían reo enternecido, de un vibrante y apasionado amor. El tiempo parecía remansarse en aquellos espejos límpidos y reposados, en los que se reflejaban para mí, el misterio arcano y a la vez expresivo, de su inocente y limpia alma. Al fin, después de un largo periodo de sombras, recibí la radiante sensación de la felicidad más plena.
Al fin, tras larga ausencia, venía a mí, con la misma ansia, el mismo anhelo, con que yo la recibía. Al fin nuestros corazones, aunados, se sintieron renacer en la plenitud, que fundían en una sola alma, nuestras almas.
Nos tomamos tímidamente, apenas rozando, de las puntas de los dedos y ese ligero contacto fue como un bálsamo, que curó en el acto todas nuestras heridas y nos reconcilió con la razón de nuestra existencia.
Teníamos que refrenar nuestros deseos y, apenas sin palabras, con sólo miradas y sonrisas, nos comunicamos con elocuencia los sentimientos que despertaba, pujantes y estremecidos, nuestra inmensa pasión.
Fueron tres días en los que temíamos la llegada de un final inevitable y en los que el tiempo parecía acelerarse, llenándonos de angustia; pero también fueron horas de mágicas experiencias, vividas con la plenitud de nuestros sentidos, inmersos en la grandiosa aleación del crisol divino de nuestro amor.